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Etapa 2: Kiel (Alemania)

Misión frustrada en el "Mesón" del Báltico, la tempestad, el optimista Doenitz y el primer fiordo

Cuánto balonmano en un solo cartel. Recuerdos bajo el diluvio de un Portland campeón /

MARKET GARDEN

Las expediciones africanas con mi paisano y aventurero de pro Telmo Aldaz, que tuvo a bien enrolarme en su proyecto “Rumbo al Sur” durante unos cuantos años, me proporcionaron varias enseñanzas. Y una de ellas fue que a mí las esterillas acolchadas me sobran. Quizás sea mi única cualidad como aventurero, pero puedo decir con orgullo que soy capaz de dormir sobre las piedras del Atlas con la misma facilidad que sobre el colchón de mi casa. ¿Estoicismo, dureza, resistencia? Yo diría que vagancia. El caso es que si el pedregoso suelo del Atlas no fue óbice para dormir a pierna suelta, mucho menos lo van a ser los cercanos suelos europeos, después de mi firme decisión de esta mañana de no tener que volver a pelearme nunca más con la colchoneta para sacarle el aire que se empeña en seguir conteniendo cuando intento devolverla a la bolsa de viaje. Se acabó, conmigo no se juega.

Seguimos parriba / Ramón Huarte

Me merezco sin duda el croissant y el café soluble que me tomo una vez duchado, recogido todo y colocado en la moto, y una vez decidido que para qué voy a empezar a lavar, que la ropa que llevaba el día anterior bien puede aguantar otra jornada puesta.

Mientras desayuno, estudio en el smartphone (Es mi GPS de viaje) el recorrido hasta Kiel. En lugar del trayecto más corto, escojo uno que además de Bélgica atraviesa Países Bajos. Por unos kilómetros más, me gano la medalla de haber cruzado otro país. Una vez en ruta, además, al cruzar Eindhoven, me he imaginado por un momento como un miembro de la 101 Aerotransportada, siendo recibido con besos y rosas por las holandesas liberadas de los nazis.

Siempre me han gustado los titos electrónicos, normalmente me he llevado con ellos mejor que con las personas. En este viaje me acompañan constantemente. En el smartphone se aúnan desde el GPS, la cámara de fotos, la guía de campings, el servicio de reserva para los hoteles… hasta la linterna, pasando desde luego por algo que supongo me será imprescindible: El traductor de Google. Además, el ordenador de a bordo de la moto me proporciona la información imprescindible y también la que es prescindible pero mantiene mi cabeza despierta calculando medias, consumos, paradas… Añadamos al smartphone la cámara especial que llevo sujeta -bien al soporte del casco bien al de la maleta- y cuyas grabaciones utilizaré para editar los videos de resumen. Además de la cámara “handycam”, con la que de vez en cuando grabaré videos que añadir a las entradas del cuaderno de viaje.

Y en la reserva –pensaba yo-, a la espera de ser recibidos con alegría cuando el frío noruego empezara a apretar, los calefactores de asiento y de los puños. En realidad he tenido que usarlos ya hoy en vistas del temporal en el que me he visto inmerso. Ya, la aventura no es lo que era. Pero no voy a renunciar ni loco a encenderlos. ¿Renunció el Dr. Livingstone a las armas de fuego, acaso no probó Scott los trineos propulsados por motores de explosión?

VIDEO: Túneles bajo ríos. El Escalda (Holanda) y el Elba (Alemania)

Todos esos titos electrónicos (Y la ropa, y las herramientas…) descansan ahora extendidos en el suelo de la habitación para secarse. Han terminado casi tan vapuleados como yo después de 900 kilómetros de atascos, retenciones y obras, 600 de ellos bajo el diluvio y azotados por el viento. Y he dicho bien, descansan sobre el suelo. De la HABITACIÓN. Porque visto cómo está el tema y el vendaval que hay desatado, he pasado del camping y me he buscado un hotel. Que no me ha salido barato pero que es dinero bien pagado.

KIEL, GUARIDA DE LOS LOBOS

El submarino y el torpedo / Ramón Huarte

Kiel, a orillas del mar Báltico, al norte de Alemania, me suena a balonmano, a esa época gloriosa del Portland San Antonio. Pero también me suena a submarinos. Hasta que los alemanes tuvieron a su disposición los puertos atlánticos de Francia, los U-Boot, los submarinos que sembraron el terror en los convoyes aliados en la Segunda Guerra Mundial, salían de misión desde aquí. Mi hotel –no es casual- está justo al lado del museo de los U-Boot, señalado por la presencia, izado sobre soportes, al lado de la playa, de un Tipo VII, el más conocido, el más usado en el conflicto. Su apariencia como de lata de conserva –gastada pero acertadísima comparación-, su fragilidad comparado con los barcos que surcan a la vista el fiordo de Kiel, dan una idea del optimismo que el Gran Admirante Doenitz derrochó cuando intentaba convencer a Hitler de que podían ganar la guerra construyendo más de estos submarinos. Si no me equivoco, el mayor índice de muertes entre las distintas unidades de mar, tierra y aire en ambos bandos, se dio en las tripulaciones de los submarinos alemanes. Viendo este U-995, relativamente imponente, relativamente frágil, no extraña.

KIEL, EL CHIRINGUITO

Tras dejar las cosas en el hotel, busco un garito que debe estar a tan solo un centenar de metros, y que localicé antes de salir. Se llama “El Mesón Playa”. Así, tal cual, en castellano. Imaginando una tasca levantada por algún emigrante en los años 60, y con una heróica misión que llevar a cabo, me he encaminado con paso firme hacia el local. Las pintas ya me han descolocado. Se trata de un edificio frente a la playa, con amplias terrazas en su exterior con vistas al fiordo (Sí, mi primer fiordo no ha sido noruego, qué traspiés) y mesas con una especie de Buffet en el interior. Un interior sin las barricas, maderas, cartas de mus y mesas de pino que había imaginado. El cristal y las superficies brillantes predominan.

Me planto delante y observo, en mi mano, una botella de Rosado de Navarra. La había traído confiando en entregarla, en emocionante acto, al hijo de inmigrantes, que la abriría ceremonioso cortando la cápsula con su navaja albaceteña. Después brindaríamos, a la luz del candelabro, con los abuelos que temblorosos empezarían a entonar canciones de sus pueblos de origen en la península.

Otra vez será, porque el Mesón está cerrado. Seguramente desde hace tiempo. O todavía no ha empezado la temporada. La botella seguirá en mi equipaje buscando un exótico lugar en el que demostrar las bondades patrias. Frustrado por el error de cálculo, decido vengarme con crueldad tomándome en la terraza del hotel una cerveza holandesa, no alemana. Enciendo el ordenador y mientras ceno empiezo a escribir esta entrada en el cuaderno de viaje. El aire es frío y el atardecer en el fiordo es brumoso y gris, con los barcos que cruzan, lejos, el agua sucia del reflejo de los nubarrones. Sin embargo, una sonrisa se me dibuja en la cara: Esta noche no lucharé con la tienda de campaña- Y mañana tampoco, porque me quedo aquí una noche más, a la espera de que el tiempo mejore. Bitte, ein bier más!

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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