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Cinco duros, el peaje a otros mundos

Máquinas habituales en los salones recreativos /

Cinco duros. Aquellos cinco duros. Veinticinco pesetas. La moneda de color gris, a veces gris oscuro (por el uso). Por un lado, la efigie de Juan Carlos I (aunque también la había con la cara de Franco, que daba bastante repeluco, por cierto=. En el reverso, motivos dedicados al Campeonato del Mundo de Fútbol de 1982 o el águila imperial que simbolizaba no se sabe muy bien qué.

Luego la modernizaron. La encogieron e incluso la agujerearon, como si fuera un donut. Faltó tiempo para que alguien dijera que era posible atar un cordel alrededor del agujerito y poder usarla en cualquier máquina expendedora y recuperar el óbolo tirando de la cuerdecita. Si lo hizo y le salió bien, cuéntenos la experiencia 

Cinco duros era la tarifa base para empezar a valorar las respuestas en el "Un, dos tres", Por cinco duros, podrías comprar cinco chicles "Cheiw" y 25 caramelos de a peseta. Hasta una barra de pan se podía comprar con cinco duros.

Llegados a este punto, quizá sería conveniente hacer una conversión a euros para que nadie, por joven que sea, se nos pierda. Cinco duros, queridos jóvenes, son quince céntimos de euro. Hala, a ver qué es posible comprar con eso. 

Cinco duros era también el precio de una partida en una máquina en los recreativos. Empezaron siendo bastante rudimentarias y poco a poco se fueron modernizando, y encareciendo, además. Pero con cinco duros era posible jugar al "comecocos" (el Pac-Man) vaya, o estrujarte el cerebro encajando las piezas del Tetris con aquella musiquilla con reminiscencias soviéticas que, si alguna vez jugaste, ahora estarás escuchando en tu cabeza. Y si no, dentro vídeo:

Cada uno tenía su favorita: que si el Space Invaders, que si el Super Mario, que si el Ghouls´N´Ghosts, que si el Out Run...y así hasta el infinito. Cuando en el salón más cercano se incorporaba una novedad, había que estar muy espabilado para no tener que hacer cola. 

Como los recursos económicos eran limitados (y mucho), conseguir esos codiciados cinco duros, o en un alarde de generosidad paterna, veinte, te hacía estirar el dinero con tanto talento como para nombrarte presidente del Banco Central Europeo. Cinco duros, sí. Aquellos cinco duros. 

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