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SER COFRADE

Las hermandades que el tiempo se llevó (IV)

En esta cuarta entrega de los reportajes dedicados a las hermandades extintas en sedes donde hoy viven cofradías de penitencia, nos acercamos hasta el convento dominico de Santa Cruz la Real, sede de la parroquia de santa Escolástica

Muchas han sido las hermandades que, al abrigo del convento de Santa Cruz la Real, han visto la luz desde el siglo XVI y hasta nuestros días /

 "Dicen que el Realejo es...". Esta es quizá una de las frases más recordadas por los cofrades del histórico barrio del Realejo, que fueron pronunciadas por Antonio González durante su pregón. Una frase que encierra un gran significado y que da testimonio de lo que supone el Realejo para la Semana Santa de Granada y de lo que históricamente ha supuesto para la devoción y la piedad popular.

Por eso, en este ciclo de reportajes sobre las hermandades extintas de Granada, queremos acercanos de manos del historiador del arte José Antonio Díaz hasta una de las iglesias más importantes de la ciudad, no solo por su dimensión, calidad artística o importancia documental en la historia de Granada, sino por el legado cofrade que encierra tras sus muros la iglesia del convento dominico de Santa Cruz la Real, que es sede desde el siglo XIX de la parroquia de santa Escolástica.

 

Las hermandades perdidas de Santa Cruz la Real

Dentro del argot contemporáneo del cofrade granadino, le vetusta iglesia del Convento de Santa Cruz la Real aparece con toda la carga significativa que implica la denominación popular de “Catedral del Realejo”. No es para menos, dado que por su capacidad se trata del templo que alberga un mayor número de hermandades entre sus muros: la Santa Cena, la Cañilla y las Tres Caídas suponen un total de siete pasos procesionales, que conllevan la apertura de las puertas de Santo Domingo durante cinco de los ocho días de duración de la Semana Santa. A ellas hay que sumar, inevitablemente, una de las grandes hermandades de gloria de Granada, como es otra la Archicofradía de Ntra. Sra. del Rosario Coronada, cuya antigüedad se remonta a las mismas fechas fundacionales del convento en el año 1492, además de tratarse de la más veterana que aún subsiste en este templo. Como bien es sabido, la leyenda que circunda a esta imagen resulta abrumadora, con relatos que hablan de su presencia en una de las naves combatientes en la Batalla de Lepanto, o de los signos milagrosos con que se habría manifestado en tiempos de epidemias.

No podía ser sino la del Rosario la advocación mariana que primeramente contase con una congregación de devotos que, pública y privadamente, hiciesen práctica de este piadoso rezo que la determina. Tanto interés y fervor llegaría a suscitar esta devoción que, para mediados del siglo XVII, la archicofradía adoptaría progresivamente un corte netamente elitista, que empujaría a las clases más modestas a agruparse en otra corporación rosariana en torno a la desaparecida imagen de Ntra. Sra. de Gracia. Asimismo, en el último tercio del siglo XVI, surgiría en una nueva hermandad mariana con carácter gremial. Se trata de la congregación generada en el seno del gremio de torcedores de seda, puesta bajo el patronazgo de Ntra. Sra. de la Esperanza, una pequeña imagen de alabastro, que actualmente se conserva dentro del cenobio dominico, y que fuera donada hacia 1558 por las hijas de don Ruy López, quien la habría hallado milagrosamente en una cueva de Sierra Nevada.

En el ámbito penitencial, escasean las congregaciones adheridas a esta vertiente durante la Edad Moderna. Gracias a los estudios de Antonio Padial y Miguel Luis López-Guadalupe, han podido documentarse dos cofradías penitenciales. De un lado, los dominicos contaron la existencia de la Hermandad de Vía Sacra del Santo Cristo de las Penas y Ntra. Sra. de la Paz, que disponía de una serie de pequeños retablos portátiles que eran dispuestos para el rezo del viacrucis, en un camino de ascenso hasta el Convento de los Santos Mártires por el Cerro del Mauror. Por otra parte, la misma Orden dio forma a la que fue la quinta cofradía de penitencia establecida en Granada, en torno al año 1581: la Cofradía del Santo Crucifijo de la Sangre y Benditas Ánimas. Su presencia en las calles de Granada tenía lugar al anochecer del Jueves Santo y en su cortejo se entremezclaba la voluntad popular con la de la orden religiosa. Así, al paso de Santo Domingo de Guzmán le sucedía el de la Vera Cruz (a la sazón, titular del convento), junto con el Crucificado de Ánimas de la Sangre y Ntra. Sra. de los Dolores. Poco tiempo después absorbería a la pequeña hermandad de Ntra. Sra. de la Encarnación.

Mucho más prolíficas fueron en Santa Cruz la Real las congregaciones que rendían culto a diferentes santos. Así, junto a las tres hermandades marianas enunciadas y a aquellas otras dos penitenciales también descritas, se han podido constatar hasta ocho corporaciones más. De este modo, Santo Domingo de Guzmán contaba además con su propia hermandad, como también lo hacía el otro gran santo dominico del momento: San Vicente Ferrer; perteneciendo la autoría de ambas tallas al taller de los Mora. Por su parte, coincidiendo con las fiestas de sus respectivas beatificaciones, florecerían congregaciones en honor a Santa Rosa de Lima por parte de la rama dominica terciaria, y a San Pedro de Arbués (llamada de los Crucesignatos) por parte del Tribunal del Santo Oficio. Con este contexto, hemos de situarnos en ese siglo XVIII en el que emergen devociones más familiares y dulcificadas, las cuales darán lugar a otras corporaciones como la dedicada al Dulce Nombre de Jesús, obra de Ruiz del Peral aún presente en nuestra Semana Santa, o la omnipresente del Patriarca San José. Finalmente, en estas fechas tan avanzadas, los dominicos se afanarían por incrementar el protagonismo devocional de su orden, de manera que concebirían también una congregación de devotos de San Pío V tras su canonización, junto con la denominada como Milicia Angélica de Santo Tomás de Aquino, que había sido impulsada por la orden a nivel global para reimpulsar las doctrinas tomistas.

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