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Antonio Pérez Girón

‘Los burros de Manuel Cano’

Confieso que tengo una enorme debilidad por los burros. Al ser una persona sensible a los animales, se une la temprana lectura de “Platero y yo”.

Firma Pérez Girón, 'Los burros de Manuel Cano'

Confieso que tengo una enorme debilidad por los burros. Al ser una persona sensible a los animales, se une la temprana lectura de “Platero y yo”. A la ternura que destilaba el inmortal libro de Juan Ramón Jiménez, que todo niño debería leer para querer, o al menos, respetar a los animales, que tanto nos enseñan.

Este animal está ligado a mi niñez, donde formaba parte del paisaje del pueblo. Sometido a un intenso y duro trabajo, era fundamental para determinados oficios como el de aguador o el de verdulero, o en el transporte de todo tipo de materiales y mercancías.

Lo he visto cargado sin piedad, muchas veces maltratado por su dueño, pero siempre fiel y noble. Y he sentido pena al percibir en su rostro un signo que interpretaba de tristeza.

Su nombre se utilizaba peyorativamente: “eres un burro”. O en el colegio a los alumnos inaplicados: “voy a ponerte unas orejas de burro”. El propio Diccionario de la Lengua Española define a “burro” como “persona ruda y de muy poco entendimiento”.

Por eso, los burros de Manuel Cano, que no son los del propietario de ningún cortijo con ese nombre ni de algún aguador conocido, los siento como propios. Desde hace algún tiempo, este magnífico pintor, que tan bien nos introduce en el frescor de los patios de su Cádiz, o nos muestra la maestría del retrato, viene rindiendo homenaje a esos queridos asnos. Verdadera reivindicación de la nobleza animal a través de su mano de artista. Y yo, como amigo de los burros, lo agradezco en el alma.

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