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Cuenca organizó su primera exposición de pintura y fotografía hace cien años

Fue en 1916 y se pudieron ver cuadros sobre paisajes de Cuenca, entre otros autores, del pintor catalán Santiago Rusiñol, que los pintó en la propia ciudad unas semanas antes

Vista de Cuenca desde el puente de San Antón, pintura de Santiago Rusiñol, 1916. /

Esta semana, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos recuerda que hace un siglo se celebró en Cuenca la primera Exposición de Pintura, que tuvo como gran protagonista al pintor catalán Santiago Rusiñol, así como a otros pintores y aficionados a la fotografía, que era novedad de esa época.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

El pintor Santiago Rusiñol (Barcelona, 1850-Aranjuez, 1931), estuvo pintando en Cuenca en la segunda quincena del mes de junio de 1916. Le acompañaban el ilustrador Luis Bagaria, uno de los mejores caricaturistas del primer tercio del siglo XX, que dejó algunos apuntes sobre Cuenca, y el literato Luis García Bilbao, que también dejó impresa su visión de la ciudad.

Casas Colgantes, Rusiñol, 1916. / Rusiñol y la pintura europea

Hace poco más de cinco años el nombre Rusiñol fue noticia en los medios porque una galería londinense subastó una de sus pinturas, titulada “Casas Colgantes, Cuenca”, cuyo precio de salida se estimó entre 80.500 y 115.000 euros, siendo subastado el cuadro por 97.662 euros. Se trataba de una de las siete obras que Rusiñol pintó en el entorno de Cuenca en el verano de 1916. La pintura procedía de una colección privada y hacía un siglo que esa obra no aparecía en público y ha sido incluida con acierto en el libro “Las Casas Colgadas y el Museo de Arte Abstracto Español”, de Pedro Miguel Ibáñez.

La primera exposición

El Ateneo Conquense se había inaugurado el 1 de abril de 1916 y realizaba muchas actividades y de ello se encargó Juan Giménez de Aguilar. La exposición ocupó la sala baja del Ateneo, con seis hermosos lienzos de Rusiñol y un precioso óleo de la señora Luisa Denis de Rusiñol, además de otras obras del pintor catalán Jaime Serra y del pintor canario Juan Carló. Junto a los cuadros, la sala de fotografía mostraba obras de Enrique O’Kelly, Cuevas y García, Juan M. Vera y el conocido fotógrafo conquense, César Campos. La sede del Ateneo estaba en la calle Mariano Catalina (Carreteria), en el chaflán con la de Gil Carrillo de Albornoz.

La exposición fue inaugurada el jueves 10 de agosto con asistencia por invitación de los socios y simpatizantes del Ateneo Conquense, que presidía Enrique Casas. Se publicó que “todo Cuenca” pasó por las salas para ver las pinturas de Rusiñol, además de las fotografías, que eran otra novedad, pues muchos ciudadanos no conocían, por ejemplo, la Ciudad Encantada. Jaime Serra presentaba cuatro tablitas al óleo con paisajes de la “Hoz de Villalba de la Sierra”, “Campos de Villalba”, “Parte alta de Cuenca” y “Puerta de Valencia” y una serie de dibujos sobre personajes de la ciudad.

Hoz de Cuenca, Rusiñol, 1916. / Rusiñol y la pintura europea

En la prensa local se destacaba la noticia a toda plana, cosa que no era muy habitual. Así se podía leer en “El Liberal”:

“En orden de izquierda a derecha se cuenta un rincón de la Hoz del Huécar, impresionado durante el crepúsculo de la tarde, que es un derroche de maestría. Tomado al nivel del río aparecen en primer término las huertas y árboles que se destacan distintamente gracias a los vigorosos contrastes del color verde en todos sus matices; en el fondo, y flanqueando el cuadro, se aprecian las extrañas formaciones de la montaña que rodea a Cuenca, y en que esta misma se asienta, iluminados tenuemente por la violácea luz crepuscular. (Este lienzo ha llamado mucho la atención).

