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La actriz conquense Sonsoles Benedicto cumple 75 años preparando nuevos papeles

La hemos visto decenas de veces en el teatro, en el cine y en la televisión, se ha pateado los escenarios de España representando obras clásicas y contemporáneas y puede presumir de haber compartido escenario con algunos de los grandes nombres de la escena española

Sonsoles Benedicto. /

Sonsoles Benedicto, la hija de doña Teresa y de Juanito, como dice ella, nació en Carretería un 21 de abril de 1942. Es una de las grandes actrices españolas de teatro que acaba de interpretar a varios personajes en la obra ‘Los Gondra (una historia vasca)’ en el Centro Dramático Nacional dirigida por Josep María Mestres. La celebración de su 75 cumpleaños le pilla preparando un personaje para la serie de televisión ‘La zona’ (Movistar +). En ‘Hoy por Hoy Cuenca’ hemos hablado con ella para felicitarla de parte de todos los conquenses.

Felicitación de cumpleaños a Sonsoles Benedicto en 'Hoy por Hoy Cuenca'. / Paco Auñón

Sonsoles Benedicto (Cuenca, 1942) es una de esas actrices del teatro español “de toda la vida”. En su día estudió música, danza, declamación y ha terminando pisando las tablas de múltiples escenarios de toda España.

Sonsoles Benedicto. / Cadena SER

“Yo no he hecho más que teatro”, dice. Comenzó su andadura profesional de la mano de Cayetano Luca de Tena con el estreno de ‘Calumnia’ de Lilian Hellman. Entre sus primeros montajes encontramos ‘La Celestina’, ‘El Avaro’, ‘La Estrella de Sevilla’. Trabajó con directores como José Tamayo, José Luis Alonso o Manuel Collado. Ha interpretado gran cantidad de personajes a lo largo de su trayectoria, entre ellos los clásicos de Lope de Vega, Fernando de Rojas, Cervantes, etc. Ha trabajado en comedia musical (‘Un millón de rosas’, ‘El mago de Oz’, ‘El violinista en el tejado’), en cine (‘No somos nadie’ de Jordi Mollá, ‘El prado de las estrellas’ de Mario Camus, ‘La vida empieza hoy’, de Laura Mañá) y en televisión (‘El Comisario’, ‘Hospital Central’).

Entre sus trabajos en teatro destacan ‘Quimera’ y ‘Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín’ dirigida por José Luis Gómez, ‘La verdad sospechosa’ en el Teatro Clásico dirigida por Pilar Miró, ‘Tristana’ de Galdós dirigida por Manuel Ángel Egea, ‘Divinas Palabras’ y ‘Platonov’ dirigidas por Gerardo Vera, para el Centro Dramático Nacional y ‘La divina Filotea’ dirigida por Pedro Mari Sánchez.

Recuperamos aquí una entrevista que mantuvimos con ella en ‘Hoy por Hoy Cuenca’ en 2010.

Más conquense no puede ser. Nació usted en Carretería.

Vivíamos enfrente justo de la confitería Ruiz. Ahora hay una casa nueva, pero cuando yo nací sólo tenía dos pisos. Abajo estaba la peluquería de Bonilla y arriba nosotros. Mi padre tenía una tienda que se llamaba Casa Calixto. Mucha gente la recordará porque era uno de esos establecimientos tan especiales de los años 40 y 50 en los que había de todo, desde una muñeca hasta un botón pasando por una colonia o un paraguas. La atendían mis padres, aunque mi madre era también profesora de francés y de piano. Recuerdo que a veces daba clases en la tienda, en una mesita redonda, con un piano pequeñito, de esos de juguete que también se vendían allí.

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¿Cómo era Carretería en esos años cincuenta?

Podíamos pasear porque casi no había coches. Antes de que yo me marchara a estudiar a Béjar, en Salamanca, con 13 o 14 años, Carretería era el centro de reunión de la gente joven. Ibas para arriba, para abajo, saludabas a uno y a otro, veías al chico que te gustaba, coqueteabas. ‘A ver si a la vuelta lo vuelvo a ver y me mira’, pensabas. Y los matrimonios salían a pasear también, pero seguro que en aquella época los hombres iban delante y las mujeres detrás. O al contrario. Junto al parque de San Julián, Carretería era el sitio de los paseos. Y era un lujo que los padres nos dejaran salir de noche al concierto de la banda en el templete del parque. Era una Cuenca muy entrañable, muy dulce, donde vivíamos muy libres, donde teníamos nuestra cuadrilla, hacíamos nuestros guateques y éramos ya muy innovadores, nos poníamos pantalones. Sigo teniendo amigos de aquella época.

