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Forzudos y gigantes: el Sansón de Zafra de Záncara y el Hércules de Minglanilla

Dos personajes de Cuenca que vivieron en el siglo XIX y que pasaron a la posteridad por su fuerza, el primero, y el segundo también por su estatura

Gigantes y cabezudos por el puente de San Pablo de Cuenca. /

Esta semana en ‘Páginas de mi Desván’ José Vicente Ávila nos presenta a dos curiosos personajes conquenses que fueron leyenda: el Sansón de Zafra de Záncara y el Hércules de Minglanilla.

'Páginas de mi desván' eh Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

El Sansón de Zafra

El cronista Muñoz y Soliva en su Historia de Cuenca se refiere al Sansón de Zafra, un personaje que se remonta al siglo XIX. “Por el año de 1828 llamó mucho la atención de esta ciudad de Cuenca el Sansón de Zafra. Era un joven como de 22 años, de unos cinco pies de estatura, algo fornido y de aspecto agreste y selvático. Nada indicaba en él las prodigiosas fuerzas de que estaba dotado. En la Carretería, delante de un numeroso concurso, arrastró un carromato, cargado de melones, tirando de una soga que se ató a los genitales”.

Zafra de Záncara. / turismodecastillalamancha.es

“En el puerto de Canales”, recoge Muñoz y Soliva, “le vi arrastrar del mismo modo a tres hombres tendidos a la larga en el suelo, por largo espacio. Quebraba los guijarros a puñetazos y lo que me causó tal miedo que no pude menos de cerrar los ojos y temblar por él, fue verle andar y correr todo el borde del puente de San Pablo por la parte que da frente al molino de San Martín. Al legar sobre el río, se inclinó hacia él y llamó a unas mujeres que estaban lavando y que, creyendo que se iba a precipitar, prorrumpieron en alaridos. De allí siguió hasta el extremo del puente del ante atrio del exconvento. Sabedor de este caso el señor corregidor, Basilio Manrique, le amenazó con multa y prisión, si volvía a recorrer el borde del puente. También se tendía boca arriba en el suelo, le colocaban una gran piedra en el pecho y servía de yunque hasta que la hacían trozos con machos y almádenas. Pasó a Madrid y se dijo que detuvo el coche del rey y que dejó asombrados, levantando pesos enormes, a los más robustos gallegos. Desde la corte de España se trasladó a la de Francia y dejó admirados a los franceses de sus fuerzas pasmosas y de la resistencia de su escroto y de sus cordones espermáticos.

“Por 1836”, concluye Muñoz y Soliva, “le vi otra vez en esta ciudad y estaba demacrado y arrojaba una baba asquerosa. Se dijo que en Francia, sus vencidos competidores le dieron veneno en el vino, al que era muy aficionado”.

El Sansón de Zafra en los periódicos

José Vicente Ávila ha tenido la fortuna de encontrar algún testimonio sobre este personaje, e incluso su apellido, que además también es bíblico: Adán. En “La Lira de Tormes” de abril de 1842, periódico que se publicaba en Salamanca, se refiere lo siguiente: “El día 15 del corriente se presentó en la Plaza Mayor de esta capital Gregorio Adán, natural de Zafra, provincia de Cuenca, llamado el segundo Sansón por sus prodigiosas fuerzas, seguido de una gran concurrencia. Ya le habíamos visto poner de corte una navaja sobre su pecho desnudo y romper encima de ella algunos guijarros con sus puños, quedando sin lesión alguna; y sabemos de positivo que antes de llegar a Salamanca había llevado atados a las piernas enormes pesos. Pero este día trataba nada menos que arrastrar por toda la plaza una galera, en la cual se pusieron tantos hombres, que calculamos su peso de 300 a 400 arrobas”.

El Hércules de Minglanilla

El Hércules de Minglanilla fue Benito Martínez, “don Benitón”, conocido también como el “Hércules conquense”, según la escritora María Luisa Vallejo:

Archivo José Vicente Ávila

“En una pobre casa de jornaleros de Minglanilla nació este titán, que al tener ya desde chico una talla gigantesca y recia musculatura, le mandaron a realizar tareas en el campo y en las cercanas salinas, en lugar de ir a la escuela, dado que sus padres eran muy pobres. Dada su musculatura y poderío, nadie se metía con él cuando ya era buen mozo, pero en una ocasión trabajando en las salinas de Minglanilla empezaron a cuestionar su fuerza y como no quería enfrentamientos les dijo a los mozos que estaban con él que le echasen costales de sal sobre sus hombros y los de sus competidores, a ver quién aguantaba más. Colocaron sobre sus espaldas hasta cuarenta y dos arrobas de sal, o sea, 483 kilos”, aclaraba la escritora. “Subió un escalón con la pesada carga y se comió una libra de pan ante el asombro de los asistentes”.

