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El Estilita

El mejor amigo del periodista

En la era de internet, conseguir suscitar el interés de una persona por una noticia cada vez es más difícil pero una de las cosas que he aprendido a lo largo de estos años es que a la gente le apena mucho más la suerte de un animal que la del prójimo. No tengo ni idea de por qué, quizá por la misma razón por la que está dispuesta a dejarse lamer por el primer perro que encuentre por la calle, pero que le horrorizaría que lo hiciera otro ser humano. Da igual: el caso es que hace unas semanas, recibí un comunicado de prensa de la Policía Nacional que anunciaba que habían detenido a un sujeto que había robado en una casa de Eirís dos días seguidos. La segunda vez, le había pegado un estacazo en la cabeza a la dueña y golpeado al perro hasta que, según la Policía Nacional, "apenas podía moverse". La frase me llamó la atención. Me imaginé a un pobre perrito, gimiendo en el suelo, arrastrándose al lado de su ama también herida. Un cruce entre Lassie y Rex, el perro policía. Esa historia lo tenía todo para interesar al lector. Pero había un problema grave: la foto.

Muchas veces, la foto es la mitad de la noticia. De hecho, es una de las pocas cosas que uno puede contar con que el público ojeará del artículo junto con el titular y el pie de foto. Y si lo que ve no le interesa, no va a leer el texto sin que importen las citas precisas, las claves del problema o el inteligente desarrollo de la trama que uno se haya esforzado por redactar. Así que uno de mis deberes como redactor consiste en lograr que el fotógrafo consiga esa imagen, lo que no siempre es fácil. Pero quería la foto de ese perro. La necesitaba. La deseaba. Me imaginaba a un pobre animal mirando a la cámara con ojos enormes y tiernos, lamiendo el objetivo, apenas capaz de levantar su cabeza, con todo su cuerpo cubierto por vendajes ensangrentados. Un crudo testimonio de cómo la crueldad humana es capaz de ensañarse con el mejor amigo del hombre. Terrible. Conmovedor. Y, sobre todo, noticioso.

Pero el comunicado de prensa no incluía la dirección exacta. Nunca lo hace, para evitar que los periodistas molestemos a las víctimas y, además, para cuando lo leí ya eran las cinco de la tarde. Hice un par de llamadas, pero no conseguí averiguar nada, así que decidí ir en persona a Eiris y buscar casa por casa, si era preciso, hasta encontrar a ese animal. Mi compañera de al lado se rió de mí y apostó a que nunca lo conseguiría. "¿Vas a buscar por todo Eirís ese perro?", me desafió, incrédula. Estuve a punto de recapacitar cuando me di cuenta de las escasas posibilidades que tenía de lograrlo. Eirís es un barrio muy grande. Pero contaba con unas pocas pistas: sabía que el robo había tenido lugar en una vivienda unifamiliar rodeada de vallas de obra. Y sobre todo, me irritaba la risa de mi compañera. Afuera llovía (había granizado varias veces) y estaba a punto de ponerse el sol. Intentarlo era una estupidez.

Cogí el coche y me dirigí hacia Monelos. La lluvia se estrellaba contra el parabrisas y me sentía cada vez más inseguro de a dónde me dirigía. Subí por la avenida hasta que, sin ninguna razón, decidí que empezaría por los alrededores del Ofimático. Me detuve en la carretera de Eirís, cerca del Colegio Internacional, y comencé a caminar. Hacía frío, chispeaba y no había ni un alma. Caminé un poco más, dudando de si llamar a una casa, pero todas tenían las luces apagadas. Seguí por una calle peatonal que bajaba hasta casi el polígono del Ofimático y luego me detuve en una encrucijada, rodeado de viejas casas de un par de pisos, sin saber qué hacer. Un gato gris sentado en un alféizar me miró fijamente, como si fuera lo más curioso que hubiera visto en todo el día. Era el primer ser vivo que veía por allí. Aquello casi me hizo abandonar, pero había llegado demasiado lejos como para irme sin hacer un verdadero intento. Escogí una casa al azar y llamé a la puerta.

Me abrió un tipo joven, con cara de curiosidad. Tomé aliento y le pregunté si sabía dónde habían cometido un robo dos días seguido, habían pegado a la mujer... El joven puso cara de extrañeza... Y al perro. El gesto le cambió y señaló una casa de piedra vieja en lo alto de la colina. No me podía creer mi buena suerte. Me dirigí hasta allí y me encontré la ruina rodeada de vallas de obra. Un hombre calvo me miró desde la ventaba del piso superior. Hablé con él y accedió a bajar. Y con él bajó un perro, un mestizo peludo y amistoso, cruce de pastor holandés. Al parecer, la paliza no había sido tan grave porque se encontraba bien, se estaba recuperando perfectamente y solo quedaban unas cicatrices. Estaba mojado y apestaba, pero no dejé de acariciarle mientras su dueño me contaba todo lo ocurrido. Le escuché encantado: lo había conseguido, tenía al perro, tenía la historia y, por encima de todo, tenía la foto. Era un hito en mi carrera periodística lo que, bien pensado, resultaba deprimente. Pero no estaba dispuesto a que la reflexión existencial arruinara mi momento: tras esperar al fotógrafo regresé a la redacción caminando como un triunfador y cuando mi compañera me preguntó si lo había conseguido, le invité a comprobarlo oliéndome la mano. Así olía la victoria.

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