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La imperiosa necesidad de subir a un escenario

Hoy, ayer y siempre, el ser humano no ha podido resistir a la tentación de entretener a los demás a través del arte

Escenario vacío a la espera de una actuación /

Javier Cansado diría que los primeros fueron los sumerios. Y a lo mejor hasta tiene razón. Aunque, quizá, el primer escenario fue una caverna, los primeros focos una antorcha y el primer forillo, una pintura rupestre.

Desde entonces, los seres humanos han compartido un mismo sentimiento, una inquietud, el famoso "gusanillo" que ha llevado desde la noche de los tiempos a unos a entretener a otros con un escenario de por medio. 

Un impulso que ha evolucionado a lo largo de la Historia pero con algunos elementos comunes: desde los actores del Siglo de Oro de las letras españolas a los amiguetes que se juntan en un garaje para montar un grupo, hay un sustrato común, un deseo de comunicar, de ser escuchado, de ser visto, incluso.

En los 80, al calor de la "movida" y una vez liberados de la grisura franquista, fueron muchos los que se animaron a ensamblar los componentes -humanos y técnicos- que les permitieran hacerse un hueco en el mundo de la música. De manera paralela, también surgieron grupos teatrales, aficionados y profesionales que, ahora con plena libertad, podían expresarse de la manera que consideraban oportuna. 

Sumerios, neandertales o rockeros. Todos con un interés común. Todos unidos por un vínculo invisible. El irrefrenable deseo de subir a un escenario. 

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