Sonsoles Benedicto (en el centro) en la entrega de premios de la Unión de Actores en 2011, cuando recibió el galardón a la Mejor Actriz. / EFE

Seguro que esa tienda era un lugar por el que también pasaba la vida de Cuenca.

Pues sí. Mi padre era una persona muy abierta, muy buena gente. Todo el mundo le llamaba Juanito. Mi madre, en cambio, como era profesora, era doña Teresa. Habrá gente que cuando lea esto me reconocerá como la hija de doña Teresa y de Juanito. Pues esa soy yo. Amo Cuenca hasta decir que no puedo ser de otro sitio. Cuando voy para allá me identifico con el aire fuerte de las hoces mezclado con el olor de las huertas, con los ríos, con las piedras, de un color indescriptible.

¿Es bonito regresar a Cuenca?

Sí, es precioso, aparte de que mi madre, que era de Madrid, se sentía muy conquense. Sus cenizas, junto a las de mi hermano, están esparcidas en el cerro del Socorro para ver desde allí su ciudad, donde ella tuvo sus penas y sus alegrías. Cuenca es algo muy profundo para mí.

¿Cuándo se subió por primera vez a un escenario?

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Pues estaba en Madrid, en el conservatorio, estudiando Arte Dramático y apareció Cayetano Luca de Tena, que era un gran director. Iba buscado niñas para el montaje de ‘Calumnia’ de Lilian Hellman, una obra que discurre en un internado. Y allí se presentó. Nuestra escuela, la Real de Arte Dramático era la única entonces. Ahora hay más. Y representamos en el teatro Beatriz, que ahora se llama Teatriz. Entre aquellas niñas estaban Amparo Baró, María José Alfonso o María Jesús Lara. Una de las profesoras era Mairata Obisiedo.

Desde entonces ¿cuántas veces se ha subido a un escenario? Tal vez sería más fácil contar los días de su vida que no lo ha hecho.

Ha habido algún parón de como mucho cinco meses. He trabajado mucho, en Madrid y en provincias, algo a lo que nunca he puesto ninguna pega. En mi época de juventud había algunos actores que decían ‘yo a provincias no salgo porque lo que haces allí no sirve’. Nunca he tenido remilgos, he trabajado donde me han llamado actuando hasta en pueblos. Y también en el extranjero, en Rusia, Centroeuropa, Latinoamérica.

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En la vida de un actor, los personajes van evolucionando con el propio actor, comenzó en el papel de niña…

Van evolucionando con la edad. Hice de colegiala, de Simoniña en ‘Divinas Palabras’ [de Ramón María del Valle Inclán], que estrenamos en el teatro Bellas Artes y después en el teatro Valle Inclán con Gerardo Vera.

Y cuántas historias se quedan entre bambalinas, cuántos compañeros de lujo en tantos repartos…

Llevo tantos años… Trabajé con don Manuel Dicenta, con Guillermo Marín, incluso con Rafael Rivelles en el teatro Lara donde hicimos ‘Las Chicas del Taller’ [de Juan Ignacio Luca de Tena] con aquellas cajas en las que se repartía la ropa. Algunos lo recordarán. En aquella época de la posguerra había planchadoras y la ropa se repartía en unas cajas muy grandes colgadas al hombro con una cinta.

El teatro se hace en vivo y en directo cada tarde, algunas con más de un pase, y eso deja muchos momentos especiales, ¿no?

Las obras de teatro nunca son iguales porque tu estado de ánimo nunca está igual, porque el público tampoco es igual en cada función, porque cada uno es de una manera y recibimos de forma desigual las sensaciones. Arriba del escenario se siente al público, se oye el silencio. Dirás que qué cosa más rara, pues se oye el silencio, sobre todo cuando es una escena dramática y el actor está sólo en el escenario.

¿Ha habido algún momento en el que lo haya pasado mal sobre un escenario?

Una vez me caí, pero me caí entre cajas. Sí. Hacíamos ‘Los secuestradores de Altona’ de Jean-Paul Sartre y yo tenía una escena con Fernando Guillén. El escenario tenía un segundo piso con una escalerita pero sin quitamiedos, que es algo así como la barandilla. Estaba muy oscuro y me caí a un hueco lleno de focos. Me arañé los brazos pero tuve que salir a escena. Es un poco como los toreros.

¿Qué hay de cierto en eso de que el teatro siempre está en crisis?

El teatro no está en crisis, lo está la sociedad. Y según está la sociedad, así está todo. El teatro nunca se terminará. Hay funciones que van mejor y otras que van peor. O hay una función buenísima que de repente no tiene éxito. El teatro es un misterio, si no seríamos millonarios. Es un juego en el que siempre estás a la expectativa de a ver qué pasa.

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