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Etapa 10: San Petersburgo (Rusia)

La conexión colombiana, la ciudad sin gais y la falsa "perpectiva" Nevski

¿"Salida 6: Obradoiro, Ja ja ja"? Espero que no se me estropee el GPS /

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LA FINLANDIA CAFETERA

En mis peripecias africanas con mi paisano Telmo Aldaz y su proyecto “Rumbo al Sur”, me acostumbré a empezar el día con un café soluble disuelto en agua fría, y revuelto con el dedo en mi tazón metálico. Sobre todo me acostumbré a que me supiera rico. Estos días, cuando me levanto en un camping cualquiera, sigo con esa costumbre. Y disfruto de ese momento. En el único amanecer en Finlandia, me da por recordar algo que leí preparando el viaje. Este es el país más cafetero del mundo. Ríete de Colombia o de Costa Rica. Repaso en Google los datos y sí, cada finés (¡Incluyen a los niños en la estadística!) consume al año diez kilos de café.

Ya dentro de Rusia / Ramón Huarte

LA FRONTERA MATERIAL Y LA INMATERIAL

Son 400 kilómetros hasta la frontera rusa, y ahí es previsible que pase un buen rato, así que emprendo marcha temprano y ligero. En Ankila, antes de la frontera, paro a realizar el que va a ser mi último repostaje con precios escandinavos. He intentado apurar hasta Rusia para pagar menos, pero decido no arriesgar. A partir de ahora, quedan muchas muchas etapas, las que pasan por Rusia y luego los ex países del este, en que los precios ya van a ser (En la gasolina y en todo lo demás) bastante más bajos incluso que los de España.

Al menos lo de STOP queda claro / Ramón Huarte

Como paso fronterizo, el de Svetogorsk es pequeño. No es el paso más transitado entre las dos fronteras. Apenas una caravana y dos o tres coches están delante de mí cuando llego al puesto bajo un tejado de chapa, al lado de un edificio con las dependencias administrativas. Los camiones (Ahí sí que son unos cuantos) van por otra vía paralela a la nuestra. La moto causa en seguida curiosidad a alguno de los soldados que por ahí deambulan haciendo la vigilancia. Se acerca una pareja de ellos y me preguntan algo en ruso mientras observan la moto. Me encojo de hombros haciéndoles ver que no he entendido nada, se ríen y siguen hablando entre sí, mientras señalan las pegatinas de las maletas que indican los países por los que he pasado. Se despiden de mí con la mano, me señalan el letrero con un dibujo de una cámara de fotos tachada y se dan la vuelta, dándome por avisado.

Mientras espero y mientras –cuando me toca- revisan mi equipaje, comprueban mis papeles y me hacen rellenar un registro, me doy cuenta de que más que una frontera física, estoy atravesando una frontera mucho más espesa. Hasta ahora, incluso al norte de Noruega, regían los principios y las costumbres que conozco desde pequeño. Ahora cambian los paradigmas. Por primera vez tengo sensación de que pasar o no una frontera no depende de lo correcto de mis papeles, sino de la voluntad del funcionario de turno. Tampoco es lo de menos el hecho de que acabe de dar mis primeros pasos en un lugar en el que no sólo nadie habla mi idioma, ni yo hablo el de ellos, sino que ni siquiera entiendo las letras de su alfabeto. Es decir, soy sordomudo, perfectamente incapaz no solo de solventar ningún malentendido, sino que lo más seguro es que ni me entere de cuál es ese malentendido o problema. También la frontera moral es espesa. La ciudad de 16.000 habitantes que se encuentra en la frontera, Svetogorsk, está regida por un alcalde que dijo recientemente que la localidad estaba libre de persecución a los homosexuales, porque, según él, “entre sus habitantes no hay ninguno”. Me doy cuenta de repente de que poco de lo que manejo me vale aquí. Siempre había pensado que Rusia es tan distinta, tiene un carácter tan propio, tan profundo, tan inabarcable, tan extenso, que difícilmente podemos comprenderlo, y mucho menos juzgarlo. Ahora lo siento así. Mientras los funcionarios que se han ocupado de todo me entregan una tonelada de papeles que he de llevar siempre encima y me dan instrucciones en perfecto ruso, los guardas me sonríen y con gestos me desean buen viaje. Los miles de kilómetros hacia el interior del continente que tengo por delante se me hacen pocos, comparados con los años luz que me quedan para poder empaparme de la manera de ser y de pensar de este pueblo.

COMPROBANDO LO NECESARIO

Pasado el puesto fronterizo, paro en la gasolinera que hay inmediatamente, a pocos metros de un monumento a los soldados soviéticos caídos en la guerra contra Finlandia. Casi con ceremonia, compro una pegatina del escudo ruso, muy imperial, y la coloco en las maletas, junto a las que he ido poniendo de los distintos países que voy cruzando.

Ya va una colección. La última adquisición, el escudo ruso / Ramón Huarte

En este alto compruebo que llevo encima todo lo necesario para los 9 días que voy a pasar en Rusia: Compruebo que la tarjeta de telefonía móvil rusa (De una compañía con el pomposo nombre de “Megafón”)que había comprado hace meses está, efectivamente, inactiva, porque no he sabido entender todos los sms que me mandaban en ruso para mantenerla funcionando. No pasa nada, me he hecho a la idea de estar desconectado del mundo hasta que encuentre wifi. Saco también el sobre con 300 euros en rublos. Coloco mis papeles y los de la moto bien a mano. El seguro sanitario para Rusia y la Carta Verde incluidos. Me aseguro de que en el Traductor de Google tengo descargado el idioma ruso, va a ser mi única ayuda a la hora de interactuar con la población local, además de los gestos.

