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Etapa 4: La carretera del Troll

El frontón noruego, nieve en junio, a los pies del Troll

La dignidad del montaje de la tienda con respecto a días anteriores no ofrece lugar a dudas. /

COMO EN FRONTÓN

Usando esa expresión tan gráfica de los pelotaris cuando están satisfechos de un partido, hoy “he gozado”. Al fin carreteras de verdad, no autopistas. Casi solo para mí, sin apenas tráfico. Montañas surcadas por cascadas que desaguan el deshielo. Ríos rabiosos de caudal, lagos, puentes. Nieve todavía sin fundir. Y, sobre todo, y a pesar de lo oscuro del cielo, de la humedad y de la baja temperatura… apenas me han llovido unas gotas. Visto lo visto en anteriores días, firmo para el futuro.

Enfilando el norte / Ramón Huarte

Pero antes de estos parajes, en Oslo, he disfrutado de uno de los platos fuertes que para mi gusto tiene este viaje: He estado en el mismísimo barco en el que Amundsen (ATENCIÓN SPOILER) llegó al Polo Sur.

ROAD MOVIE (DE ALTO PRESUPUESTO)

Suecia y Noruega están separados, como no podía ser de otra manera, por un amplio y largo fiordo, el Svinesund. La frontera, cómo no, se sitúa sobre un puente, en medio del curso de agua. Son varios los puentes que he cruzado ya y serán muchos los que cruce en Noruega, camino del lejano Norte. De hecho, este es un país que sabe que una de las maneras más bellas de visitarlo es por carretera. Y por eso trata con mimo todo lo relacionado con sus vías terrestres.

Típica iglesia noruega. El agua de deshielo cae en cascadas por las montañas todavía nevadas / Ramón Huarte

En primer lugar, en todo el alargado país no hay autopistas, más allá de las pocas que existen en la región del sur, que rodea a la capital, Oslo. No es una decisión técnica, sino social. Los noruegos no quieren que las grandes autopistas estropeen su maravilloso paisaje. Quieren carreteras pequeñas que se integren en la orografía o que, en el caso de saltársela (Puentes, túneles), constituyan en sí mismas motivo de visita.

Relacionado con esto, otros dos aspectos: La velocidad máxima, limitada a 80 kilómetros por hora en las carreteras, y las estratosféricas multas que ponen por saltarse los límites. No es para tomárselo en broma, en cuanto entras a Noruega empiezas a detectar infinidad de radares fijos (Eso sí, los señalan todos con letreros previos). Y la Policía aquí puede (Y a menudo lo hace) retirarte el carnet in situ y dejarte tirado o pendiente de juicio. Así que tras las autopistas francesas y alemanas, tocan unos días de ir despacito. Lo que –creo- voy a agradecer, si son ciertas las maravillas que espero ir viendo.

Por cierto, aunque uno sea riguroso como patriarca bíblico en la observancia de los límites, sale del país igualmente con banderillas: Las carreteras (Sí, las de 80), son de peaje. Durante el viaje, diversos arcos tienen instaladas cámaras que detectan tu matrícula, y en un par de meses recibiré en España “la cuenta”. Es la manera que tienen de costear los túneles y puentes que les exige lo accidentado de su relieve.

Peajes automáticos. Los hay a miles: Pasas por debajo y en unas semanas la receta a casa. Saben dónde vives. / Ramón Huarte

Por si todo esto fuera poco, al parar a repostar, y a pesar de la engañosa suma en Coronas Noruegas, me veo obligado a recordar que este es el segundo país del mundo con la gasolina más cara, según la tabla que miré antes de salir de casa: 1,9 euros el litro.

EL FRAM CONTRADICTORIO

No es este viaje alrededor de Europa un viaje de muchas paradas, pero a la hora de planificar no era negociable no visitar el Museo Fram de Oslo, así que todo estaba hoy planeado para pasar por la capital noruega a horas en que estuviera abierto.

Al timón (El de verdad) del Fram. Bajo mi severo pilotaje, hubiera llegado Amundsen al Peloponeso / Ramón Huarte

Fram significa en noruego “Adelante”, y es el nombre del barco con el que Roald Amunsen se dio el paseo hasta el Antártico que le valió ser, en dura competencia con el inglés Scott, el primer hombre en pisar el Polo Sur. Y al barco, varado en tierra y conservado como entonces, se puede entrar.

El Fram ya tenía historia para cuando protagonizó la famosa expedición, en 1910-1912. Lo mandó construir el mentor y maestro de Amundsen, Nansen. Y –paradojas- fue planeado para sortear las trampas del invierno en el Ártico, no en el Antártico. En particular, su casco debía resistir la presión de los hielos cerrándose sobre él en esas latitudes. Curiosamente, ese barco hecho para el Norte fue usado para la más famosa expedición al Sur. Pero es que la paradoja va más allá. Para engañar a su adversario, Amundsen simuló que partía hacia el Ártico, en 1910, en una especie de viaje de “entrenamiento”, cuando en realidad, a los pocos días viró para dirigirse al sur, engañando a todos, incluidos sus marineros, y tomando importante ventaja a su rival británico.

