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Jorge Guillén: "Estoy siempre tratando de afirmar la vida y con esperanza"

La Cadena SER accede a una entrevista inédita al poeta de la Generación del 27 realizada en 1982, dos años antes de la muerte del autor de 'Cántico y Clamor'

El poeta Jorge Guillén en una imagen de archivo tomada en 1982. /

En enero de 1982, el entonces profesor de Literatura de la Universidad Complutense de Madrid y ahora catedrático de Literatura de la Universidad de Córdoba, Diego Martínez Torrón, visitó al poeta Jorge Guillén en su residencia de Málaga. El poeta de la Generación del 27 tenía entonces 89 años. Sus encuentros eran frecuentes y, en aquella ocasión, el profesor quiso grabar la conversación que mantuvieron. En ella, Guillén se muestra cercano y abierto a tratar algunos de los temas clave de la existencia y la poesía: el amor, la muerte y la propia literatura. La Cadena SER recupera ahora esa conversación, guardada durante 35 años a la espera de esta oportunidad. Aunque el sonido no es óptimo, la grabación permite escuchar una de las voces más singulares de la poesía española del siglo XX.

La transcripción de la entrevista es la siguiente.

 

¿Qué importancia tiene el tema del amor en su poesía?

Es fundamental, lo he sacado desde Cántico hasta Final. Es pasión amorosa. He tenido dos pasiones amorosas, las dos conyugales. La frase más importante que se ha pronunciado en este pobre planeta es aquello de “amaos los unos a los otros”.

El amor de una forma o de otra es fundamental, en todas las facetas. Pero siempre tiendo a la seriedad, a decir hacer que la pasión amorosa pueda ser (inaudible)…

Eso no tiene nada que ver con el hombre… y no digamos de ese pobre tipo del Don Juan que pretende seducir a un amor, qué cosa más ridícula (risas). Hay tres donjuanes, el de Tirso, que fue cruelísimo, que no hace más que darle patadas a don Juan hasta mandarlo al infierno. Hay un don Juan de Byron que es estupendo. Yo conozco poesía inglesa pero no demasiada, ése es un poema estupendo. Y luego el popular de Zorrilla, de Valladolid, que ha tenido mucho éxito, se ha difundido muchísimo, pero que hoy ya no se lleva. ¿Y usted que quiere? ¿Seducir a ese amor? (risas)

 

“No es verdad ángel de amor,

que en esta apartada orilla

tan pura la luna brilla

y se respira mejor.”

 

Yo me quedo con esos versos, “y se respira mejor” porque soy asmático. (risas)

Y el don juan de Byron es estupendo, siglo XIX. Además Byron fue un personaje famoso en el siglo XIX.

 

Admiro mucho en su poesía esa especie de integridad y compenetración entre su poesía y su vida, es decir que lo que usted piensa lo ha expresado en su poesía, que no hay ese desnivel que hay en muchos autores.

A veces eso ha ocurrido así, y a veces hay dedicatorias, poesías de ocasión, que son el resultado de las diferentes experiencias, conocimientos, ¿verdad? Y a veces ha ocurrido que algunas de esas personas a las que yo dediqué una poesía ya después no las he vuelto a ver.

Todo en mi vida ha ido reflejándose en la poesía. Y ahora que lo veo todo seguido, porque he tenido la dedicación de ponerlo a leer desde el principio hasta el fin por orden, me ha sorprendido la perfecta coherencia esencial, a pesar de la variedad de temas, tonos, estilos tamaños, desde epigramas hasta poemas largos, pero lo esencial es de una coherencia extraordinaria, es siempre el mismo impulso.

Le digo a usted una cosa enseguida, para corregir una cosa que le he tenido que corregir a un señor americano que ha venido y que ha estado conmigo unos días y ha escrito un libro interesante. Que dice, ¿optimista? ¡No, por dios! Optimismo es una opinión, una teoría. Dicen que el mundo va a terminar a las dos de la tarde del miércoles, hombre pues yo no lo veo así; eso es una opinión, pero cuando yo hablo de vitalidad, de lo que se transmite por la sangre, por la vida, eso no es un optimismo. Usted está enamorado de su mujer y le dice, qué optimista es usted, eso es una tontería. El optimismo es una teoría es una opinión. Yo a eso la palabra optimista lo simplifica, es una cosa de vitalidad de continuidad.

Yo creo que a eso la palabra optimista lo simplifica. Es una cosa de vitalidad, de continuidad, de temperamento, pensamiento, sentimiento, intuición, todo junto por la experiencia individual. Todo siempre sale de la experiencia personal. Todo eso va siguiendo mi vida pero con una coherencia esencial que a mí me ha sorprendido ahora. En lo esencial, el impulso es el mismo, pero claro debido a la variedad de temas, pues ha ido hacia adelante.

