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Etapa 6: Islas Lofoten (Noruega)

La casa de Skywalker, el baño de oro, la barca de Lord Byron y el drakkar de pacotilla

Cruzando el Círculo Polar Ártico. Convención pura y dura. El frío está más arriba /

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EN EL ÁRTICO (PERO MENOS)

A dos pasos de Cabo Norte / Ramón Huarte

LA etapa de hoy no tiene mucha carretera, tan solo 400 kilómetros, pero incluye un traslado en ferry de tres horas hasta las islas Lofoten. Tras los primeros ochenta kilómetros de moto, y en medio de un desolado páramo que no tiene apariencia de albergar nada de interés, más que nieve superviviente y mucho frío… el Círculo Polar Ártico. En realidad es poco impresionante. Casi llama más la atención el anuncio de que cruzas el Meridiano de Greenwich cuando vas por autopista a Barcelona desde Pamplona. A la derecha de la carretera, una explanada de aparcamiento, y al lado una construcción en forma de cúpula, que me recuerda a la casa familiar de Luke Skywalker en Tattooine. Ahí, pintado en las paredes, hacia el exterior, “Artic Circle Center, 66º33’N”. Al lado, un pequeño monumento simbólico del paso de este hito, imprescindible para hacerse la foto.

VIDEO: Las reflexiones del viajero sensible

En realidad, pues, técnicamente estoy ya en el Ártico. O eso es lo que me dicen las convenciones geográficas. Sin embargo, para todos los demás efectos, aún me quedan unos cuantos kilómetros. Y es que para científicos como naturalistas, biólogos, climatólogos, el Ártico en realidad comienza más al norte, donde terminan los bosques, y donde imperan en invierno la noche de 24 horas y ahora, en el solsticio de verano, el día de 24 horas. En realidad, he llegado a leer que muchos piensan que el Ártico no es Ártico hasta que reina la isotermia, es decir, hasta que la temperatura no varía entre el día y la noche, porque el día y la noche no se diferencian.

Nicky, buen compañero de viaje / Ramón Huarte

Vamos, que por más que hoy oficialmente haya pasado al Ártico, en mi camino hacia el norte voy a seguir apreciando cómo se acentúan el frío, la luz por la noche, y cómo disminuye la vegetación arbórea. Eso sí, ya se puede apreciar lo que aquí llaman el “baño de oro”, que es el fenómeno visual que se produce cuando las aguas reflejan el color dorado del “sol de medianoche”, que no llega a ponerse del todo en estas latitudes. De hecho, no voy a engañaros. Bien entrado técnicamente en el Ártico, estoy escribiendo en una terraza, en pantalón corto, a 21 grados de temperatura. Y para mañana anuncian 26.

VIDEO: La noche y el día, primos hermanos

EL FERRY

Tras cruzar el Círculo, remonto hacia el mar de nuevo,lo que supone un importante aumento de las temperaturas. A poco más de cien kilómetros está la ciudad portuaria de Bodo, desde donde tengo previsto coger el ferry hasta las islas Lofoten. Es verdad que se puede llegar por carretera a través de puentes y túneles hasta estas islas, pero la ruta me llevaría a dar un enorme rodeo, así que me planto en el puerto .

Las Lofoten desde el ferry de Bodo a Moskenes / Ramón Huarte

Son tres horas de trayecto hasta Flakstadoya, una de las principales islas de este apretado archipiélago, desde la cual iré saltando por todas ellas hasta poner mañana de nuevo rumbo al continente y a Cabo Norte. Pero es que desde Bodo salen barcos hacia otras islas más apartadas, minúsculas, casi pequeños puntos sólidos batidos por el mar agitado. Es increíble, sigo diciéndome, el esfuerzo que se ha hecho en este país por que no quede un solo espacio de tierra incomunicado, en lucha tenaz (Y carísima, supongo) con la orografía.

Al principio, se va cerrando una espesa niebla sobre el agua, que impide ver las omnipresentes franjas de tierra en el horizonte, y todo se oscurece. Me da por recordar la escena, en la película “Remando al viento”, de la barca de Lord Byron y sus acompañantes, en el lago Leman. Si yo tuviera ahora a Mary Shelley a mi lado, le resultaría una inspiración ideal para su “Frankenstein”, con lo desaliñado que voy. En todo caso, la niebla se disipa en seguida dejando un día espléndido. Pero mira, ya me ha servido para hacer una cita cultureta. Un blog de viaje, sin cita cultureta o referencia a Kapuczinsky, no es ni digno de tenerse en cuenta.