Amundsen y sus compañeros de expedición. Gracias a las piadosas enseñanzas de @torosup me veo con autoridad de figurar ahí, como experto lobo de mar / Ramón Huarte

Durante unos minutos me enfrasco, dentro del Fram, entre sus maderas, y con los ecos de los sonidos de hace más de un siglo, en el recuerdo de todo lo que he leído sobre esa aventura. La aventura del “Adelante”, el barco que no sabía, como los gallegos, si subía o bajaba.

VIDEO: VISITA AL FRAM. ADVERTENCIA A MATILDA Y BERNAL, MIS SOBRINICOS PREDILECTOS: OS TOMARÉ LA LECCIÓN AL VOLVER.

IVÁN EL TERRIBLE

En la explanada exterior del museo del Fram, se me acerca un curioso personaje con bufanda del Dukla de Praga al cuello. Sorprendentemente, se presenta como checo. Se llama Iván y me empieza a hablar de su viaje alrededor del mundo con un viejo Skoda. Ahora está el coche en Guayaquil, esperando el verano austral para retomar el viaje después de haber pasado por Vladivostok, Irán, Mongolia... Hablamos de viajes y de motos y coches, y me dice que cuando pase por Chequia su casa es mi casa. Se va, saludando efusivamente, y sin darme dirección alguna.

El viajero checo promociona su web / Ramón Huarte

EL MÉTODO PONSETI

Antes de iniciar la aventura, y en entrevista dentro del Hoy Por Hoy de Gemma Nierga, en la SER, se me preguntaba por los miedos que tenía antes de emprender viaje. Recuerdo que dije que antes me asaltaba el temor de no dar la talla, de que fuera demasiado para alguien como yo, que no está entrenado ni es un aventurero. Pero que en ese momento ya solo me preocupaba cómo secar la ropa que fuera lavando, dado que tampoco me quedaba tiempo suficiente en ningún sitio como para tenderla. Y en esas intervino José Antonio Ponseti, que sí que sabe de cosas de aventura, para darme el consejo de experto que yo necesitaba: Tenía que meter la ropa mojada en una bolsa de rejilla y colgarla de las maletas de la moto, para que le dé el aire.

Y, bueno, ayer ya tuve que lavar –en el lavabo del hotel y con champú, no os creáis- y la etapa de hoy he hecho la prueba de la bolsa. Y he de decir que salvo hipotético olor a tubo de escape que no note mi poco sensible nariz, ha sido un éxito. Casi, casi, ha salido hasta planchada.

LA OPCIÓN LIBRE

El camping donde duermo está justo al inicio de la llamada “Carretera del Troll”, cuyo punto más conocido es “La escalera del Troll”, espectacular pendiente que recorreré mañana. Una de las carreteras míticas del mundo. Esta zona deja atrás el sur, las autopistas, Oslo, y desde aquí se abren la parte oeste del país (con los fiordos y la quebrada costa), y la interminable vía hacia el lejano norte. En adelante, en las próximas etapas, mantendré un compromiso entre mantenerme cerca de la costa y los fiordos y las islas, e ir remontando hacia el noreste, hacia el extremo septentrional de Europa. Por cierto, atrás, en el camino de hoy, ha quedado Lillehammer, donde se celebraron los Juegos de Invierno en 1994.

Empieza ahora la Noruega de naturaleza salvaje e inhóspita, lo que en un entorno seguro como este, produce una importante tentación de aprovechar el permiso para hacer acampada libre que rige en este país. No deja de influir también en esa tentación, por cierto, el alto precio de los campings (De todo, en general). Hoy, sin embargo, decido ya a última hora dirigirme a uno de ellos, con sus duchas, su enchufe eléctrico y su posibilidad de comprar algo para cenar. Lo de pescar salmones a mano en remotas corrientes de montaña vendrá más adelante. A la vuelta a casa, cuando exagere mis aventuras, seguramente.

Para los que esperan con delirio mis desventuras con la tienda de campaña, diré que hoy he usado dos clavijas rectas que tenía de sobra (A quien no sabe montar las cosas siempre le sobran piezas), en sustitución de las que doblé en Amiens. Esta vez la ejecución técnica del montaje ha sido soberbia, medida, pulcra. Sin embargo, he de admitir que, habiendo dejado mientras iba a por el saco abierta la entrada, he dejado paso franco a una considerable nube de mosquitos de los que atestan la zona. Y supongo -ahora caigo- que el hecho de cerrar la puerta mosquitera de inmediato no habrá contribuído mas que a que me esperen dentro, cabreados. Errare humanum est.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

 

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