 

¿Qué piensa del tema de la muerte, porque me ha sorprendido esa serena, tranquila y sencilla aceptación del tema?

Ignorar la muerte sería una cosa de bestia. Digo palabra de bestia en el sentido físico. Una bestia no sabe que va a morir, pero un hombre lo sabe, cómo no lo voy a saber. Y eso lo sé desde Cántico, hombre claro. Yo no tengo temor a la muerte, porque la muerte no me parece una intromisión intolerable, como le parecía a don Miguel de Unamuno. Le parecía que era intolerable que Unamuno no fuera inmortal; era una ofensa que se le hacía personal.

Yo tengo la modestia de esperar la muerte como un término natural de la vida humana. Y claro, la espero, en lo posible, tranquilamente. ¿Eso se llama estoicismo? Bueno, lo que usted quiera. Yo estoy tranquilo, voy a esperar.

Yo no tengo tanta ambición. Luego, ser inmortal… no lo sé. A varios amigos muy católicos les diría qué haría yo inmortal, si yo no tengo que hablar con el amigo don Diego de estas cosas, qué voy a hacer inmortal. Lo veo como una cosa natural que y si hay algo más tendría mucha sorpresa, y estaría encantado. Pero jamás con la idea de oponerse a Dios. La palabra que está ya desde Homenaje es agnóstico. Yo no me opongo. Me gustaría mucho que hubiese dios, pero no llego a él, no porque sea tonto, sino porque no tengo medio de llegar. Por consiguiente lo hago con toda la modestia. Me alegraría mucho.

Lo he repetido dos veces. Está en Y otros poemas, en forma de diálogo, ¿verdad?

(Recita) Dios es el más importante. ¿Y si acaso no existiese? Erguido en la interrogante, siempre capital es ese.

Esa idea de dios, esa posibilidad de Dios… Jamás el dogmatismo. Es imposible que un señor tenga el valor de negar todo eso. Hay que ser un genio dogmático, y furiosamente fanático como Lenin, para estar seguro de que no hay dios y él, en cambio, estar seguro de lo que dice. Pero hombre, la modestia, la modestia, siempre capital es ese… Pues eso se llama agnosticismo. Y al contrario, yo me alegraría mucho porque yo me armo un lío cuando veo cómo la materia misma se organiza, y cuando una amiga nuestra de esta casa va a tener una niña que se llama Rosa, y yo le dije unos versos: “yo vi en la rosa, la dulzura perfecta de la armonía tranquilamente… Una rosa maravillosa”.

Yo personalmente no llego, por consiguiente esa es una cuestión agnóstica. De ninguna manera atea. Me parece una palabra espantosa: atea… (risas)

Y me dice usted, ¿y el polo opuesto? La Semana Santa en Málaga… no hablemos (risas). Hemos visto aquí milagros en la televisión, hechos para la televisión. Vamos que es el colmo, que es un Cristo que está y tiene un movimiento, y los soldados se ponen así. Milagros para la televisión… eso es pasarse.

 

¿Qué caracteriza cada una de las cuatro ediciones de Cántico?

Fue una cosa que yo hice lentamente, poco a poco. Primero empecé en el año 1919 y se publicó en 1928, porque había ya bastante y aquello tenía sentido.

Después vino la República y la segunda edición vino en el año 1936, después me fui a América y la tercera salió en México. Y la cuarta salió el año 1950, cuando se murió mi amigo Pedro Salinas. Se hizo poco a poco y había una continuidad. Variaban los temas, pero siempre, desde Salvación de la primavera, que quería decir: que el amor puede ser una cosa solo física, del tiempo, pero si dices “salvación”, la pasión espiritual la pasión porosa del alma y todo el cuerpo todo junto. Y esa era la salvación de la primavera, darse un sentido espiritual apasionado a lo que puede ser la temperatura diseñada y nada más. Me alegro de que haya primavera (risas).

Salió así. Salieron 334 poemas.

 

¿Su pensamiento poético sigue siendo el mismo en Final que en Cántico?

Sí, sí, claro, desde el principio hasta el fin. Varían los temas. Hay poemas largos, cortos, de un tono, de otro de toda clase, pero el sentimiento esencial es el mismo, hay una coherencia de impulso, en ese punto no hay contradicción. Porque claro, yo afirmo. Pero cuando me encuentro con la oposición de la realidad, que es lo que a mí me interesa, la realidad, porque los fantasmas no me interesan, por eso me ha interesado el sueño pero no el ensueño…

Me interesa la realidad, y de esa tengo conciencia más o menos, pero no fantasmas. Estos días ya duermo bien, estoy encantado. Eso es lo que yo creo. Pero una cosa ideal… No, no quiero fantasmas. Por eso no he tenido inclinación nunca al surrealismo, porque se entregaba hacia una irracionalidad que me parecía excesiva. Hay siempre primero pensamiento, sentimiento, intuición, experiencia personal, todo eso va junto, pero entregarse a la irracionalidad como en el caso del surrealismo francés…

André Breton era pontífice máximo, hacía excomuniones, y al que no estaba de acuerdo con su doctrina se le excomulgaba. Yo no tengo sino una experiencia, una intuición, todo eso va junto, nada más.

