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El Estilita

Mi casita (I): el tejado

En la fotografía que publicaron, a mí se me ve en el margen izquierdo. La instantánea recoge un mar de rostros crispados o serios, el discurso congelado de José Martínez Rico, el presidente del Hogar Sor Eusebia, la increpación a quemarropa de un vecino, el individuo parado en un peldaño de la escalera del fondo, como un sevillano cantando una saeta en un balcón, gritando algo que ya no recuerdo. En medio de tanto gesto de circunstancias, yo no podía parar de sonreír, feliz como un niño. Tanto, que al día siguiente los colegas que me encontré en una rueda de prensa se rieron de mí. Supongo que eso no dice gran cosa de mí como persona. Habría debido ser más profesional y contenerme un poco, pero en ese momento no pude evitarlo. No solo porque los vecinos de Eirís me habían proporcionado una noticia de primera plana, sino porque había predicho que aquello iba a ocurrir, y como puede confirmar cualquier vidente de la tele, hay pocas cosas que causen tanta satisfacción como acertar una profecía.

La revelación me había venido hacía un año o más. Había asistido en la Escuela de Arquitectura a la primera rueda de prensa sobre Mi casita, ese proyecto del Hogar Sor Eusebia que consiste en 20 módulos para indigentes que se niegan a someterse a las reglas de una institución benéfica. Mientras oía a Rico su habitual discurso de cómo había fundado en el Hogar hacía 30 años para evitar que la gente durmiera en la calle y cómo lo había conseguido excepto por ese puñado de inadaptados, caí en la cuenta de que a aquel dechado de virtudes cristianas no se le había ocurrido que los vecinos de aquel centro iban a montar una buena. En aquel momento, ni siquiera se preveía ninguna clase de control, simplemente iban a entregarles las llaves a un puñado de sujetos a los que desde el propio Hogar describían como "con disociación grave, trastornos mentales y adicciones". Parecía demasiado bueno para ser verdad. Levanté la mano y le pregunté cuál sería el requisito que se seguiría para conceder los módulos. El señor Rico proclamó: "El requisito será el corazón de los voluntarios".

Arquee las cejas y asentí con gesto serio, pero por dentro ya me frotaba las manos. Lo único que faltaba para que el asunto estallara era saber la ubicación, pero Rico la ignoraba. La parcela debía otorgarla el Gobierno local al que, a diferencia de mí, no le hizo ninguna gracia la idea del Hogar de Sor Eusebia de juntar a todos los casos perdidos en un "gueto", como lo llamaron. El problema es que tampoco podían decirles que no: aunque a la Marea Atlántica no le gusta que se delegue la asistencia social en entidades privadas, y menos de tinte cristiano, celebrar un concurso de arquitectura para diseñar unos módulos innovadores para acoger a gente en riesgo de exclusión social es algo que no podía dejar de apoyar un Gobierno local que cuenta con una Concejalía de Derecho a la Vivienda. Así que les pidieron un plan social para supervisar y rehabilitar a un grupo que siempre había rechazado esa ayuda, al mismo tiempo que mantenían en secreto el lugar donde pensaban instalar las viviendas prefabricadas.

Cada vez que el concejal de Derecho a la Vivienda celebraba una rueda de prensa, yo le preguntaba por el tema, y él lo esquivaba. El Ayuntamiento lo niega, claro, pero yo estoy seguro de que hacía mucho tiempo que sabían que iba a ser Eirís: el concurso de arquitectura incluía detalles del terreno donde se iba a levantar Mi casita, como el grado de inclinación y la extensión. Ellos aseguran que le presentaron tres opciones al Hogar Sor Eusebia y que fueron ellos los que decidieron, pero... el director, Diego Utrera, me contó que pusieron sobre la mesa tres opciones: Bens, que es donde se encuentra Sor Eusebia, pero donde no podía levantarse ninguna estructura por el plan de emergencia de la refinería; San Pedro de Visma (que escogieron primero) que requería un cambio legal y carecía de servicios y urbanización y Eiris, que estaba listo ya y en donde se podía construir en breve. Era, en realidad, la única opción.

Pero, en todo ese tiempo, el Ayuntamiento no tanteó a los vecinos para suavizar el impacto, así que estos se despertaron de un día para otro con la noticia de que en su parque se iba a levantar un refugio para mendigos. El rumor pasó de boca en boca por bares y tiendas como un porro, pero mucho menos relajante. Los vecinos de Eirís se sentían ciudadanos de segunda: un barrio de la periferia al que habían expropiado casas para construir un parque donde iban a levantar casitas para indigentes que no querían acatar regla alguna. Algunos eran solidarios, y consideraban que si no molestaban, no habría ningún problema pero, como a ninguno de ellos les importaba, no acudieron a las reuniones donde el vecindario abucheó a los representantes del Hogar Sor Eusebia y a los del Ayuntamiento. Días más tarde, el alcalde dijo que quizás "o mellor se correu demasiado". Dicho de otro modo, se había construido la casa empezando por el tejado.

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