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Etapa 11: Klin (Rusia)

La noción del tiempo, el cementerio de Pankovka, y Suzie Q

Quien no se entera de que está entrando en Novgorod es porque no quiere. /

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JUGANDO A ENCONTRAR EL DÍA

He perdido por completo la noción del tiempo. Al poco de emprender viaje hacia Klin, en las cercanías de Moscú, me descubro intentando saber qué día de la semana es. Busco pistas a través del tráfico, de las actividades de los lugareños, de su ritmo al andar, de las caras que llevan, o de las pintas de los comercios o las calles. Y si del día de la semana no me acuerdo, no te digo ya del número de día del mes que es.

A las puertas de Moscú / Ramón Huarte

Mi medición del paso del tiempo se rige, desde el pasado día 6, por el ritmo de las etapas y el pasar de los kilómetros. Sé que llevo casi 8.000 kilómetros, que eso es aproximadamente la tercera parte (Un poco menos) del total previsto del viaje. En cuanto a etapas, sé que llevo 11, que son también un poco menos de la tercera parte. Pero no sé ni qué día, más o menos, terminaré, ni si para tal día estaré en no sé dónde. Es curioso, pero, siendo como son todos los días distintos, en diferentes lugares muy distantes entre ellos, mi impresión es que todos los días son iguales, con la misma rutina, las mismas labores, las mismas preocupaciones y disfrutes. Con distintos escenarios.

VIDEO: Una constante, las poblaciones formadas por las típicas “dachas” a los lados de la ruta

Con respecto a la ubicación espacial, sé lo que me dicen los mapas y el GPS. Pero a mi mente llena de ideas preconcebidas le cuesta creer que a las puertas de Moscú la temperatura sea de 27 grados y el sol pique con ganas.

EL CEMENTERIO DE PANKOVKA

Al sur de San Petersburgo, camino hacia Moscú, Veliky Novgorod. Nombre exótico que mi hermana –que sabe ruso, toma ya- se empeña en chafarme diciéndome que quiere decir “Villanueva La Mayor”. La mítica para mí Nijni Novgorod de Miguel Strogoff, por donde pasaré próximamente, sería, según la destroza ilusiones de ella, “Villanueva de Abajo”.

Placa en español y ruso colocada en 1997 / Ramón Huarte

El caso es que al lado de Novgorod está la localidad de Pankovka. En el límite entre ambas, al lado de la carretera, hay una cancela abierta que da a través de un camino a unos jardines bien cuidados pero, a la hora de entrar yo, absolutamente solitarios. Reina la paz de los cementerios, de hecho he entrado al cementerio donde reposan los restos de los soldados del ejército de Hitler caídos en el frente de Leningrado. Entre ellos, situados en el denominado “bloque 4”, según indica un gráfico grabado en una losa a la entrada, los de la 250 División de Infantería alemana, la conocida como “División Azul”, formada por voluntarios españoles.

El caso es que según el convenio firmado en 1997 por el gobierno de España con la asociación alemana que se ocupa de localizar los restos de los fallecidos en ese tumultuoso y cruel frente, el espacio lo deben ocupar los soldados de la División Azul (Más de 4.000 fallecidos, hasta ahora unos 1.200 localizados), y a su lado los soldados españoles que combatieron con el Ejército Rojo en la misma contienda. De hecho entre las placas que tienen grabados los nombres de los enterrados, la última está vacía, quién sabe si destinada en principio a reflejar a esos combatientes.

Las losas con los nombres de los españoles enterrados. A la derecha, una losa vacía. ¿Para los fallecidos españoles combatientes en el lado soviético? En 1997 se previó que acompañaran a sus compatriotas del otro bando / Ramón Huarte

En mi visita de hoy no he visto rastro de que se haya enterrado ahí a ninguno de ellos, y aparece solo referencia a la División Azul. Ignoro si se trata de falta de voluntad para llevar a cabo esa obligación, o si es debido a la tremenda dificultad de encontrarlos (Se calcula que entre muertos y desaparecidos españoles en el Ejército Rojo durante la guerra, sumarán poco más de 200, de los9 millones de muertos entre los combatientes soviéticos). Dificultad acrecentada por el hecho de que en ese bando apenas se tomaban registros de dónde se realizaban los enterramientos.

Lo ignoro. Me hubiera gustado que estuvieran todos. Seguramente ellos, desde donde estén, pondrían muchas menos pegas que las que encuentren hoy en día algunos de entre los vivos. No lo sé.

En todo caso, prescindiendo de la ideología de quienes estén ahí, he hecho una parada para mandar recuerdos de casa a esas personas (fascistas convencidos, idealistas, anticomunistas, aventureros, republicanos con necesidad de redimirse a ellos y a sus familias, militares en busca de ascenso, hombres huyendo del hambre después de la guerra…) que perdieron la vida a muchos miles de kilómetros de sus familias. A ellos y a todos los que no están ahí, descansen en paz.

