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Etapa 3: Gotemburgo (Suecia)

Tierra y mar, Conchita Martínez, un hotel vikingo y obra pública contra el agua

Puente de Oresund, el más largo para tráfico rodado y ferrocarril de Europa /

TIERRA Y MAR

Salgo de Kiel, ciudad que vive de cara al Báltico. De aquí a Cabo Norte, a través de los países escandinavos, me espera una permanente comunión entre Tierra y Mar, cosidos por las carreteras que –a veces contra natura- se empeñan en hacerles de frontera.

Al salir temprano paso, la moto cargada hasta arriba, por delante del Memorial que homenajea a todos los marinos muertos en conflictos bélicos (Aunque inicialmente fue erigido en honor a los muertos de la Marina Imperial Alemana en la Guerra del 14-18). Todavía, recién empezado mi viaje, no necesito estímulos épicos para mantener un ímpetu envidiable, pero no puedo resistirme a mirar con gesto de complicidad, en un tú a tú, a la espigada torre que alberga la memoria de tantos héroes. Mi idea de saludar marcialmente es abortada tan solo por la sospecha de que soy capaz de perder el equilibrio si empiezo a dejarme llevar por las tonterías que pienso. El miedo al ridículo es el escudo que nos protege a los torpes.

Memorial a los marinos muertos en acciones bélicas, y merluzo reflejado / Ramón Huarte

He aprovechado mi forzosa parada en Kiel para rearmarme: Admitiendo la candidez de mi idea de que la primavera del norte de Europa es apacible y florida, he comprado telas impermeables, forros térmicos, y unos panzer-guantes a prueba de holocausto ártico. Mi moral se encuentra plenamente robustecida, al igual que la caja registradora de “Louis Motoshop Kiel”, afortunada beneficiaria de mis tiritonas del martes.

Para llegar a Copenhague, estación intermedia hasta Goteburgo, donde hago noche, el camino más corto requiere subir a un ferry para cruzar por entre las numerosas islas que pueblan el Kattegat, el estrecho que separa la península de Jutlandia de la Península Escandinava. Escojo sin embargo un camino más largo, que me lleva hasta el norte para luego cruzar el Kattegat dirección Suecia –pasando por Copenhague- a través del impresionante dispositivo que comprende el larguísimo puente de tirantes de Oresund (uno de los más largos del mundo), una isla artificial y un túnel submarino. Un complejo digno de hacer unos kilómetros de más a pesar de los 20 eurazos que cuesta transitar por ahí. Es la primera muestra de que lo económico no es lo de menos en la “aventura” que me espera por los países nórdicos. La gasolina (Paro en Copenhague a repostar) está ya en 1,6 euros el litro. Y será más cara en Suecia y más todavía en Noruega.

VIDEO: Circule el amable lector por el puente de Oresund, sin pagar peaje como el canelo del autor

SUECIA

Al final del larguísimo puente de Oresund, Suecia. En concreto Malmo, una ciudad en la que viven muchos daneses de Copenhague, porque el precio de la vivienda es aquí más barato. Lo que Guadalajara a Madrid. Acogedora ciudad (Malmo) que me recibe con sol y 24 grados de vellón.

¡Precaución, alces! Momento estupendo. Pasada la lluvia... ¡Los alces! / Ramón Huarte

Y es que a ver, soy menos aventurero que el que le preguntaron por el monzón y dijo que estaba en Huesca y es el pueblo de Conchita Martínez. Y ya sé que el norte de Europa no es Torremolinos, pero es que hasta mitad de etapa de hoy las lluvias han caído con furia visigoda, lo del sudeste asiático es sirimiri a su lado, no son manías mías. Y mira, se agradece el solecito que he tenido un par de horas hoy.

Hoy también ha habido que refugiarse de la lluvia. Gasolinera danesa. / Ramón Huarte

La autopista circula hacia el norte ahora, cerca del mar, a través de pequeños cultivos, campos cercados y carteles con letras tachadas y con curiosos acentos, de esos que por primera vez vi leyendo “Asterix y los Normandos”.

UN HOTEL VIKINGO POCO VIKINGO

Goteborg (O Goteburgo, o Gotemburgo) es una ciudad partida en dos por una ría plagada de instalaciones portuarias. Desde que llegas a sus inmediaciones se observan las estructuras relacionadas, desde almacenes a parkings de camiones, o plataformas ferroviarias. En pleno centro de la ciudad, en la ría, frente a la Ópera, un gran velero de 4 palos (¿Una fragata?) está fondeado. Mi facilidad para los idiomas, mi capacidad de interpretar los signos y las lenguas,mi sagacidad y mi singular inteligencia me permiten traducir sin no pocas dificultades el letrero que luce el buque: “Hotel Barken Viking”. Pura intuición. Aquí voy a dormir hoy.

Es un capricho que desde que planeé el viaje decidí concederme. Me quedan por delante unos cuantos días de camping en entornos cuando menos “frescos”, de transitar por las inhóspitas tierras de Amundsen, de Nansen… Qué mejor que ambientarme en un camarote de madera, imaginando el trayecto hasta los confines australes o árticos, dejándome engañar por la mente, que me hace escuchar los ladridos de los perros esquimales en sus habitáculos de cubierta, que me permite entender los juramentos de los marinos, que me hace ver en las sentinas los esquíes, los encurtidos, las pieles que permitirán sobrevivir a los duros expedicionarios polares.

Mi barco-hotel, en el puerto de Goteborg. Preámbulo de sufrimientos campestres sin fin / Ramón Huarte

En mi precario inglés hago el checking. Inglés precario pero suficiente. Todavía no hay necesidad de usar el traductor de Google: Hasta Rusia no habrá nadie que no sepa inglés, que no pueda entender mis innobles balbuceos.

Me indican, eso sí, que no puedo dejar la moto aparcada en el muelle al lado del barco. Las normas permiten tenerla ahí solo unos minutos, para subir las maletas al camarote. Qué estrictos. En Nápoles también me aconsejaron una vez cambiar la moto de sitio, en Plaza Garibaldi, pero ahí fue porque si la dejaba, me la robarían en un visto y no visto. Aquí es por necesario cumplimiento de la norma. Dos mundos.

Dejo mi equipaje y conduzco la moto hasta un parking en torno al puerto. Vuelvo andando hacia el barco. Y me paro a pensar en su muy descriptivo nombre. Descriptivo pero extrañamente inexacto: ¿Hotel Barken Viking? ¿En qué se parece este barco a un barco vikingo, a un Drakkar? A ver si va a ser como lo que pasaba en España, que a los turistas se les decía que cualquier cosa era flamenco, cualquier arroz era paella, cualquier cosa era “typical spanish”.

Tomando un café en una de las muchas terrazas de esta turística zona, con las luces de Goteborg reflejándose en el agua, una temperatura perfecta y el aire húmedo pegando en la cara, enciendo el ordenador para confeccionar esta entrada del Cuaderno de Viaje. Y hago cuentas: Cuarta noche fuera de casa, he rodado por siete países. Sin embargo, mi sensación es que hasta ahora ha sido solo el necesario preámbulo. Hasta aquí ha sido turismo. O mero traslado, más bien. La aventura empieza en este momento. Escrito esto, entrecierro –soñador- los ojos, y miro muy serio al horizonte. Y me quedo tan ancho, ignorante de que mi tienda de campaña, sepultada en las bolsas de la moto, trama venganza después de tres noches de burgués abandono.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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