 

¿Podría leernos y comentarnos el poema que más le guste de Final?

No hay un poema que me pueda poner en el ojal. Depende de qué cosas. Viene mi hijo y me señala un poema. Me parece que esta al final de Y otros poemas, y por eso me fijé en él:

“Aunque el tiempo es difícil aventura.

Oigo entre la calma de la mente,

el alma mía en que el tiempo se depura

Y es humano desorden contingente.”

Al final de todo es una experiencia. Oigo este mar y me inserto ahí y sí encuentro una armonía, un orden...

Tengo uno de los últimos poemas que son a gaviotas en grupo, que son preciosas. A veces hay gaviotas que vienen ahí y están en grupo y luego por la noche se van todas juntas, todo eso me inserta en la naturaleza ordenada. Pero, yo no sé.

A ver, temblor de tierra o lo que sea, hay que tener en cuenta que en el mundo en que vivimos, ocurren cosas extraordinarias. A pesar de todo, en esta España, que es mi país, por consiguiente yo no hablo de ello como si fueran budistas, hombre España. Yo estoy dentro como católico hereje. Yo estoy dentro, no estoy fuera. Yo me inserto ahí y me siento ordenado, a pesar de todo en este planeta, en este mismo siglo han ocurrido cosas estupendas.

En este siglo XX que ha sido espantoso de tiranías, de revoluciones llevadas a fuerza de tiros, la Guerra Civil Española, espantosa de un lado y otro… Pero siempre ha habido una continuidad intelectual, siempre ha habido un progreso de la ciencia, de la medicina, ha habido siempre continuidad de artistas; pintura siempre.

En España ha habido siempre retrocesos, recuerdo que mi amigo Ramón Carande, un gran historiador, que ha escrito Carlos V y sus banqueros, todo documentado, le hicieron una entrevista en El País y tuvo tiempo de decir una cosa. Le preguntaron: ¿cómo resumiría usted la historia de Espala en dos palabras? Y dijo don Ramón: “demasiados retrocesos”. El siglo XVI, la inquisición, que tiene un inquisidor en el piso de arriba, en el piso de abajo, en el de la derecha… El siglo XVII, seguimos con la cosa… En el XVIII Carlos III inventa aquello de lo que tengo un poema: la Sociedad Económica de Amigos del País Y yo pregunto enseguida: ¿cuántos son los muertos? Llegamos al siglo XIX lo mismo, pero el maldito Fernando VII...

 

Hubo gente que cuando publicó Cántico, le acusó de que evitaba los aspectos negativos de la existencia. ¿Es por eso que escribió usted Clamor?

Hombre, claro. Porque yo vivo socialmente. El único tema que está excluido a priori es la soledad, nunca jamás. No tengo tendencia a encontrarme a mí mismo. Yo no me intereso nada, quién soy yo no me importa un pito. Me interesa usted, de pronto esta silla, el agua, el mundo, pero mi alma no me importa un pito. Y yo lo veré después en lo que he hecho, lo que he vivido, pero nada más, pero sin buscarme.

Yo vivo socialmente, y surge la oposición de la sociedad. Las historias de amor siguen. Puedo ver este mar y estoy muy contento de verlo, y por otra parte leo un periódico malagueño, y me desespero y no es contradictorio. Tengo la sensación y protesto y me expreso de la vida social que digo. No hay ninguna contradicción, niego la negación. Estoy siempre tratando de afirmar la vida y con esperanza. Lo más reaccionario del mundo es perder la esperanza, eso no es digno, seas religioso o no. No es vital. Si usted ha perdido la esperanza no es usted nada. Eso lo he sentido siempre como temperamento, porque es esencial la esperanza. Me he dado más cuenta estando en los EEUU. En España hay señores elegantes que se reúnen en una comisión y dicen, “no hay nada que hacer”. Eso es imposible de decir en los EEUU. Eso es ignorado. No es que sean unos bobalicones y se chupen el dedo. Es que es verdad: siempre se puede hacer algo por una causa, sea la que sea. Perder la esperanza es perder la vitalidad y es un contrasentido absurdo. No se puede perder la esperanza nunca, es esencial a la vida. Y si la pierdo, pues nada, me callaría y diría para qué. Pero no la pierdo.

 

Diego Martínez Torrón es catedrático de Literatura en la Universidad de Córdoba. "Al amor de Ella", su poesía completa prologada por Jorge Guillén, fue publicada en la editorial Alfar.

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