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Zona Press

Voy a hablar de los árbitros

Los que me conocéis y los que me seguís, aquí y en las redes, sabéis que no me gusta hablar de los árbitros. Siempre pienso que los colegiados realizan su trabajo lo mejor que saben, sin intención de influir en los resultados, aunque, evidentemente, no siempre me gusta el trabajo que realizan. En un encuentro de baloncesto, los jugadores deben ser los protagonistas, quedando para los árbitros la desagradecida labor de ser jueces imparciales de lo que sucede en ambos lados de la cancha. Es una labor difícil, así lo reconocemos la mayoría, en la que es habitual equivocarse, y creo que el desacierto no debe echárseles nunca en cara. Lo mejor que se puede decir de un árbitro, después de cuarenta minutos de juego, es que ha pasado inadvertido.

Desgraciadamente, no podemos decir que los colegiados encargados de pitar los partidos del pasado fin de semana en Riazor, correspondientes a la eliminatoria de cuartos de final por el ascenso a la Liga ACB, hayan pasado desapercibidos.

En la cita del viernes, resuelta a favor del Leyma Coruña después de un tiempo extra, los árbitros, Esperanza Mendoza y Alberto Baena, señalaron un total de 57 faltas personales. Se lanzaron 60 tiros libres. Creo que a nadie se les escapó este dato: el base visitante, Dani Rodríguez, visitó la línea de personal hasta en 18 ocasiones después de forzar 15 faltas personales (más de una de cada cuatro faltas señaladas en el choque tuvieron al base catalán como “víctima”), circunstancias ambas (las faltas recibidas y el número de tiros libres) poco frecuentes en una cancha de baloncesto.

Parecía complicado superar el registro de faltas señaladas y tiros libres lanzados el viernes pero, en el día de ayer, Germán Morales y Alfonso Olivares se dieron un empacho de silbidos. En un partido que para nada fue brusco y que transitó en todo momento dentro de los cauces de la deportividad, los de negro señalaron 58 faltas, una cada 41 segundos de juego.

En el último cuarto, el concierto de chiflos alcanzó su culmen. Los árbitros indicaron 20 infracciones, una cada 30 segundos, castigando cualquier leve contacto y haciendo lo propio con los nervios y la retina del espectador, agotado de tanto parón, no en vano los jugadores visitaron la línea situada a 4 metros y 60 centímetros del aro hasta en 69 ocasiones. Ninguno de los dos entrenadores acabó satisfecho con la labor de los colegiados.

Algunos justifican la sinfonía de silbato de ayer en que, en una serie de playoffs, los árbitros han de tener controlado el partido, no pueden permitir que el encuentro se les vaya de las manos, si bien, pitando faltas sin ton ni son y permitiendo las protestas continuas y, a veces, airadas de algunos jugadores y entrenadores, lo único que siembran es el desconcierto.

Mañana martes se decidirá la serie. El vencedor del encuentro que se celebrará en Villamuriel del Cerrato (Palencia) disputará las semifinales contra el ya clasificado Unión Financiera Baloncesto Oviedo, mientras el perdedor dará término a su temporada. Vista la igualdad de los precedentes, las declaraciones de los protagonistas y todo lo que está en juego, todo parece indicar que el choque estará cargado de tensión. Esperemos que los colegiados encargados de dirigir la contienda no les roben el protagonismo a los Rodríguez, Monaghan, Blanch, Olmos y compañía, verdaderas figuras de la serie. Sería una gran noticia para el baloncesto.

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