PASO FUGAZ POR LA CAPITAL IMPERIAL

Desde la frontera, casi 200 kilómetros hasta San Petersburgo, antigua Leningrado. De hecho, la comarca se sigue llamando “Oblast de Leningrado”. El tráfico es más intenso que en las carreteras finlandesas, se ve más industria, más polígonos… el entorno está menos cuidado, aunque se podría decir que reconforta porque es “más real”.

VIDEO: Así se adelanta en Rusia. El que va más lento, al arcén. En los dos sentidos.

Hoy duermo en Kolpino, al sur de San Petersburgo. Mientras esté en Rusia, dormiré en hoteles que reserve a través de internet el día antes. En primer lugar por razones de seguridad, en un entorno que no conozco. En segundo lugar, porque no es fácil encontrar campings por aquí. En tercer lugar, porque un hotel decente en cualquier ciudad fuera de San Petersburgo o Moscú me cuesta menos que una noche de camping en Noruega. Y no es cosa de desaprovechar una ducha en la habitación, un baño propio, o una cama blanda. Dejándome guiar por el gps a través de señalizaciones de carretera para mí incomprensibles, voy entrando en los arrabales de la ciudad imperial. Tengo ganas de llegar al hotel y cenar algo, estoy rendido.

Así que espero a mi segundo día en la zona para hacer dos cosas. La primera, circular por la mítica “Prospekt Nevski”, la Avenida Nevski, mal traducida en castellano como “perspectiva Nevski”, gracias en parte a la traducción de la canción de Battiato. Esta avenida lleva desde las barriadas de corte soviético del sur de la ciudad hasta el centro histórico, con sus palacios, iglesias, con el museo Hermitage… circular por ahí es ver todas las capas sociales y urbanísticas de la urbe.

VIDEO: Circule por la Avenida Nevski y déjese sorprender desde el sofá de su casa por la aparición del Museo Hermitage

La segunda de las cosas que hago es parar al lado del crucero Aurora, el barco de guerra cuyos marinos iniciaron la Revolución de Octubre, asaltando el Palacio de Invierno, y que después de ser restaurado está amarrado en el río Neva, con sus tres imponentes chimeneas y sus cañones apuntando en todas direcciones. Sintomático resulta que sea imposible hacer una foto general del barco desde esta orilla sin que salgan de fondo los enormes carteles de Kia y Samsung que coronan la enorme mole del Hotel Saint Petersbourg, en la orilla de enfrente. No sé qué pensará de esto el propio crucero Aurora, que estuvo en el Pacífico en la guerra ruso-japonesa de 1905 y salió de allí escocido.

El crucero Aurora, fondeado en el Neva. De ahí salieron los marineros que asaltaron el Palacio de Invierno en 1917 / Ramón Huarte

También me hubiera gustado ver la Igklesia de la Sangre Derramada, levantada en el lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II. Pero resulta que he ido a caer por aquí justo el día en que se inaugura la Copa Confederaciones de fútbol, con presencia de Putin, y la Fan Zone está justo en la plaza al lado de la iglesia. Imposible pasar, por la extraordinaria presencia policial y militar de todos los colores.

La Iglesia de la Sangre Derramada, tapada por las instalaciones de la Copa Confederaciones / Ramón Huarte

Sí que la ciudad está volcada con esta competición que en nuestro país pasa completamente desapercibida. Las calles están llenas de banderolas de la FIFA (Y de las marcas patrocinadoras), y cada dos por tres surgen muñecos tamaño natural de la madcota oficial, que no logro distinguir bien si es un osito o un perro Husky.

VIDEO: Cruce como un señor, por la patilla, el imperial Puente Trotsky engalanado para la Copa Confederaciones.

EL PROGRESO

Al sur de San Petersburgo, la ciudad dormitorio de Kolpino. En ella, rodeado de bloques de viviendas de la época soviética, en una zona tranquila, el hotel Progress. Todo es perfecto: La recepcionista no habla inglés, y no hay parking para dejar la moto (La aparco en el exterior, frente a un supermercado, le alarma en el disco de freno trasero). Pero hay wifi, la recepcionista con la que me he entendido por gestos me lleva a la habitación un café de puchero riquísimo, y tengo mi ducha, mi cama, y un local al lado en el que en dos días ya me conocen y en el que venden bebida y comida a cualquier hora. Todo ello por el precio aproximado de un cubata en Noruega. O eso me lo parece. La temperatura es templada y después de cenar y de tomarme dos grandes cervezas me acomodo en el pequeño balcón de la habitación a preparar la entrada de hoy de este cuaderno de viaje. Y no se hace de noche. No del todo, por lo menos. En estas latitudes son famosas en esta época del año sus “noches blancas”, es decir, no es de día como en el Ártico, ni de noche, como en España. Y en esa penumbra me voy quedando dormido, satisfecho porque uno de mis mayores temores al entrar en Rusia se ha demostrado infundado: No, las claves de la wifi en los hoteles rusos no son en cirílico.

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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