Junto a él está otro paisaje de la misma hoz, tomado a plena luz. El asunto está impresionado con gran fidelidad; y por las entonaciones tan distintas de los primeros a los últimos términos, se ve que el autor no halla dificultad en trasladar a la tela la gama espléndida de colores que la Naturaleza ofrece en regiones de atmósfera tan diáfana y limpia como esta de Cuenca. El cuadro es de una gran alegría en las notas a toda luz. Al fondo está el “Hocino de Catalina” [hoy conocido como hocino de Federico Muelas], sabiamente poetizado.

En el tercer cuadro sigue una vista de Cuenca desde el centro del puente de San Antón. El lienzo es reproducción exactísima del panorama que puede verse, desde dicho punto, a media tarde. Soberbio en los tonos claros, es más admirable el primer término, que representa el río Júcar. La ciudad se refleja limpiamente en las aguas tranquilas del estiaje y toda la parte alta, el Carmen, el Seminario, Mangana, se recortan en el cielo azul de una tarde canicular. Flanqueando, se ven las casas de la calle Estrecha, con esa justísima valoración de sombras tan características en Rusiñol. Este lienzo, el primero que pintó el maestro en Cuenca, detiene largo rato a los visitantes, pues por lo conocido del asunto puede enjuiciarse el extraordinario mérito del pincel.

Cuenca desde el puente de San Antón, Rusiñol, 1916. / Rusiñol y la pintura europea

A continuación hay un cuadro que es, sin hipérbole, el clou de la sala (el colofón de la exposición). Es otro paisaje de la Hoz del Huécar. A la derecha, saliéndose del lienzo, surge la roca en que está edificado el exconvento de San Pablo. En este término se aprecia una valentía inconmensurable al hacer el traslado, por la luminosidad que hay en todo él. Al fondo se ve el Correccional (el edificio del archivo, que fue Cárcel provincial) y los edificios que coronan la población por esta parte. Todo ello es estupendo de luz y de dibujo.

A continuación hay un lienzo con una vista del río Júcar, tomada desde el Recreo Peral. Es muy interesante por la melancolía de los tonos. Está pintado con luz crepuscular. Las casas de la calle de San Juan tienen el tono violeta que el cielo da a los montes y a los pueblos en la hora indecisa en que los objetos pierden los contornos, y el río, que mansamente lame los cimientos del pueblo es sólo una mancha verdoso-obscura. A lo último se ve el puente de San Antón. Los árboles de las orillas están pintados de manera inimitable. Uno de ellos, de tronco torcido, deja filtrar por entre el ramaje la poca luz que va quedando en el cielo azul-gris, en que se recortan abundantes nubecillas. Este cuadro es de gran perfección.

Cueva de la bruja, Rusiñol. 1916. / Rusiñol y la pintura europea

El último de los que expone Rusiñol es la cueva llamada de Orozco, en la Hoz del Huécar [conocida hoy como Cueva del Tío Serafín]. Este lienzo se tendría por fantasía del autor, si no conociéramos el original. Rusiñol le denomina “La cueva de la bruja”, y es justo el nombre. Como el anterior, está hecho a última hora de la tarde. Al pie, la copa de dos árboles, cuyo tronco no se ve, hacen que la roca adquiera mayor altura aumentando el efecto fantástico. La luna en plenitud, sale por encima de la peña, enturbiada por las calinas agosteñas, velada por los últimos resplandores del sol ya oculto. Gusta extraordinariamente.

Estas son las seis grandes obras del ilustre pintor, que en sólo dos meses las ha producido, dando idea de su gran amor al trabajo. Agradecidos debemos quedarle, pues si los lienzos no se vendieran en este año, el próximo irán a Nueva York, en donde los expondrá dando a conocer a los norteamericanos las bellezas de Cuenca, haciendo con esto más obra de propaganda que diez mil artículos periodísticos. Bravo, señor Rusiñol y mil gracias en nombre de esta pobre ciudad”.

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