SUZIE Q

Sigo descendiendo por las carreteras rusas dirección sur, hacia los alrededores de la enorme Moscú. Prueba de su enormidad, el hecho de que cuando me refiero a “alrededores”, estoy hablando de los cien kilómetros casi clavados que hay desde el centro de Moscú a la ciudad donde duermo, Klin. La carretera general que va hacia Moscú es, durante la primera mitad de la etapa, insufrible. Con obras, con un firme despiadado, pasando por todos los pueblos imaginables, con tramos de 40, con desvíos hacia todas partes, y con coches y camiones haciendo caso omiso de las limitaciones y las señales. Un estrés tener que mirar a la vez hacia adelante (La carretera, las señales, los vehículos cruzándose de carril…) y hacia atrás (Para ver si viene lanzado un Lada destartalado o un trailer de un millón de toneladas, dispuestos a pasarte por encima).

Un viejo Lada (De los que circulan a miles), averiado a un lado de la carretera. / Ramón Huarte

También es cierto que la segunda mitad del trayecto, todo cambia. Un tramo de buena autopista ayuda a ello. Y después, la carretera es algo mejor, lo que calma el comportamiento de los conductores. Todo esto hace que una vez pasada la inicial emoción por ver carteles en ruso y la actitud “de paleto” de mirar todo con la boca abierta, el viaje se haga más seguro pero más aburrido. Y en estas, me doy cuenta de que llevo como doscientos kilómetros cantando una vez tras otra el estribillo de “Suzie Q”, de la Credence Clearwater Revival. Fastidiado, intento quitarme de la cabeza esta música que, además, supone el anticlímax para el que se las da de explorador de las profundidades del Oso Ruso. Nada, imposible. Finalmente, decido pasarme al enemigo. Llevo días pensando en que he de poner nombre a la moto, mi compañera de viaje. Así que decido bautizarla como “Suzie Q”. De esta manera, aunque sea, tendrá algún sentido la puñetera murga que todavía, ya en el hotelillo, no he podido quitarme de la cabeza.

NOTAS DE RUSIA

Las carreteras rusas tienen el firme en bastante mal estado, lo que te obliga a ir pendiente si no quieres darte unos sustos importantes, si no estás atento al bache.

Vas mirando una típica iglesia y te sorprende el bache... / Ramón Huarte

En las gasolineras, te sirves y entras a pagar. En Escandinavia todas las gasolineras tenían la posibilidad de pagar con la tarjeta en el mismo surtidor. Aquí no. Incluso me ha tocado alguna gasolinera en la que ni siquiera ya en la caja me han permitido pagar con tarjeta (Nota mental, he de pasar por un cajero automático para tener más efectivo, por si en adelante proliferan los lugares en los que no quieran tarjetas).

Los rusos (La mayoría, el ruso de a pie) no saben inglés. Si no lo saben los guardias de fronteras o las recepcionistas de los hoteles, para qué lo va a saber el ruso medio. Eso, al final, tampoco es un problema. Yo tampoco sé ruso y no me lo echan en cara. Y es muy reconfortante que ellos hacen como nosotros, cuando ven que no hablas su idioma, te repiten las cosas más alto y más lento, pensando que así les vas a entender. Bueno, pues entre eso y los signos, te apañas.

Vamos, que las carreteras están en mal estado, en las gasolineras no hay pago por tarjeta en el surtidor, la gente no sabe idiomas pero lo arreglan todo hablando alto, con gestos y buena voluntad. ¿Para esto me vengo tan lejos? ¡Si es todo como en casa!

Por lo demás, mi eterna preocupación, los neumáticos: Las ruedas tienen buena pinta. Con casi 8.000 kilómetros ya encima, tienen pinta de llegar hasta Varsovia, que es donde quiero cambiarlas. Sé, en todo caso, que el desgaste no es lineal, y que cuando estén en las últimas la degradación será más rápida. Estaremos atentos.

No tienen mala pinta, para llevar 8.000 kilómetros / Ramón Huarte

P.D.

Este viaje no tiene patrocinadores, ni los he buscado. Sí que estoy muy orgulloso de llevar en mi moto los nombres de tres empresas que de una u otra manera, más allá de lo económico, tienen que ver con que yo esté haciendo esto. Se trata de España Rumbo al Sur, veterano y exitoso proyecto del aventurero navarro Telmo Aldaz. Se trata de Torosup, la escuela de Paddle Surf que mi amigo Carlos Toro tiene en Rincón De La Victoria, en Málaga. Y se trata de Zunzarren, la autoescuela/gestoría decana en Navarra, a la que debo algunos de los trámites necesarios en este viaje, y que también ha ejercido su función inspiradora. Y estoy muy agradecido a mi amigo diseñador Nacho (NAC) por alguna aportación gráfica, entre ellas el logotipo “Europa 4 esquinas” que identifica esta pajarada mía.

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