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La infancia de lo políticamente incorrecto

Cigarrillos de chocolate, gotas de coñac en la leche, sorbos de champán en Navidad...los niños de la "generación EGB" crecieron "peligrosamente"

Imagen de un paquete de cigarrillos de chocolate, un artículo habitual en los quioscos hasta hace no mucho /

Si usted es de los que corren a socorrer a su hijo cuando escuchan el atisbo de un gemido o le desinfectan las manos con un spray después de usar los columpios, le recomendamos que deje de leer en este punto. No diga luego que no se lo advertimos. 

Antes de que llegara la "ultracorrección" política y el batallón de padres dispuestos a aislar a sus retoños en una burbuja higienizada, como la de aquella película en la que debutó Travolta, lejos en aquel momento de la Cienciología y los peluquines estrafalarios, entonces, decíamos, estábamos los hijos de la "generación EGB". 

Hagamos un ejercicio de imaginación. Uno sencillito. Entra un mozalbete de siete u ocho años al quiosco del barrio. Solo, naturalmente. Primer motivo de alarma para el progenitor ultramotivado, claro. "¿A dónde va esa criatura desamparada?", pensará. Lo dicho, el niño entra al quiosco y pide un paquete de cigarrillos de chocolate. Aquí el observador de nuestro relato está ya al borde del síncope. La mera unión de los conceptos "cigarrillo" y "chocolate" genera en su mente un torbellino de imágenes de vicio y decadencia. Pero el niño, ese niño de los 80 y parte de los 90, sale tranquilamente del quiosco, abre su paquete, extrae uno de los cigarrillos, y como Bogart en "Casablanca", se lo coloca en la comisura de los labios. Después se deshace de la lámina de papel que lo recubre y descubre ante sí un delicioso canutillo de chocolate con leche que devora con deleite. 

Mientras suministramos a nuestro aterrado padre o madre unas sales medicinales que le ayuden a recobrar la consciencia, intentaremos explicarle que ese niño no iba a terminar convirtiéndose en un fumador empedernido, de los de dos paquetes al día y tos mañanera.

En un tiempo no muy lejano de nuestra historia, la dictadura de la asepsia vital todavía no se había impuesto. Y eran nuestros mayores quienes en muchos casos animaban, siempre en fiestas señaladas, claro, a que el más pequeño de la casa probara un "sorbito de champán". También podía pasar que tu tío, ese tío enrollado que todos teníamos, te permitiese probar de manera furtiva su vermú el domingo por la mañana, en el bar, mientras en la tele ponían una carrera de Fórmula 1 de las auténticas, en las que sólo faltaba que los pilotos apoyaran un codo en el lateral del monoplaza y se encendieran un cigarrillo mientras adelantaban. Un cigarrillo de los de verdad, claro.

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