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"Tengo que sobrevivir, no me queda otra"

De la Gran Vía de los escaparates, a la de la subsistencia

Llegó a la Gran Vía de Madrid cuando abrió Primark. Juan Carlos tiene 45 años y desde hace dos, ocupa una unas cuantas baldosas por las que a diario pasan miles de personas. "Tengo que sobrevivir, no nos queda otra" es su respuesta cuando después de un rato de conversación se le pregunta cómo ha llegado allí.

"Cometí delitos cuando era joven, pagué por ellos, pero perdí a mi familia. Por no volver a robar me quedé pidiendo en la calle" Y así sigue, acompañado por su perro y sorteando como puede ahora el calor, y el frío en invierno. "Soy oficial de albañilería y montador de andamios, pero mi aspecto físico no es el mejor y con 45 años, esperas y esperas, pero tienes que comer".

En estos dos años, alguna chapuza le ha permitido salir de la calle, durante unos meses, alquilar una habitación para él y su perro, y "ceder" su sitio a algún conocido. Pero el dinero se acabó y volvió a los dos metros de acera que considera suyos.

Espera que con la ayuda del Samur Social, consiga los 426 euros del REMI, la Renta Mínima de Inserción que le vuelva a sacar de allí, a él y a su perro, pero mientras tanto aprovecha que "la Gran Vía es un buen sitio, porque siempre hay gente, y muchos turistas que dejan alguna moneda".

Juan Carlos tiene 45 años, y cruzando la calle encontramos a Florin Daniel. Tiene 36 y lleva más de 10 en España. Cuenta que también ha trabajado mucho tiempo como albañil, eran los años en los que las grúas formaban parte del cielo de Madrid, pero ahora sus pertenencias se reducen a un par de maletas, una caja de fruta a modo de mesilla, un colchón, sábanas y una manta para las noches de frío.

Antes de dormir, coloca sus zapatillas a los pies de su cama en las que muchas mañanas se encuentra alguna moneda, un bocadillo, o un zumo. Apenas a dos metros de " su casa" la terraza de una cafetería en la que pueden pagar hasta 5 euros por un café.

Darío Pérez, responsable del SAMUR social, asegura que el 30% de las personas que ejercen la mendicidad en Madrid lo hacen en la zona centro, pero no solo por la afluencia de personas, también por el anonimato que les proporciona salir del que hasta entonces ha podido ser su entorno, y la seguridad de estar en un lugar en el que hay gente las 24 horas del día.

Hay muchas personas que ejercen mendicidad, por una situación puntual de precariedad, pero los que duermen en la calle "ya han dado un salto cualitativo y están en exclusión".

No cree que haya redes organizadas de mendicidad en Madrid. Tampoco con el grupo de personas rumanas que cada día recorren las calles del centro. "A pesar de lo que todos creen, son familias con un reparto de papeles. La mujer ejerce la mendicidad, el hombre recoge la chatarra, otros cuidan de los hijos en Rumanía. Solo hay un reparto dentro de la pobreza"

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