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Antonio Coronil

‘Vida de propina’

A pesar de esto, lo que ella peor llevaba era cuando se volvía hacia la caja y notaba como varios pares de ojos se clavaban donde acaba el blanco de la camisa y empieza el negro del pantalón del uniforme.

Firma Antonio Coronil, 'Vida de propina'

Era el cuarto aviso de que en el cuarto de contadores, el suyo dejaría de funcionar y con el corte: la tele, la play del niño, un puñado de bombillas y el hilo anaranjado de la estufa. Un problema más, en la interminable lista de los que le acompañaban. Llueve sobre mojado.

La barra del bar estaba completamente llena, la terraza repleta y los platos y las comandas, a viva voz de los compañeros o vomitados por la PDA, absorbía ahora todos sus sentidos. Empieza ese tiempo donde todos quieren ser atendidos al mismo tiempo. Donde el desconsuelo de los estómagos de los clientes se torna en ácido malhumor hacia los camareros.

Los del gremio le llamaban la puré. Ella suponía que era porque así quedaban después de ese achuchón: hechos puré. Era cuestión de una hora. Y lo mejor para sobrellevarlo, ni respirar.

A pesar de esto, lo que ella peor llevaba era cuando se volvía hacia la caja y notaba como varios pares de ojos se clavaban donde acaba el blanco de la camisa y empieza el negro del pantalón del uniforme.

Ella, en los ratos en los que el mostrador dormía, recordaba aquellos tiempos cuando fue joven y descarada. Guapa y con una figura que no se quedaba atrás. Una época donde la resistencia que mostraba el pantalón al vestirse, era proporcional a la expectación viril que despertaba. Cuando no tenía la amistad sincera de las amigas de su calle, pero sí la admiración de todos los chicos del barrio. Un tiempo donde el dominio de su belleza era la llave que abría todas las puertas.

Y fueron los ojos verdes de aquel chico, quienes les trajeron esa catarata de sentimientos bonitos. Un amor intenso por igual. Un amor único, como seguro que nadie pudo sentir antes. Un amor sincero, donde no había ni mentiras que contar. Un amor que era garantía segura de una vida repleta de felicidad.

Fue aquel, el hombre de su vida. Era apuesto y arrogante a partes iguales. Quién, sin oficio ni beneficio, le prometió una vida de ensueño, donde nunca se pondría el sol del dinero. Fue una época, donde los furtivos besos en rincones oscuros, pasaron a la guerra de los cuerpos en hoteles con brillantes spas.

Un tiempo donde la belleza y la juventud podían con todo. Donde nunca importó nada y cualquier problema no era obstáculo para él. Dónde, aunque ella siempre tuvo sospechas, cuando él le decía mi vida, era que realmente pensaba quedarse con ella entera.

Y cuando la inesperada llegada de un hijo parecía que culminaría su felicidad, fue la inesperada huida del hombre de su vida, orden de alejamiento mediante, cuando todo tomó su verdadero color. Cuando la realidad se impuso al sueño hasta ahora vivido.

Ahora que el mostrador descansaba, pensaba en todo esto mientras el cigarro en el almacén. Ahora que los recuerdos duelen, su seria belleza, su cuerpo todavía terso, eran reclamados para atender la terraza.

Y cuando se giraba hacia la caja, para cobrar una cuenta, ella que tuvo todos los caudales del amor con codicia. Sentía, que ahora, su vida era de propina.

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