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PP furtivo, PP romántico

Hay muchos PP dentro del PP. Ese siempre ha sido uno de los ingredientes de su éxito, saber amar y odiar al mismo tiempo las mismas cosas en función de lo que exijan las circunstancias y mantener a todos dentro de las siglas. Hay un PP furtivo y un PP que se enorgullece de sí mismo. Un PP que actúa y otro que se anuncia. Desde luego alguien puede decirnos que las contradicciones entre el discurso y la acción no están vedadas a ningún partido político; pero el PP ha demostrado saber gestionarlas con habilidad superior.

Hay un PP, el de la Gürtel o los papeles de Bárcenas, tan dentro del PP y a la vez despegado de él, que sus dirigentes no han sabido jamás nada de lo que se dirigía. Un PP tan silencioso que ni siquiera se habla a sí mismo.

Hay un PP de amores prohibidos, tan arrastrado por sus pasiones que no logra olvidarlas del todo por muchos años que pasen, y se entrega a ellas en secreto, comprándoles regalos en las mejores joyerías, que paga en efectivo para que nadie se entere. Es el PP que hace y encuentra después justificaciones de lo más extravagante. El que no se atreve a derogar la ley de Memoria Histórica, pero explica orgulloso que no le destina ni un euro; el que nunca exige a los Franco que cumplan con las visitas al Pazo de Meirás que marca la ley, pero a la vez se escuda en la defensa del derecho (a la propiedad privada, claro) para negar cualquier debate sobre su legitimidad.

Este amor del PP al pasado, que dice respetar derechos pero no la ley, sirve para recuperar el concepto de romanticismo del pasado; pues el escenario entero parece lúgubre y melancólico. Y aquellos que dentro de otro PP están lejanos a todo esto, que habeloshailos, se encuentran a la sombra de una sombra que no les pertenece, de la que cada vez es más difícil apartarse.

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