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Cuenca también quemó sus “fallas” en las hogueras del 2 de mayo

Hogueras adornadas con muñecos que representaban escenas conquenses y que después se quemaban. Eso son fallas, ¿no? Y en Cuenca se hacían en los años 40 del siglo XX

Pila de leña preparada para su quema en el entorno de Zapaterías en Cuenca, en 1988. /

En ‘Páginas de mi Desván’, José Vicente Ávila recuerda cómo se celebraba la tradición de las hogueras del 2 de mayo, víspera de la Cruz, en los años 40 del siglo XX.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

“¡Un chavico para la Vera Cruz!” Con esta frase los niños conquenses pedían antaño la ayuda para las cruces y las hogueras de la noche del 2 de mayo, una tradición que se mantuvo en Cuenca durante muchos años, pero que por mor de los tiempos se va apagando.

En Cuenca era costumbre que, al anochecer del día 2, la ciudad se cubriese de hogueras en las que se quemaban todos los útiles domésticos sobrantes y después, en las ascuas, se asaban patatas o se ponían en unas parrillas la carne y sardinas para pasar la velada entre algún cántico del “mayo” cuando el vino hacía sus primeros efectos.

En una breve reseña del año 1927 en ‘El Día de Cuenca’ se puede leer: “Anoche se vieron muy animadas las calles con motivo de la fiesta de la Cruz, especialmente las de arriba, siendo muchas las hogueras que duraron hasta bastante avanzada la noche. ¿Pero tan barata está la leña?”, se preguntaba el cronista.

Hoguera en el barrio del castillo en 2015. / José Vicente Ávila

Otro texto del año 1945 del diario ‘Ofensiva’ decía lo siguiente sobre esta celebración: “Habrá que hacer una encuesta entre todos los conquenses para saber el motivo exacto de por qué, en este día segundo del mes de mayo, hay hogueras encendidas en las calles y plazas de nuestra ciudad, existen canciones y músicas y, en todos los que viven en Cuenca, hay un contento y gozo como en ninguna otra época del año. Será por la entrada de mayo y porque los trigales tienen un marco de flores de variados colores o porque mayo está dedicado a la Virgen María y en todas las iglesias se celebran los ejercicios marianos de las flores”.

Cruces

Cruces de mayo en Cuenca en 1945. / Descubriendo Cuenca

Hubo épocas en las que hasta la propia Junta Provincial de Turismo, y hablamos de la década de los años cuarenta, no sólo quiso regular las costumbres sino que creó algunos premios e incentivos. En el año 1943 publicaba con suficiente antelación, el 25 de marzo, y bajo el título “Festejos de la Cruz de Mayo”, la convocatoria para el certamen, abundando en que “persistiendo en las labores de años anteriores esta Junta convoca los concursos de cruces, hogueras y rondallas”.

Las cruces, por ejemplo, sólo podían colocarse en la Plaza del Carmen, Plaza del Salvador, Barrio de San Antón, Calderón de la Barca, Parque de Canalejas (o sea, Parque de San Julián) y Alonso de Ojeda (vulgo Puerta de Valencia). Había tres premios, el primero de 300 pesetas y los siguientes de 200 y 100.

Las cruces debían estar cubiertas de flores y perfectamente adornadas. Los barrios concursantes, además de presentar la mejor cruz florida, debían designar también una madrina, es decir, una joven de 15 a 25 años, que debía “procurar el mayor esplendor de la cruz respectiva”. Una vez conocido el número de cruces participantes, las madrinas de cruces y hogueras se reunían el 20 de abril para designar a la Dama del Fuego y la Corte de Honor, que por cierto tenían un lugar preferente en todos los actos que se celebraban en esos primeros días de mayo.

Hogueras

En el caso de las hogueras había también tres premios, el primero de 1.000 pesetas, el segundo de 750 y el tercero de 500. También la Junta designaba los sitios del encendido de la lumbre: en la Plaza Mayor; en el comienzo de la calle Palafox, frente a la Audiencia, que entonces era el edifico actual de la UIMP; en el Puente de la Trinidad, frente al Instituto (actual Conservatorio de Música); en la Plazuela del Hospital de Santiago; en el ensanche de la calle Nueva, que era la del Agua; en la Plaza de los Carros; en Sánchez Vera, después del cruce con Colón; al final de Ramón y Cajal, donde entonces estaba el fielato; en la calle 18 de Julio, o sea, la de las Torres, y en Alonso de Ojeda. Es decir, diez hogueras.

La junta señalaba que “el tipismo de estas hogueras debe ser alentado y conservado de manera eficaz y sobre el montón de leña debe procederse a establecer adornos con muñecos representando diversas escenas conquenses”.

Las fallas de Cuenca

En el año 1945 los premios para las hogueras fueron: el primero para la de la plaza de los Carros (“La entrada de Alfonso VIII en trolebús”), el segundo quedó desierto y el tercero fue para la hoguera de la calle Alonso de Ojeda en la que figuraba un “Hogar de la Serranía”. Era como una especie de derivación de las “fallas” en la que ardían los elementos que habían configurado la escena representada.

El trolebús

En las hogueras había que tratar temas conquenses, según las bases. La hoguera ganadora que llevaba el título “La entrada de Alfonso VIII en trolebús” tenía como motivo de crítica abierta y “encendida” a la oferta que el Ayuntamiento había hecho de poner en marcha un trolebús “que ha de comunicar la parte alta con la parte baja de la capital”. La “hoguera” era una especie de trolebús sobre el que aparece Alfonso VIII desenvainando la espada y mirando con ansias de conquista a la altura de la ciudad, puesta al fondo y bien presentada. Aparecen unas notas cómicas del guarda municipal deteniendo la marcha del trolebús y de un Stan Laurel conduciendo; bajo las ruedas, un anónimo atropellado.

Además de la citada hoguera premiada, colocada en la plaza de los Carros, como una especie de “falla”, se presentaron otras con los títulos “Un pozo de petróleo en Cuenca” y “El Peñón de Gibraltar”. En el Carmen se colocó en una hoguera un telescopio en el que todos mitraban a la luna. Fue como un guiño medio siglo anticipado al Museo de las Ciencias.

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