La firma de Inés Illán Calderón

Menudencias de la memoria

El funcionamiento de la memoria no hay quien lo entienda. Le dan repentes y salta de una cosa a otra como una mariposilla loca, muy zorruca. Es imposible. A mí me trae a maltraer, porque la memoria recuerda, pero no recuerda cómo y por qué recuerda. Pero me resulta estimulante comprobar que, en tiempos del todo “Sin”, incluso sin mano izquierda, cuando unos, sin otras e incluso los ceros a la izquierda, se empeñan en esclerotizar cabezas y acoquinar corazones, la memoria retoza a su aire y habla.

Anduve por Taramundi, con un grupo de amigos. Vimos y tocamos molinos y otras maquinarias prerevolución industrial. Entre los útiles que atesora el pequeño Museo, muy galano, había un hostiario, un artilugio precioso para hacer hostias. Y, sin ser yo a ello: “¡vaya, a quien se le ocurre comulgar con ruedas de molino!, ¡es una barbaridad!”. Porque las ruedas de molino son enormes y ásperas. La base material de la metáfora es contundente. Luego, no sé a cuento de qué, recordé un episodio escolar: Mi padre era muy delgado, seguramente por el mucho no comer. Le llamaban Quijote. “Ahí viene Don Quijote”-oía decir en la calle. Y en casa, a mi madre: “¡Quijote!” Y otras veces: “¡eres un Adán!”. Pero los primeros días de clase, el maestro me dio a leer el Quijote (en edición escolar) y una, en su inocencia e ignorancia: ¡“Uy, si yo creía que Don Quijote era mi papa”! El maestro, sonrisa al canto.

Pues eso, que la realidad es más literaria que la literatura y, desde luego, ninguna inteligencia artificial podrá anular ni controlar la memoria.

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