En el ferry he sacado de la bolsa el libro que me aconsejó mi amigo viajero Nacho Pamiés. Me he quedado frito antes de empezarlo, pero le hincaré el diente / Ramón Huarte

LA HERMOSA TIERRA DE LOS VIKINGOS

No sé con qué criterio, pero en las Lofoten se consideran la genuina e intransferible “Tierra de los Vikingos”. Sea una invención destinada al turismo o la certera conclusión de rigurosos estudios, yo estoy ilusiónadísimo y dispuesto a creer que cualquier piedra del camino esconde rumores y secretos de lejanas sagas de las que rememoran las historias de Borges. Tras desembarcar en las islas, emboco la carretera que las recorre de oeste a este. En el camino, uno de los más impresionantes túneles submarinos, el Nappstraum, que une a dos de ellas.

En Noruega las rutas son tan bellas y espectaculares que un montón de ellas, a través de toda su geografía, están declaradas patrimonio nacional. Lo estaba la carretera de los Trolls, que recorrí el otro día. Y lo es también esta carretera de las Lofoten. Me llevo algo de decepción, aquí hay muchos más turistas, caravanas y motos copan el tráfico. El sustrato es precioso, pero apenas llego a verlo detrás de lo accesorio. Creo que me quedo con la impresionante soledad áspera y abrumadora de la carretera del troll.

Raina, precioso pueblo, entre el mar y los peñascos. Lleno de colores pero copado de turistas / Ramón Huarte

Entro en Raina, una pequeñísima localidad que desde la carretera he visto reflejada en el agua como en un cristal. La pequeña cafetería en la que me tomo un Americano es una delicia de minimalismo rural, limpieza y silencio. Empiezo a pensar que los rudos, ruidosos vikingos no tienen mucho que ver con todo esto.

LA CASA DEL JEFE

Reservo una parcela en un camping al lado de esta carretera de ensueño, en una ensenada de agua negra y fría, rodeada de picachos. Me he zafado de las bolsas y maletas y me he escapado a una treintena de kilómetros, a ver el Museo de los Vikingos, situado en una campa elevada sobre el entorno. Escapada que me sirve para, liberada de fardos, dar una alegría a la moto por estas carreteras, y desgastarle algo los laterales de las ruedas, para que no se queden cuadradas.

El museo vikingo, lo más cerca que he podido estar / Ramón Huarte

El museo, huelga decirlo,, acaba de cerrar. A quién se le ocurre, ir a ver un museo a las cinco de la tarde, ya casi hora de cenar. En todo caso, por fuera es bastante impresionante esta larga edificación de más de 80 metros de largo, que parece una chalupa vuelta del revés, y que es la réplica de la casa de un jefe vikingo, sobre cuyos restos se ha edificado.

Al lado, en un pequeño lago, he leído que hay una fiel reconstrucción de un Drakkar real. Me acerco esperando inspirarme con uno de esos soberbios y estilizados bajeles que no tenían miedo a tormentas ni a corrientes, a pesar de su aparente fragilidad. Uno de esos barcos cuya imagen recortada en el horizonte, con su horrendo mascarón de proa y su vela cuadrada, bastaban para que se rezase en todas las lenguas que se hablaban en las costas europeas: “De la furia de los normandos, líbranos Señor”.

No llego ni a verlo. Un cercado pone que no se puede pasar sin ticket. Casi me da igual, porque según me cuentan unos turistas belgas, me iba a decepcionar. Resulta que la fiel reconstrucción es a escala (A escala pequeña), y el barco es poco más que una lancha donde sacar a remar a una veintena de turistas. Pobre nave domesticada y, además, confinada a un lago, sin probar las olas espumosas del océano ni surcar la noche como presagio de alaridos de furia, de miedo y de aventura.

Vuelvo sobre mis pasos y compro salmón y pan de molde en el supermercado del camping. En la terraza, vestido de verano, en pleno Ártico, como los sandwiches mientras escribo esta entrada del cuaderno de viaje. Y pergeño un maléfico plan: Voy a pagar la obscena cantidad que me pidan por una botella o una lata de cerveza, y si no me puede el sueño, más tarde me acercaré al muelle que hay al lado del camping, para ver el “baño de oro” con el Sol de Medianoche, y catar esa extraña luz nocturna que se da en estas inmediaciones del norte de la Tierra. Ni siquiera me fastidia la ilusión el hecho de darme cuenta después de que las montañas tapan el sol, a mi espalda, haciendo imposibles mis propósitos.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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