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El negocio de vender braguitas usadas

Vender braguitas usadas, sudadas y manchadas, por 60 euros, de media. Puede parecer extraño, pero es un negocio al alza en Cataluña y algunas mujeres ya lo ven como un sobresueldo o incluso como un trabajo

El fenómeno viene de Japón y aquí no para de ganar adeptos. Los compradores son hombres fetichistas, que excitan poniéndose las bragas ellos mismos, oliendo-las, o incluso pidiéndole a su pareja que las lleve. Para la mayoría de vendedoras, el gusto por las bragas usadas no es más que una oportunidad para ganar un sobresueldo, pero otros lo ven como una diversión, como Roser Amills.

María, en cambio, sólo lo hace por el dinero.

Ambas venden sus bragas usadas por internet, a través de la web Secret Panties, que ha pasado de ser una broma a funcionar como una empresa normal. Su fundadora es la Katia Ehlert.

La pieza que tiene más éxito es un tanga y las embarazadas son las vendedoras que más triunfan. Los precios de las bragas van desde los 30 hasta los 100 euros. La vendedora cuelga fotografías donde se la ve con la ropa interior a la venta y al lado escribe una descripción en la que indica que ha hecho. El cliente que esté interesado debe iniciar un chat con ella para ponerse de acuerdo. En ningún momento hay que revelar la identidad de ninguno de los dos y el envío se hace con un código de barras para que sea anónimo.

El objetivo de la Katia es ahora abrirse en Japón, que es el país del mundo donde hay más clientes potenciales. Allí incluso hay máquinas expendedoras de bragas usadas. Cree que a los japoneses les podría interesar comprar bragas de mujeres occidentales, porque ahora mismo sólo tienen al alcance la ropa interior de asiáticas.

Sobre la posibilidad de que este negocio triunfe también con la ropa interior de hombre, Katia reconoce que es mucho más difícil y que, en todo caso, sólo tendría éxito entre los homosexuales. Roser Amills asegura que entre los hombres gays pueden gustar, incluso, los calzoncillos manchados de heces.

El 40% del importe de cada transacción se la queda la empresa y el resto la vendedora. Lo más habitual son bragas con restos de flujo vaginal, sangre menstrual o el sudor generado después de una sesión de gimnasio.

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