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Leer entre líneas, hablar entre rejas

Una mañana charlando de libros en la cárcel de Zuera

Miguel Mena, charlando sobre su novela "Alcohol de Quemar" en la cárcel de Zuera /

Es la cuarta vez que ingreso en una cárcel, siempre para hablar de libros, pero la primera en que el título elegido por los educadores, Alcohol de quemar, recrea de forma novelada un suceso real con cuatro muertos y dos jóvenes condenados por homicidio. Un libro que reflexiona sobre la violencia y la venganza, sobre juicios, condenas y cumplimientos penales, algo que conocen bien todos los que están allí dentro.

La cárcel de Zuera es invisible desde la autovía. Se edificó para absorber las antiguas cárceles de Zaragoza y Huesca y en ese sentido no pudo hacerse de forma más salomónica: sus muros se levantan abarcando terrenos de las dos provincias, en una finca rodeada por campos de labor, a más de diez kilómetros del pueblo que le da nombre.

Cuando pasas todos los controles de entrada, escuchando las puertas que se cierran detrás de ti, accedes a un gran espacio abierto presidido por la torre de control y rodeado por lo que parecen naves de un polígono industrial. Son los módulos donde se encuentran las celdas. Al césped le falta un riego, pero todo alrededor está limpísimo. Es un entorno aséptico. Lo que más llama la atención es el silencio.

Detrás de la torre se halla el edificio central, con el salón de actos, la biblioteca y las aulas de formación; en una de ellas me aguarda una treintena de reclusos, de los cuales solo tres son mujeres. Cursan estudios de ESPA (Educación Secundaria para Personas Adultas) o de Preparación para el Acceso a Grado Medio. La lectura de Alcohol de quemar ha formado de las clases de Lengua y el coloquio es la parte final del trabajo que deben hacer en torno al libro.

La mayoría son muy jóvenes y hablan poco. Los más participativos son los mayores, un grupo que debe de estar entre los 45 y 50 años. Tengo la sensación de que allí dentro hay jerarquías. Las primeras preguntas proceden de ese grupo, uno de cuyos integrantes me comenta que coincidió en la cárcel de Daroca con los protagonistas reales del suceso que inspiró la novela. Eso quiere decir que hace veinticinco años ya estaba en la cárcel, aunque deduzco, por lo que me han comentado los educadores, que se trata de un preso que habrá entrado y salido muchas veces. Me dicen que es un perfil bastante frecuente, el de personas que se han acostumbrado a que su vida sea ese ir y venir de la calle al talego. Son más de los que imaginamos.

 El más activo a la hora de preguntar es un hombre marroquí, de unos cuarenta años, de aspecto pacífico, peinado convencional, cuidadosamente vestido y sin tatuajes. Digamos que su imagen no es la que predomina ahí dentro. Lleva muchas notas apuntadas sobre la novela y me interroga sobre aspectos que en parte son literarios y en parte son filosóficos. Por ejemplo, ha creído ver un matiz religioso en los nombres de algunos personajes, cosa que jamás se me pasó por la cabeza cuando los creé. Otro recluso ha creído ver un homenaje a Elvis Presley en un topónimo empleado en la novela, Aaronville (Presley se llamaba Elvis Aaron), cuando yo ni siquiera me había percatado de ese detalle.

Fuera de esas curiosidades, la mayoría de las preguntas son para conocer cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en la novela y para reflexionar sobre la Justicia. Varios dicen que hay una justicia para ricos y otra para pobres. Es obvio que todos ellos están en el segundo vagón. También sale a relucir la corrupción política, la sentencia a un Urdangarín que aún sigue libre, algo que ninguno entiende a la luz de sus experiencias, y lo que puede cambiar una pena en función del abogado que lleve el caso.

 Nadie explica abiertamente qué delito le ha llevado allí, pero algunos comentan datos de condenas que suelen ser las habituales por robo o tráfico de estupefacientes. Las comparan con los casos más famosos que ahora ven en los telediarios. Ya se sabe quién sale perdiendo.

Hay varios chicos de aspecto latinoamericano que apenas hablan. Dos de los más veteranos me dicen que son de Zaragoza, otro de mi edad comenta que es de Granada y uno más con acento sureño me aclara que es de Badajoz. Este último, al despedirnos, me cuenta que ingresó en prisión en 1983, que aún era un chaval. Me impresiona porque es justo el año en que yo entré en la radio. Le digo que son muchos años, aunque sea entrando y saliendo. Se encoge de hombros y con tono triste dice: “Las drogas”.

Un chico muy joven, con aspecto de deportista, me comenta que es de Monegros. Le pregunto de qué pueblo.

-Lanaja.

-En Lanaja, el que no sube, baja.

-Eso es.

Nos reímos, pero por dentro me pregunto qué ha podido llevarle allí. Además me han comentado los educadores que entre los mil quinientos hay muy pocos aragoneses. La proporción es mínima comparada con quienes proceden de otras comunidades y otros países. Somos una comunidad tranquila en cuanto a índices de delincuencia, sin embargo tenemos dos grandes prisiones, las de Daroca y Zuera, y otra más pequeña en Teruel.

Recuerdo algunos presos famosos que han pasado por Aragón: el líder de ETA Francisco Múgica Garmendia, alias Pakito, que sigue en Zuera, donde me dicen que va a clases de inglés; el narcotraficante gallego Laureano Oubiña, con quien coincidí hace años en otro coloquio y me dijo “yo podría contarle algunas cosas sobre corrupción policial”, o el mismísimo Jordi Pujol, que estuvo preso en Torrero por su oposición al franquismo y ahora, casi sesenta años después, debe de recordar aquellos barrotes cada vez que salta una nueva noticia sobre los turbios negocios de su clan familiar. 

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