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Que se extingan los feos

En la foto se podían contar por lo menos diez recién nacidos, tirados en el suelo, dormidos e incapaces de moverse, pero en la información se leía que eran hasta 23 los oseznos que habían nacido en lo que iba de año en centro de cría del panda gigante de Chendú. Obviamente, a las hembras de panda de ese centro se les inoculan más hormonas que a esa señora de 62 años que ha sido madre recientemente, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que gracias a esa política de fomento de la natalidad que deja en agua de borrajas el cheque bebé, el grado de amenaza de la especie ha pasado de "en peligro de extinción" a "vulnerable".

Aquello me recordó otro artículo que había leído, y en el que se denunciaba que el ser humano dejaba morir a docenas de especies porque no eran lo suficientemente monos como para llamar nuestra atención sobre su amenaza. El artículo citaba un estudio de la universidad de Pretoria que demostraba que el chimpancé o los leopardos acumulan miles de menciones, pero solo se ha estudiado al 25% de los reptiles amenazados del mundo. La razón es que los científicos prefieren centrarse en animales que les provocan placer visual. O sea, los que son monos.

Es un problema porque los recursos son limitados, y resulta mucho más fácil conseguir que la gente se rasque el bolsillo para salvar a un tigre que para evitar que desaparezca de la faz de la tierra un gusano, o una salamandra, o una rana, o cualquier otro bicho que resulta repugnante, por eso la WWf tiene en su logo la imagen del panda y no la del pez Napoleón. Eso quiere decir que ser adorable es una mejora adaptativa más, como ser más rápido o poder alimentarse de un recurso abundante o aguantar mejor la sequía. No estoy muy seguro de si Darwin aceptaría la idea, pero me parece una astuta adaptación al medio ambiente que es la humanidad, a medio camino entre la simbiosis y la parasitosis. Y explicaría algo que siempre me ha intrigiado: la existencia de los koalas. Esos marsupiales ridículamente indefensos, de movimientos lentos y que se pasan el día mascando eucalipto, habían desaparecido de cualquier otro lugar que no fuera Australia, donde el único depredador grande que existe es el dingo, una especie de perro salvaje, y el cocodrilo.

Cuando llegaron los occidentales, los animales tuvieron que buscarse la vida para sobrevivir al hombre blanco y su gatillo fácil, que se cargaba a canguros por centenares. Sin embargo bastó una mirada al koala para que surgiera el amor. No hay nadie que no quiera abrazar a ese osito amoroso viviente, que tiene el tamaño justo de un bebé, peludito y blandito. Incluso su aliento huele a fresco. Si los koalas pudieran hablar, media humanidad estaría ya a sus órdenes, plantando bosques de eucaliptos para satisfacer la voracidad de sus crueles amos de orejas despeluchadas.

Parece que todo el mundo quiere vivir en un planeta lleno de delfines, focas y osos panda y tigres y gorilas y, en general, cualquier especie cuyos cachorros sean adorables y podamos sostenerlos en nuestros brazos. No sé por qué. Quizá sea porque hemos visto demasiadas películas Disney sobre cervatillos, leones y lobos y creemos que un ecosistema es algo parecido al bosque de Winnie de Pooh. Si los científicos se dejan embelesar por una madre acicalando con la lengua a sus bebés recién nacidos, ¿Qué esperanza le queda al resto, que nos dejamos guiar por criterios mucho más subjetivos? Ahora que lo pienso, no recuerdo nunca que el héroe de una película haya arriesgado su vida para salvar la de una chica fea. Todo lo más, una chica guapa con gafas y moño. Lo contrario hubiera resultado ridículo.

No. La chica poco agraciada tuvo que salvarse sola y escapar en el último momento de la explosión. Y el olm, una salamandra albina ciega que vive en las cuevas de Eslovaquia, tendrá que salir adelante por su cuenta. Nadie va poner pasta para un programa de crías de olm, ni siquiera uno tan barato que consista en ponerles música suave y un par de copas. Pero por lo menos, en el caso de esta salamandra, hay esperanzas de supervivencia porque como he dicho, no tienen ojos, y el amor tampoco.

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