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Badajoz se rinde al Marco Aurelio de Muñoz Sanz

El Teatro López de Ayala ovaciona la obra dirigida por Eugenio Amaya. Los actores, Cuesta y Moirón, fueron gigantes en el universo escénico creado en torno a la figura del emperador y filósofo romano

"Ver esta obra en el Teatro Romano fue un espectáculo, pero hoy en el López de Ayala hemos conseguido proyectar los detalles". Era una de las reflexiones del actor, José Vicente Moirón, inmenso en el papel de Cómodo.

Ya recuperado del sóleo que le provocó una cojera en Mérida, y que Muñoz Sanz tuvo que justificar sobre la marcha adaptando el texto una vez más, aparece con el pelo aun mojado y una elocuente sonrisa. Charla con varios compañeros a las puertas de un conocido bar ubicado en uno de los laterales del teatro. Acudir allí tras un estreno es religión.

El Marco Aurelio escrito, creado e ideado por Agustín Muñoz Sanz, y dirigido por Eugenio Amaya (también ha contado con la colaboración del dramaturgo, Miguel Murillo), ya había deshecho en elogios al personal. Lo de este jueves fue como el partido de vuelta en casa para un equipo que ya había goleado la clasificación en el primer partido.

Tocaba celebrarlo con los suyos en una suerte de Coliseo romano enardecido, donde Cómodo dibujaba el aire con su espada ante la recelosa mirada de su padre, interpretado por un Vicente Cuesta curtido en mil batallas.

Vicente Cuesta (Marco Aurelio) y José Vicente Moirón (Cómodo), en un momento de la representación. / Festival de Mérida

La representación vino a confirmar la exitosa comunión de un texto trabajado desde la ingeniería del estudio y la inquietud de Muñoz Sanz, un hombre ligado a la reflexión y creación permanente, seguramente reencarnado en la figura de su emperador romano, inédito hasta la fecha en el mundo teatral. El descubrimiento de un médico de provincias (así suele referirse a sí mismo en los climas distendidos y radiofónicos), que no debe pasar desapercibido para el ideario escénico contemporáneo. Al César lo suyo.

"A Agustín hay que dejarlo libre", dijo de él una vez un alto mandatario político cuando los cantos de sirena reclamaban su protagonismo en la gobernanza sanitaria. Por fortuna sigue entre nosotros, el pueblo amenazado en su día por la peste y protegido por Crispino y Marco Aurelio. Gloria a su bagaje literario, teatral y quién sabe si operístico.

Marco Aurelio es también el éxito del juego coral de un equipo que ha ido creciendo desde los calurosos ensayos en torno a una historia que Muñoz Sanz ha elevado tanto como a Alejandro de Abonutico (Roberto Calle), seguidor del dios-serpiente Glycón, que irrumpió flotando en el escenario y dibujando una estampa sobrecogedora, rodeado por unos bailarines que se integran en la obra de tal forma que empujan al espectador a sentir la tos de un emperador que agoniza.

Roberto Calle (Alejandro de Abonutico), rodeado de los bailarines. / Festival de Mérida

La conclusión es que todo fluye y junto a la música evoca un ambiente cinematográfico que recuerda a cintas como Gladiator o Alejandro Magno. Quizá sea esa la clave de una obra que puede incluirse en cualquier circuito teatral más allá de nuestras fronteras, entre otras cosas, porque el pensamiento de Marco Aurelio está más vigente que nunca en una sociedad que ansía la fama, la misma que el emperador no tenía prisa en conseguir si llegaba después de la muerte.

Marco Aurelio leyendo a Epicteto, su mentor. / Festival de Mérida

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