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"¡Niño, baja al 'súper'!"

La década de los 80 fue decisiva para la expansión de los supermercados y grandes cadenas de distribución en nuestro país

Recorte de prensa de un anuncio con ofertas del hipermercado Continente en 1988 /

Llevaban ya algún tiempo entre nosotros, pero su expansión tuvo lugar en los 80. Eran mucho más frecuentes en las capitales más grandes. En una ciudad de provincias, como Valladolid, también existían, pero su presencia se fue haciendo familiar al inicio de esa década. 

Estaban en cada barrio. En alguno, había varios. Todavía, claro, no habían llegado los "precios siempre bajos" y "hacendado" era sólo una palabra fina para definir a alguien con mucho dinero. En aquel tiempo, los eslóganes eran otros. "Hipereconomice con Hipereco", por ejemplo. Más largo, pero también pegadizo, acompañado de la musiquilla adecuada. 

Algunos no tenían ni marca. Bastaba un local de buen tamaño para instalar un "súper" resultón. El pitido del escáner que lee el código de barras era en aquellos años el ruido mecánico de la máquina que colocaba las etiquetas anaranjadas con el precio, en pesetas, por supuesto. Un "clac-clac-clac" que formaba parte del ambiente. 

Tú podías estar tan tranquilo en el sofá viendo, qué sé yo, "La bola de cristal", y desde la cocina, llegaba la voz de tu madre reclamando tu presencia. Hacía falta leche o yogures. O café. Si la relación no era muy larga no era necesaria la lista. Pero una madre es una madre. Y allí que te ibas, con tu lista y tu bolsa de tela -o el carrito, incluso- al 'súper' más cercano. 

En él, claro, te conocían y, si no era de una gran cadena, hasta te fiaban, por si en el cálculo previo efectuado en casa se habían quedado cortos en la provisión de fondos. Veamos, dos botellas de agua "Castrovita", un paquete de yogures "Chambourcy", una bolsa (sí, una bolsa) de leche fresca "Lauki" (ay). Ah, y la botella de vino "Savín". Botella de vino que la cajera te cobraba sin pedir el DNI, ni nada. 

Te quedabas con las ganas, claro, de meter un par de "tigretones" y una "pantera rosa". O una bolsa de estrellitas "Crecs", que están de vicio. 

Y lo que cundía el dinero. Ahora bajas a hacer la compra con 10 euros (1.660 pesetas) y tienes suerte si consigues llevar la bolsa reutilizable a medias. Vuelves a casa y piensas que los yogures de bífidus con frutos secos que acabas de comprar no saben a nada. Que la leche desnatada sin lactosa es una parodia de aquel líquido maravilloso que hasta hacía nata cuando la hervías. Y que ahora no sólo ya no te piden el DNI cuando compras una botella de vino, si no que en la caja te llaman "caballero". Es, justo en ese momento, cuando te encantaría oír la voz de tu madre llamándote para que bajes al 'súper' del barrio. 

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