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Cómo eran las fiestas de San Juan y de Santa Quiteria de Huete hace 90 años

Recuperamos una crónica de Rodolfo Llopis, ministro socialista del gobierno de la II República, sobre las fiestas de juanistas y quiterios escrita en 1925

Danza de los diablos de Huete en 1978. /

Esta semana, en Páginas de mi Desván, José Vicente Ávila nos saca del baúl de sus recuerdos la crónica de Rodolfo Llopis sobre las fiestas de San Juan y Santa Quiteria de Huete escrita en 1925 para el diario madrileño El Sol.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Rodolfo Llopis era catedrático de Geografía en la Escuela Normal de Magisterio de Cuenca, director general de Primera Enseñanza en la República y ministro de Instrucción Pública y presidente de la República en el exilio, y de UGT, amén de otros cargos.

Rodolfo Llopis en 1913. / Wikipedia

En 1925 tenía 30 años y además de profesor en la Escuela de Magisterio era corresponsal del diario El Sol de Madrid, uno de los periódicos más influyentes de la época. Como cronista de este periódico, Rodolfo Llopis escribió sendas crónicas sobre las fiestas de San Juan y de Santa Quiteria en Huete, con los títulos de “El galopeo” y “Los quiterios”, en los día 13 y 30 de mayo de 1925, de las que hacemos un esbozo y reproducimos algunos párrafos a continuación.

El galopeo

“Hemos podido percibir mejor que nunca que en Huete hay dos ciudades; cada ciudad es un barrio, y cada barrio tiene su devoción: San Juan y Santa Quiteria… Un pequeño accidente geográfico, un arroyo, un barranco, separaba a los dos barrios. Una creencia profundamente arraigada, una tradición mantenida, incluso violentamente, separaba a los "juanistas" y a los "quiterios".

Imagen retrospectiva de la procesión de San Juan. / Jesús Calle

Hoy, afortunadamente, no; los quiterios y los juanistas ya no se odian; se guardan mutuamente las fiestas, y hasta intervienen en todos los festejos. Es decir, en todos no; en todos menos uno. Hay un festejo que puede considerarse como la esencia de la tradición; en él no caben mezclas, confusiones ni ambigüedades: ese festejo es el célebre "galopeo". Galopeo tienen los juanistas y galopeo tienen los quiterios; pero son completamente distintos, inconfundibles.

El galopeo consiste en una procesión. En la de los juanistas, sacan a San Juan Evangelista. Al Santo le precede un cirio enorme, colosal, que llevan en andas. Es el cirio que, según la leyenda, permaneció encendido en la vieja iglesia de Atienza siglos y siglos mientras estuvo en poder de los árabes.

Hay un grupo de juanistas que cubren sus cabezas con unos grotescos gorros de dos puntas, con inscripciones absurdas; son los "tunos", los estudiantes... Y todos corren, saltan, van y vienen, bailando siempre, sin descansar. A veces, llegan hasta cerca del Santo; se paran; uno de ellos, encarándose con San Juan, le dirige una serie de vítores que los del grupo corean secamente.

-¡Viva el querubín científico!...

-¡Viva el que remontó el águila!...

-¡Viva el teólogo misterioso!...

-¡Viva el que fundó las siete iglesias de Asia!...

-¡Viva el de los ojos de lucero!...

-¡Viva el testamentario del Señor!...

El espectáculo no puede ser más pintoresco: los curas que acompañan a San Juan, cansados ya de tanto caminar, se han hecho llevar una silla y se sientan cómodamente junto al Santo; los "tunos" corren y saltan bárbaramente; unas pobres viejas, casi centenarias, llegan hasta San Juan y, bailando, con los brazos en alto, con un temblor nervioso en las manos, lanzan sus piropos y se retiran bailando siempre, satisfechas de haber cumplido un año más con su Santo...

