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Como silenciosos vigías del paisaje

Más de 2.000 peirones jalonan el territorio aragonés, catalogados uno a uno por el matrimonio Taulés-Margalé

Moneva, peirón votivo del Rey /

Los peirones, también conocidos como pairones o pilones, están presentes por todo Aragón. Son un patrimonio humilde, disperso, a menudo menospreciado y sin ninguna protección, pero aunque no sean joyas arquitectónicas tienen un encanto especial y son muy característicos del medio rural aragonés.

San Juan y San Pablo enseñorean este peirón de El Pobo / Irene Taulés y Rafael Margalé

Tenían varias funciones. Como cruces de término, marcando los caminos en las salidas de los pueblos; como orientadores de los caminantes, en particular aquellos que en lo alto tenían una lámpara de aceite que permanecía encendida durante la noche para guiar a los caminantes, a la manera de pequeños faros de tierra adentro; como símbolos de protección divina, con sus vírgenes, sus cristos y sus santos alojados en las hornacinas. En algunos casos también servían como punto de encuentro o para conmemorar algún acontecimiento.

Irene Taulés y Rafael Margalé, un impresionante inventario en marcha / Miguel Mena

La documentalista Irene Taulés y su marido, el cosmocartógrafo Rafael Margalé, llevan dieciséis años inventariando todos los peirones de Aragón. Uno por uno, con ficha completa de todos ellos y ubicación en el mapa con las coordenadas exactas. Una tarea ingente que en este momento no patrocina nadie y solo su entusiasmo la mantiene en pie. Han catalogado más de dos mil peirones y aún les falta la Ribagorza y el sur de Teruel para completar su trabajo.

Huesa del Común, peirón de San Miguel, antes del deterioro / Irene Taulés y Rafael Margalé

Precisamente en Teruel, en la localidad de Huesa del Común, se halla el peirón más alto de Aragón, el de San Miguel, con casi ocho metros de altura y varios siglos de historia, un peirón en grave peligro de desplomarse por el deterioro que ha sufrido en su base debido a las inclemencias del tiempo y a una poco eficaz conservación. Otros ya han caído por desidia, pero aún quedan cientos de ellos que resisten a lo largo de las tres provincias, a la vuelta de un recodo o sobre una loma, testigos mudos de un entorno que ha cambiado mucho menos que las costumbres sociales.

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