“Dicen que cuando tenía 18 años su corpulencia era proporcionada a su estatura de verdadero gigante. Comentaban que era similar al Moisés de Miguel Angel, que mide 2,35 metros. En Minglanilla no se le tenía miedo a Benitón porque según cuentan era tan grande como tan buenazo. Cuando le tocó marcharse al Ejército su coronel le nombró cabo de gastadores y visto su comportamiento le hizo doblar la ración de comida al comprobar que aquel gigantón no podría vivir con la ración ordinaria de soldado. Cuentan que en la guerra de la Independencia la primera ver que su batallón entró en combate su pelotón fue arrollado por el superior número de soldados franceses, cayendo herido su coronel. Don Benitón, que se hallaba más alejado, corrió a socorrer a sus compañeros y al coronel, derribando enemigos a mamporrazos con el fusil consiguiendo que no fuesen apresados, y huyendo de los franceses. Benitón fue nombrado cabo, y en otra ocasión, sitiada Tarragona, el general español dispuso que esa misma noche se tomase el Fuerte del Olivo y todas las fuerzas de granaderos salieron con sus respectivas compañías. El cabo Benitón fue uno de los primeros en asaltar el fuerte y ante la fuerza del soldado de Minglanilla los franceses huían despavoridos, pues ya conocían al gigante conquense. Dada su heroicidad y eficacia fue nombrado sargento segundo. En esos años de guerra con los franceses, Benitón recibió once balazos y heridas de las que se fue recuperando, siendo ascendido a capitán. Terminada la guerra, Benitón pasó a la guarnición de Melilla, donde se aburría ante la falta de actividad. En uno de sus paseos, con otro compañero, se fue alejando de la ciudad melillense, sufriendo una emboscada. Don Benitón quería pelear ante los cuarenta moros que les rodeaban con sus espingardas, pero su compañero le comentó que mejor era entregarse. Hechos prisioneros fueron trasladados a un poblado. Y así estuvo haciendo el trabajo durante cierto tiempo, hasta que una noche de gran tormenta y relámpagos, estando en la cuadra donde dormía junto a los bueyes, se presentó la ocasión de poder huir, pues el fragor de los truenos y relámpagos eran como un milagro. Entró el guardián a ver cómo estaba Benitón y éste con sus enormes manos le ahogó y tras coger las llaves de la cuadra-presidio huyó campo a través entre la lluvia y el viento huracanado, llegando hasta las líneas españolas medio muerto. El oficial que le acompañaba también fue rescatado en una rápida acción de los soldados españoles. Cumplidos cinco años como soldado, Benitón volvió a la Península y su primera parada fue Murcia donde vio a un cochero en carrera desenfrenada con sus caballos desbocados y agarrándose a una de las ruedas logró que los caballos finalmente quedasen parados. Eran muchas las hazañas que se contaban sobre Benitón, que además era campeón de la barra castellana y los bolos. En el año 1825 el forzudo minglanillero volvió a su pueblo, donde vivió con su mujer e hijos, y los domingos se ponía su traje militar con sus condecoraciones para ir a misa y dar gracias por todo lo que había conseguido. En su pueblo, unos mozos le retaron para ver si seguía con fuerza, y aunque él no era partidario de entrar en liza les propuso ir a la plaza con todos los vecinos delante. ‘Atadme una soga a cada muñeca y tiráis de ella, poniendo yo los brazos en cruz, con un vaso de vino en cada mano a ver si evitáis que me los beba’. Entre cuatro mozos tirando de las sogas, dos en cada mano, no pudieron evitar que Benitón se bebiese los dos vasos de tinto y tirase a los mozos en la arena de la plaza, ante el jolgorio general”.

“Estando en Minglanilla llegó una partida del cabecilla Sampere”, según relata la Vallejo, “y al entrar en una posada intentaron arrestar a vecinos minglanilleros, obstruyendo la puerta que no tenía cerrojo el propio Benitón con su fuerza. Los soldados hicieron cinco disparos con los trabucos y se encontraron a Benitón en el suelo, comprendiendo entonces que él solo los había tenido en jaque. Lo curaron, le quedó una paga de seis reales, pero una de las heridas le dio gangrena que originó su fallecimiento en 1848. Toda Minglanilla despidió a su Hércules, tan fuerte como bonachón”.

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