Quien haya asistido a algún galopeo no podrá olvidar el espectáculo que tuvo ante sus ojos. Aquella fiesta semipagana, semireligiosa, irreverente a fuerza de ser fanática, le hará pensar en las fiestas primitivas y en las fiestas de la Edad Media.

Los galopeos no han sido estudiados seriamente. El día que eso se haga, encontrarán en ellos tal cantidad de supervivencias, que podrán considerarlos como verdaderos casos de "paleontología social".

Los Quiterios

El día estaba desapacible, tormentoso. Había llovido durante las primeras horas de la mañana. De cuando en cuando caían fuertes chubascos. Por un momento creímos que se suspendería el galopeo. ¡Suspender el galopeo!... ¡Eso, nunca! ¡Sería romper la tradición, dar gusto a los juanistas! ¡Eso, nunca, jamás!

Santa Quiteria en Huete en 2009. / santaquiteriahuete.com

Allí estaban los quiterios, frente a la ermita, en la plaza de San Gil, esperando que sacasen a Santa Quiteria. Era una abigarrada multitud donde se mezclaban los pobres y los ricos, los niños y los viejos, los hombres y las mujeres. Ese día no hay clases sociales; ese día no cabe más que una distinción: o se es juanista o se es quiterio. Y los quiterios estaban allí, desafiando al tiempo, resistiendo la lluvia.

El galopeo de los quiterios es distinto del de los juanistas. Bailan en grupos; unos, cogidos de la mano, formando ruedas; otros, sueltos, tocando las castañuelas, y todos, gritando, saltando, dando vivas, aproximándose y alejándose tumultuariamente de la Santa.

Y, por encima de esas voces y de ese barullo, resuenan los vítores que dedican a Santa Quiteria. No son vítores secos, cortados, como los vítores de los juanistas; son, por el contrario, vítores largos, interminables... ¡Viva la hija de Catelio...!

¡Viva esa pura doncella...!

¡Viva la Angélica española...!

¡Viva la hija de Casia...!

¡Viva la rosa de Jericó...!

¡Viva la iluminada del cielo...!

Desde la ermita de San Gil marcha la procesión a la iglesia del Cristo; desde aquí, a "la chopera", y desde "la chopera" vuelve, otra vez, a San Gil. El galopeo ha seguido el mismo itinerario de siempre, el de toda la vida. En las bocacalles se agolpan los juanistas, no tanto por presenciar la fiesta como por acordonar el trayecto y tener la seguridad de que no se salen de su "jurisdicción".

Rodolfo Llopis en 1963. / Wikipedia

Llegan, por último, a la plazoleta de San Gil, y llegan después de haber corrido durante cuatro horas por aquellas calles enlodadas, sufriendo, a ratos, la lluvia, bailando siempre y roncos de tanto gritar... La Santa va a entrar en la ermita; las campanas han comenzado a repicar; la banda de música se dispone a tocar la Marcha Real...

¡Entrar a la Santa ! La muchedumbre, ebria de fanático entusiasmo, bailando desesperadamente, se apelotona delante de la puerta y obliga a que Santa Quiteria dé una nueva vuelta por la plazoleta... Y cuando parece que ya va a entrar, otra vez aquella ola humana la separa de la puerta y hace que repita el paseo...

Y así una vez, y otra, y otra..., hasta que, ¡por fin!, comienza la Marcha Real, que resulta interminable. Porque ya, desde ese momento, la imagen no puede retroceder; pero puede no avanzar. Y así sucede. La muchedumbre tapona la puerta; le arrojan palomas que, asustadas, van a acurrucarse junto a la Santa; la inundan con anises; las mujeres lloran; todos galopean, frenéticamente, como en una zarabanda infernal...

La imagen entró en la ermita. Cuando creímos que ya no quedaría nadie en el santuario, entramos nosotros. Allí estaban unos viejos, con sus pequeños, tocando las castañuelas y cantando "loas" quejumbrosas a Santa Quiteria. Eran los últimos... ¡Como el año pasado!

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