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Vida de barrio

Los cambios sociales, económicos y demográficos han llevado a su casi total desaparición a una manera de vivir en la ciudad

Niños jugando en los antiguos jardines de La Rubia / /

La calle era nuestra. No en el sentido que pretendía dar a la frase Manuel Fraga, pero casi. El crudo invierno mesetario tampoco era obstáculo. Trenka, buzo, gorro o bufanda y a correr. En la calle se jugaba, se competía, se hacían amistades y gamberradas. Hasta encontrar el primer amor era posible. Y perderlo. La calle era el territorio natural de los niños de los 80 y parte de los 90. 

La calle y el barrio, claro. Luego llegaron las urbanizaciones en las afueras, los adosados, los móviles y el guasap. Para "dar un toque" lo más eficaz era apretar el portero automático y preguntar a la voz que respondía "¿Puede bajar a jugar Fulanito?". A veces, Fulanito estaba castigado, lo que abría la puerta a una pequeña negociación que solía terminar en fracaso. Y si Fulanito era el dueño del balón siempre lo podría lanzar por la ventana. A grandes males, grandes remedios. 

Sólo al caer la noche, con el encendido de las farolas, más pronto en inverno, muy tarde en verano, tenía lugar el ritual de despedida. Cada mochuelo a su olivo. Cada cual a su casa. Y al día siguiente, más o menos lo mismo.

Todavía hay barrios, por supuesto, pero como cantaban Presuntos Implicados "cómo hemos cambiado". Los niños siguen jugando en los parques, bajo estricta supervisión paterna. Parques llenos de columpios y suelos acolchados. Lo de hacerse una brecha o llegar a casa con las rodillas despellejadas es hoy más una casualidad que una costumbre. 

También entonces había peligros. Pero no es menos cierto que aquellos barrios eran una extensión del hogar familiar. Y si tus padres no estaban al tanto, siempre había una vecina o vecino que se encargaba de darte acogida en su casa si te despellejabas la rodilla o que te despellejaba entero si habías hecho alguna con tus amigos. Y más valía no quejarse ante la autoridad paterna porque podías recibir ración extra de zapatilla. Ahora a ver quién es el guapo que se atreve a reprender a un vástago que no sea el suyo. Puede acabar ante la Fiscalía de Menores. Como poco. 

Y lo de ser de barrio era algo que imprimía carácter. Que se llevaba en el ADN. Ser de "las Delicias", de "la Rondilla", de "Vadillos", de "Pajarillos", de "la Rubia"...era, y para muchos sigue siendo, una condición de la que sentirse orgulloso. Ni español, ni castellano y leonés, ni casi, casi, pucelano. El barrio era tu casa. Y lo será siempre. 

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