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Ahogados en un vaso

Supongo que es algo raro en alguien tan parlanchín como yo, pero en realidad no tengo mucha fe en el diálogo como método para resolver problemas. Claro que tiene obvias ventajas con respecto a, no sé, la violencia, pero requiere demasiado tiempo y esfuerzo hacer cambiar a la gente de postura. Personalmente, prefiero limitarme a ignorar el problema hasta que desaparece por si solo o simplemente, aparece otro nuevo que hace que resolver el anterior no sea tan urgente. En cambio, la Marea Atlántica parece tener una fe inamovible en el diálogo, a pesar de las experiencias negativas que han tenido, no solo con el PSOE, sino también con muchos otros colectivos contra los que han descubierto que, asombrosamente, su lógica llena de buenas intenciones no funciona.

El sábado pasado, sin ir más lejos, fui al centro cívico de O Castrillón para asistir a otra edición del "Dillo ti", ese acto en el que todos los concejales, alcalde incluido, se presentan ante los vecinos para responder a sus preguntas. Ya había estado en muchos y, aparte de fomentar mi misantropía, y ser una excelente fuente de ideas para artículos, me servían para echarme unas risas. El 90% de las intervenciones giran en torno a las aceras, las paradas del bus, o el urgentísimo y delicado problema de las cacas de perro, que para muchos ciudadanos es la mayor amenaza a su bienestar cotidiano así que, tras varios "Dillo ti", los chicos de la Marea Atlántica tuvieron que aceptar que aquello no se iba a convertir el foro de activismo político que ellos, en el fondo, deseaban, y que su programa estrella de participación ciudadana se iba a limitar a un intercambio de impresiones sobre coches en doble fila y calles sin aceras. Incluso para unos tipos (y mujeres) con el culo plano de sentarse en corro en el frío cemento de las plazas públicas para debatir la refundación de la democracia, aquello podía hacerse cuesta arriba.

Pero nunca tanto como en O Castrillón. La sesión comenzó torcida. El público, compuesto en un 70% por ancianos pasados de Sintrón, parecía hostil. No exactamente contra la Marea, sino más bien hostil contra el Ayuntamiento, cualquiera que fuese su color, que sentían que les había ignorado durante mucho tiempo, sobre todo en la construcción de la piscina, que parecía una obsesión. Estaba en la segunda fila, ocupado en grabarlo todo, y no me di cuenta de lo que pasaba hasta la tercera intervención, que era uno de los manifestantes de Elviña, el yerno de un octogenario al que había convertido en un promotor del Ofimático a la fuerza porque no había querido irse. El alcalde y él se conocían. "Le diré lo que me va a responder: 'Parole, parole, parole'", recitó antes de irse. Aquello suscitó las primeras protestas del público, al que no le parecía bien que no aguardara la respuesta del alcalde. Pero la verdad es que allí nadie guardaba las formas. La moderadora era sistemáticamente ignorada, y no podía impedir que entablaran conversaciones con los concejales o hicieran todas las preguntas que quisieran, en tono acusador. Contagiados de la atmósfera, los concejales comenzaron a mostrarse agresivos: Lema, el de Empleo, acusó al conselleiro de Industria de mentiroso y ocultista sobre la Fábrica de Armas. El alcalde afirmó, al hablar sobre el Ofimático, que todos los problemas urbanísticos de la ciudad se debían a que su Gobierno no se sometía a los promotores.

El edil de Deportes, Sande, llegó a tiempo a la reunión (había estado casando a gente en María Pita) para confirmar que la piscina no se construiría hasta el año que viene, lo que fue recibido con un coro de bufidos y chasquidos de lengua. El tamaño de la piscina era otro problema. "O que ides poner é un pilón", espetó otro señor a un metro de mí, apuntando con un índice acusador a los concejales. Varela, el de Urbanismo, reconoció que el vaso de la piscina era pequeño, pero que el proyecto ya estaba hecho cuando llegaron ellos. Más bufidos saludaron esa afirmación. Otro venerable abuelito preguntó al alcalde que si faltaba presupuesto, por qué no despedía a "cuatro o cinco mangantes del Ayuntamiento". Aquello hizo estallar a Ferreiro, que alzó la voz por primera vez: "Non sei a qué se refire pero, aquí, mangantes nin un. Traballan moitas horas pola metade de diñeiro".

La tensión aumentaba y yo pensaba que por fin iba a cumplir mi sueño juvenil de ser corresponsal de guerra, cuando el alcalde hizo un esfuerzo para ponerse conciliador, y anunció que el tiempo se había acabado. "Este o foi o 'Dillo ti' con mais temperatura que tivemos. Debe ser polo tempo soleado". Miré con ojos recelosos el exterior por entre las cortinas del ventanal. Ahora que sabía que el sol podía provocar efectos más perniciosos en la gente que un simple melanoma, la plaza iluminada parecía tan siniestra como un cementerio. Pero, en mi opinión, la culpa era de la piscina de O Castrillón. Para tener un vaso tan pequeño, había estado a punto de ahogarse en ella todo el Gobierno local.

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