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Democracia enferma

La Firma de Pedro Brouilhet

La mayoría estamos de acuerdo en que la democracia es el mejor sistema para organizar la sociedad. Imperfecto, como todo lo que es humano, pero el menos imperfecto, es decir, el mejor. Sin embargo, la situación insólita vivida en España en este último año nos hace reflexionar sobre su calidad y el modo de ejercerse.

El 20 de diciembre de 2015 fuimos convocados a unas elecciones generales; resultando ineficaces; el 26 de junio pasado concurrimos a votar de nuevo y con el mismo efecto. Hoy es el día en que nos vemos abocados a una tercera votación porque no ha sido posible un acuerdo entre los partidos políticos.

El pilar primero y fundamental del sistema es el voto individual y libre de los ciudadanos; si este resulta ineficaz es que algo serio falla. Lo demás son formas, actitud, voluntad y competencia política.

Tras cada jornada electoral los partidos reciben los votos que los ciudadanos les otorgan; luego los interpretan y los utilizan según conviene, bien para impulsar sus legítimas propuestas o bien para justificar y sostener estrategias que encubren otros intereses y objetivos.

Los ciudadanos ya han votado dos veces, pero los partidos políticos, convertidos más en maquinarias electorales y en agencias de reparto del poder que en gestores de lo público, no son capaces de gobernar.

La preocupación, pues, no es por el sistema, sino por su salud. La democracia es frágil; su aval es la credibilidad y sus mejores aliados la trasparencia y la verdad. Por contra, tiene sus peores enemigos en la deslealtad de los políticos y la desconfianza y desafección de los ciudadanos. Por eso, no necesita parlantes que la pregonen ni héroes que la defiendan, sino políticos honestos que la sirvan.

Estamos ante una democracia en estado de coma. Me sobran las guerras internas de algunos partidos o los debates que no interesan a nadie en las redes sociales. Me sobra el que nadie se atreva a cuestionar a algún líder o que estemos esperando al resultado de las elecciones vascas y gallegas. Me da lástima que sea más importante los intereses partidistas que el bien común.

Una democracia que no da respuesta a los problemas del hambre, el paro, la desigualdad, los refugiados, el fracaso escolar, los conflictos sociales… está enferma. ¡Déjense de monsergas! Los que necesita este país y también nuestra ciudad son médicos de la democracia que defiendan a los hombres y mujeres, por encimas de cualquier sigla. Y sino son capaces, ¡váyanse a sus casas!

Convertir mis ideas en la verdad absoluta es propio de las dictaduras. Y en eso caen la mayoría de los políticos que se creen portadores de la democracia. Les hemos elegido para que dialoguen, busquen puntos de unión y pacten. Creo que el sentido de esos verbos no lo aprendieron, a lo mejor por culpa de tanto cambio en la reforma educativa.

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