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Etapa 1: Amiens (Francia)

De culpables, buenos propósitos, dolor de posaderas y presuntas tiendas de campaña

Belascoáin, 6 de junio. Día D, hora H: 7:00 a.m. /

EL CULPABLE

No he dormido nada, todavía es casi de noche. Me da pena dejar a mis gatas solas tanto tiempo. ¿No me habré metido en un fregado demasiado grande? Por primera vez en muchísimo tiempo no me tomo un café para empezar el día, llevo los nervios puestos. Me visto con los refajos obligatorios. Recojo por toda la casa los bultos que me quedaban por llevar al garaje. De repente la moto -de por si enorme y pesada- se me hace minúscula en comparación con la catarata de kilómetros y de fronteras que queda por delante. Mi subconsciente ladino inventa excusas para hipotéticos fracasos: Me dio un tirón en la pierna, fue demasiado para la espalda, los rusos no me dejaron pasar… La certidumbre de que todo es inútil, de que ya estoy en marcha, de que el tren ha arrancado, me lleva entonces a centrarme en lo que tengo por delante: La colocación de las bolsas, la configuración del gps, el último repaso a las cientos de listas de prescindibles cosas imprescindibles. Pero antes de ponerme a ello, como en un ramalazo de rebeldía, busco un culpable para tranquilizar mis miedos. Y lo encuentro: Si mi hermano no estuviera dispuesto a cuidar durante mes y medio de mis bichas, nada de este plan habría continuado. Ni me habría planteado irme. Yo estaría en la cama. Y mi vida sería distinta. Y mis nervios no estarían a punto de terminar conmigo. Culpable.

No queda ná / Ramón Huarte

ENSAYO GENERAL

Los más de mil kilómetros hasta Amiens podrían parecer una etapa meramente de traslado, a pesar de que es, sobre el papel, la más larga de todas las del viaje. Es una ruta que conozco, un país que conozco, un idioma que conozco, por cómodas vías rápidas, sin mayores problemas a priori, más allá de la constante lluvia. Sin embargo, me la tomo muy en serio porque supone la “puesta en marcha” de todos los mecanismos. Lo que en Fórmula1 sería una “vuelta de instalación”. He de vigilar que todo el equipaje vaya bien colocado, sin movimientos. He de testear mi comodidad con el paso de las horas. He de fijar en mi cabeza ciertos protocolos. Entre ellos el de acelerar suave y frenar con tiempo, para conservar los neumáticos. Si no quiero tener que cambiar de gomas en plena Rusia (Lo que ahora mismo se me hace un mundo de dificultades, tovarich), me tienen que aguantar unos 14.000 kilómetros. Si me aguantaran 17.000, hasta Creta, donde pienso parar unos días, ya sería la repanocha, me ahorraría una posible noche en Dios sabe qué lugar de Estonia o de Polonia esperando a que me trajeran unos neumáticos de mis medidas. A favor de la duración, que mi estilo de conducción es suave y tienden a durarme las ruedas. En contra, mis 90 kilos de peso más equipaje. Y quizás el estado de las carreteras rusas o noruegas. Veremos.

También debo disciplinarme a la hora de parar a repostar, y en esta primera etapa empiezo a aplicarme. Aunque normalmente puedo andar 350 kilómetros antes de empezar a preocuparme, me obligo a echar gasolina cada 300. Una precaución para cuando no sean tan abundantes las gasolineras en el camino.

RENUNCIAS

Quien diga que la moto no tiene mucho de postureo, miente. De práctica no tiene nada al lado del coche, dónde va a parar, salvo para el tráfico de la ciudad, y desde luego la mía no es para eso. Hay variados factores por los que uno tiene moto, pero hay que reconocer que uno de ellos es que mola. Mi imagen de ir en moto no tiene nada que ver con su utilidad, sino con vaqueros, botas militares y cazadora de cuero. Por eso me ha costado mucho plegarme al obligado pragmatismo de un viaje como el que empiezo, y llevar puesto el “traje” de moto. Sí, es una pasada, tres capas de tejido técnico, protección térmica, impermeable, bolsillos para todas las funciones que se quieran imaginar… pero me siento un astronauta y me parece feo. Y hace gordo. Sin embargo, a un burgués urbanita como yo las terribles palabras “Ártico”, “Urales” y “Rusia” le convierten en un ser muy dispuesto a plegarse incluso al más insignificante condicionamiento práctico. En lo que sí que no he cedido es en lo del cojín de gel. Vale, que sí, que los kilómetros se acumulan y el culo empieza a doler, y hay que hacer malabarismos encima de la moto para relajar un cachete y luego otro. Pero me niego a llevar el por otra parte practiquísimo cojín de gel encima del sillín, por más que digan de él maravillas los gurús de los viajes en moto. Mira, si hay que llevarlo, si es obligatorio, no me merece la pena ir en moto. Ahí lo dejo. Sufriré.

¿QUIÉN DIJO QUE LA AVENTURA NO HABÍA COMENZADO?

El viaje hasta Amiens transcurre con tanta tranquilidad y tan rápido, entretenido con el chequeo de todos los parámetros chequeables, con la emoción de los primeros repostajes “en guiri”, con la obligada parada en la catedral de Amiens, con la satisfacción de comprobar durante mil kilómetros que las capas impermeables soportan una continua lluvia pestosa, y con el entusiasmo con el que me sumerjo en el infernal tráfico del cinturón de París, que no me doy cuenta de que he empezado una aventura hasta que el GPS me lleva con exactitud al “Camping Du Chateau”, y he de empezar a montar la tienda de campaña. Hasta hace un par de meses “tienda de campaña” era para mi una bizarra expresión que había leído en alguno de los libros sobre la Segunda Guerra Mundial que monopolizan mis estanterías. Cierto es que en una reciente barbacoa en casa de mis amigos Pablo y Paloma logré montar (sorprendido por la facilidad con que lo hice) la diminuta tienda que compré por internet, y dormí dentro de ella. Pero habrá que reconocer que después de una barbacoa en casa de Pablo y Paloma uno es capaz de montar a mano un motor rotativo Wankel, dormir dentro de una lavadora, y al día siguiente ni acordarse de qué ha hecho. Y eso me ha pasado. Con un ojo en el precario equilibrio de la moto sobre el césped, con la lluvia formando un acogedor barrillo, con docenas de artilugios pugnando después de mil kilómetros por salir de las bolsas, pensando en dónde puedo pillar algo para cenar… casi rasgo la tela con la varilla tensora, he doblado dos clavijas, y la apariencia del montaje de la tienda queda bastante desalentadora. Lo que en todo caso me vale (La moral de la tropa todavía es alta) para certificar satisfecho que… la aventura ha comenzado. Eso sí, la comparación del porte de mi tienda con lo que veo en las parcelas de al lado es tal que solo el cansancio, después de no haber dormido casi la noche anterior, me impide volver a la recepción para alquilar un cómodo y sólido bungalow.

El viento se va a llevar a uno de los tres, y lo sabemos / Ramón Huarte

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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