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Sentimiento ludista

No hay nada mejor para recordar el valor de una victoria que una buena derrota, la importancia de una posesión que su pérdida. Puede que las cosas deban funcionar así, en ciclos crueles de amor y desamor que se repiten inevitablemente. La cara solo es posible si existe la cruz. A Coruña lo sabe bien; al fin y al cabo se ha especializado en cultivar una variedad de melancolía que posiblemente no se ha desarrollado con tanta eficacia en ningún otro lugar del planeta.

Es una nostalgia muy particular, una especie de morriña arquitectónica que exige trazar un plan a largo plazo, un pacto entre generaciones. Hay que construir grandes edificios, llenarlos de historia, para bien y para mal, y después marcharse. Los lustros siguientes deben dejarse en barbecho, que las administraciones finjan que hay problemas con el papeleo. Que la cárcel de la torre vea palidecer sus muros, que la fábrica de tabacos exponga sus desconchones. Solo así el reencuentro será verdaderamente intenso.

Miles de personas visitan estos días la nueva sede judicial en lo que fue la antigua fábrica, tras quince años cerrada y numerosos retrasos en el proyecto. Una “avalancha de gente” va a pasear al juzgado, rezan las crónicas en una metáfora (¿in?)voluntaria de la situación de nuestra justicia.

Un lunes de 1857, en protesta por la pérdida de puestos de trabajo, las cigarreras de la fábrica arrojaron por la ventana toda la producción y la nueva maquinaria. El mar se bebió el tabaco, porque entonces el mar llegaba hasta allí, y en una suerte de homenaje a aquello, ahora que la humedad volvía a carcomer sus muros, recuperamos por fin el edificio. Como los trabajadores de justicia siguen esperando a que la modernidad les llegue, con medios acordes a este siglo, esta vez no habrá peligro de que nadie arroje máquinas por la ventana. No hay.

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