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El Valencia Triatlón, en primera persona

La prueba valenciana acogió a casi 4.000 participantes... entre ellos un redactor de la SER que cuenta con detalle su experiencia

El redactor de la SER Chimo Masmano, tras finalizar el Valencia Triatlón 2017. /

"Disfrutarás haciéndolo y te sentirás feliz cuando lo acabes". Son las palabras con las que te anima cualquier persona que ha hecho antes un triatlón cuando le anuncias tu intención de estrenarte en esta disciplina. Al principio puedes pensar que sólo son palabras de ánimo (¿disfrutar de un cometido tan exigente?). Pero qué quieren que les diga: tienen razón. Es exigente, te cansas, quieres ver la meta cuanto antes... o al menos el fin de cada parte de la prueba. Pero disfrutas mucho haciendo deporte y la sensación de felicidad que te inunda cuando terminas es indescriptible. Da igual que vayas a pelear por el podio, a bajar otras marcas propias o simplemente a acabarlo y probar la experiencia, como era mi caso.

Y lo mejor de todo fue estrenarme en esta disciplina en casa. No sé cómo serán los triatlones en otros lugares pero sí les puedo decir que hacerlo en Valencia vale mucho la pena. Por la organización y por el escenario, principalmente. No es extraño que aquí se dispute el Campeonato de España, ni que crezca el número de participantes hasta las casi 4.000 personas. No es casual. No.

Da gusto dejarse llevar por el entorno de la Marina Real desde que el viernes vas a por el dorsal y a dejar la bicicleta. Es sumergirse en un mundo apasionante que te provoca ganas de tirarte al agua cuanto antes y empezar la prueba. Pero, en mi caso, había que esperar al sábado a las 9:15 de la mañana, el tercer turno de inicio de la categoría Sprint.

Y llegó el momento. Tras los nervios que redujeron el oportuno descanso el viernes por la noche, a primera hora del sábado llegábamos al Puerto. Mientras competían los participantes de la modalidad Olímpica, aprovechaba para dejar junto a mi bicicleta (en la fila 'I', la designada para mi dorsal 1184) el resto de 'herramientas' para completar la prueba: la cinta con el chip de control, zapatillas para la bicicleta y otras para correr, el bidón de agua, el casco, gorro, gafas de natación, el portadorsales y un gel que debía servirme como las espinacas a Popeye en algún momento de la prueba (me lo reservé para el tramo final de la bicicleta).

El cercano Edificio del Reloj marcaba las 9:15 cuando se nos dio la salida y tuvimos que saltar al agua. Buena temperatura, sin calor y con el agua en su punto. Así recorrí los 750 metros que te llevan a bordear de punto a punto el edificio Veles e Vents hasta que, tras pasar por debajo del puente del extinto circuito de la Fórmula-1 (recordaba en ese momento cuando cubrí aquella épica victoria de Alonso con su Ferrari), salí del agua en busca de mi bicicleta.

Llega el momento de las transiciones, tan importantes en esta disciplina del triatlón. Y para la que tanto se preparan los participantes. Debo decir que, al menos en esta mi primera experiencia, no me obsesioné con este asunto. Prefería llegar al nuevo 'destino' (la bici o las zapatillas de correr) en plenas condiciones antes que arañar unos segundos al crono.

Montado en mi bicicleta me dispuse a recorrer los 20 kilómetros de los que constaba mi prueba. Dos vueltas a un recorrido de 10 kilómetros que te lleva a recorrer el puerto lindando con Nazaret con la Ciudad de las Artes y las Ciencias de testigo de fondo. Divido en dos partes mi experiencia en la bicicleta: más dura la primera parte del recorrido, haciendo buena esa expresión de 'no ir cara al aire' (resulta costoso pedalear con el viento como enemigo dándote de frente), y mucho mejor en la segunda parte del recorrido, con el viento a favor y culminando con el ánimo de los aficionados en el tramo final del recorrido, donde me esperaban ya las zapatillas de correr.

Llegamos así, tras otra transición tranquila (ya lo haremos más rápido en el siguiente), a la tercera y última parte de la prueba. Me esperaba para el final la parte que más practico durante el año. Eso sí, no es lo mismo hacer una carrera a pie tal cual que enfrentarte a una tras nadar y correr. Aunque sólo eran 5 kilómetros, sobre mis piernas ya cargaba el esfuerzo anterior. Aun así, debo decir que no lo acusé. Una vez superados esos primeros metros de los que también te hablan los expertos ("verás qué sensación más extraña cuando empieces a correr"), la carrera fue entrañable porque me veía restando distancia con la meta mientras disfrutaba recorriendo las antiguas bases de la America's Cup (también recordé cuando acudía allí hace 10 años a cubrir las regatas previas y la propia competición).

Y llegó el gran momento. A los pies del Veles e Vents esperaba la línea de meta. Unos metros antes los míos animando (GRACIAS). Dos metros detrás de la línea uno de los miembros de la organización esperando para colgarme una medalla de 'finisher'. Un trozo de metal que guardaré para siempre. No es oro, plata ni bronce. Pero para mí es algo más. En ella están recogidas todas las brazadas, las pedaladas y las zancadas de un día en el que, efectivamente todos tenían razón, terminé muy feliz. Hice mi primer triatlón. Ya no me cuentan lo que se siente. Lo sé. Y es más: repetiré.

Pd.- Conseguido el objetivo tuve una doble ración 'recovery': un plato de arroz a banda y contar en Carrusel Deportivo desde Mestalla el Valencia-Atlético de Madrid. Un día perfecto... aunque faltó que cantáramos un gol del Valencia.

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