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La moral del narco

Los años han pasado por el rostro de Oubiña sin rozarle demasiado. Ni siquiera el cáncer que lleva instalado en el cólon parece haberle envejecido más de la cuenta. Y nada, desde luego, ha podido minar jamás su carácter. El narco, que abandonó la prisión esta semana, siempre se ha expresado con una contundencia que todos pensaban que no le correspondía.

Oubiña se ha afanado en proyectar la imagen de un tipo en paz con su propia conciencia, un contrabandista que conocía y respetaba los límites, un delincuente moral. Por eso jamás se ha sentido avergonzado, por eso nunca ha creído que debiera arrepentirse, porque él obraba en los pecados grises, algo que hace el estado con el tabaco y el alcohol sin disponer una ventanilla para manifestarse.

Presumía de haber renunciado al pingüe negocio de la heroína y la coca para dedicarse exclusivamente al hachís, porque, decía, "no causa daños graves a la salud". Si Oubiña no ganaba aún más dinero era solo por el efecto de su integridad en el balance de cuentas. No, por tanto, no tenía de qué arrepentirse.

Hace unos años, en una entrevista a VanityFair, el capo volvió a insistir en esa idea y retó a todos a encontrar algo que lo relacionara conlas drogas duras. Acto seguido matizó: "hasta el día de hoy, mañana no sé lo que haré". Así es la moral del narco, un libro escrito en páginas de oro, cuyas letras solo se escriben si es con más oro. Un tipo capaz de llamar "putas" a las madres de la droga y de ofrecerles sexo para taparles la boca sin sumar un gramo a su conciencia.

En su peculiar ética está la gran trampa, porque sí, puede que un porro no se parezca a una jeringa, pero su moralidad tampoco a la decencia. Primero los intereses, después unos principios que los apuntalen.

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