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En las entrañas del órgano de la Catedral de Cádiz

Sandra Massa, organista del templo gaditano, muestra a la SER los secretos de un trabajo único

Casi un siglo y medio de historia suena gracias a ella cada domingo. El esbelto órgano de la catedral de Cádiz es manejado por la misma persona desde hace más de diez años. Ella es Sandra Massa. "Es una ilusión enorme, como llegar a la cima de tus metas", explica la organista, la primera y, hasta ahora, única mujer que se ha puesto a los mandos como titular de este instrumento desde que se construyó y se instaló en 1870. El fuelle del órgano acaba de ser arreglado en una restauración que va a continuar de forma progresiva. Para que nada ni nadie pueda parar esta banda sonora.

Sandra Massa se siente una privilegiada ante este órgano, justo encima donde se ubica el coro de la Catedral. Era septiembre de 2006 cuando recibió aquel encargo. "Yo cantaba junto al coro Virelay, sabían que yo tenía estudios superiores de piano, que a mi marido (Jorge Enrique García, director de Virelay) y a mí nos gustaba y nos encargaron tocar la misa de los domingos", recuerda. Fue el padre José Vizo, ya fallecido, el que le dijo que "iba a ser la primera mujer organista titular de la Catedral de Cádiz".

Y allí lleva más de diez años. En este tiempo ha mejorado su técnica, profundizado sus estudios (ahora está terminando con Andrés Cea el grado superior) y, sobre todo, ha congeniado con este órgano, que sufre los graves achaques de la edad. "No ha estado en buen estado desde que le conocí. De hecho, hasta el año pasado no se le había hecho ninguna restauración desde que yo empecé tocarlo". La última databa de 1991, obra de José Antonio Azpiazu.

Massa avisó a los responsables de la Catedral de estas deficiencias y fueron el canónigo Rafael Vez y el entonces deán Guillermo Domínguez Leonsegui los que atendieron esta reclamación. "La primera restauración ha sido del fuelle, de la que se ha encargado el organero Manuel Luengo. Ahora vendrá la de las tijeras y, como si fuera una pirámide, se irá arreglando todo hasta terminar en la afinación, que tiene que ser lo último para ajustarla cuando ya esté perfectamente".

La grandiosidad del órgano, sus tres teclados y la enorme cantidad de palancas, botones y mecanismos hacen del instrumento un portentoso atractivo para los profanos y hacen sobresalir la habilidad de la organista. "Se estrenó en la misa de la Inmaculada del 8 de diciembre de 1870 y es obra de Antonio Otín Calvete y Pedro Roqués", relata Massa. "Es un instrumento muy curioso porque tiene estilo hispánico aunque es poco frecuente que un órgano de este estilo tenga tres teclados". Se ha encariñado con él y, a pesar de sus desperfectos, habla de él con sumo cariño. "Da mucho juego, permite registros muy potentes, ofrece muchas posibilidades".

Al otro lado de un estrechísimo pasillo de madera, se puede acceder al segundo órgano de la Catedral, algo más antiguo, del siglo XVIII, y más pequeño, a pesar de que fue ampliado después de ser trasladado desde Santa Cruz. "Se pueden tocar juntos, pero no es lo habitual. Tienen la misma afinación y permite conciertos a dos órganos". Al pequeño se le conoce como del evangelio. Al grande, que ejerce de principal, como el de la epístola.

Es el obispo, Rafael Zornoza, y su secretario, el que elige junto a Sandra Massa las partituras que se van a interpretar cada domingo. Depende mucho del tiempo litúrgico del año. El coro Virelay y el cabildo catedralicio están volcados en recuperar los archivos del templo para que vuelvan a sonar las notas que se guardan desde hace años en sus cajones y armarios. "La catedral era muy importante en los siglos XVIII y XIX y ofrecía una música esplendida, gracias a sus maestros de capilla. Sus responsables, además, están muy volcados en sacar la música adelante, difundirla y ésa es una labor muy bonita por Cádiz", saluda la organista.

Tras la misa del domingo y antes que lleguen los visitantes de las dos de la tarde, Sandra Massa interpreta para la SER una pieza. Los resortes del órgano se mueven por dentro como las tripas de un enorme animal. Fuera, sin embargo, suena con armonía una melodía que quiebra el silencio. Es fruto de una unión acompasada, la de un órgano de 147 años y las manos de su organista.

 

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