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El Estilita

El peso de la culpa

El otro día estaba cenando con una gente entre las que figuraban bastantes personas del mundillo periodístico y la conversación giraba en torno a los juicios de descuartizadores que habíamos conocido en la última década. Admito que no es un tema que estimule el apetito, pero no pareció que se resintiera el de nadie en la mesa. En esto que alguien sacó lo del crimen de Covas: Adriana Amoedo, que fue juzgada en 2011 por ayudar a su novio, un tipo de cuidado que ya se había cargado a un taxista, a matar a una pareja con un cuchillo y un martillo, hacerlos cachitos y meterlos en un barril que luego dejaron por ahí tirado en un descampado de Ferrol. El crimen de Covas salió en todos los titulares de principios de década por la brutalidad y sangre fría que emplearon Amoedo y su novio, toxicómanos, para matar a otra pareja amiga suya con el fin de hacerse con suficiente dinero para pagarse el vicio.

"Estaba bastante buena cuando fue a prisión, pero cuando comenzó el juicio, había engordado quince kilos", recordaba mi amiga. Me asombró, porque nunca había oído que en la cárcel se comiera bien, ni tampoco que el menú fuera hipocalórico. Tengo que reconocer que, aunque he estado varias veces en Teixeiro, nunca he llegado a introducirme en las cocinas, por lo que para cubrir los huecos en mi conocimiento carcelario recurrí a mis recuerdos cinematográficos. "Quizá lo hizo a posta, para protegerse de las lesbianas", insinué, evocando la escena de duchas de las películas en las que el protagonista, hombre o mujer, se está enjabonando cuando se paraliza al sentir el aliento en la nuca de un tipo de aspecto patibulario. Resultó que mi comentario no era gracioso, solo ofensivo: inmediatamente, las amigas que se encontraban a mi izquierda y enfrente de mí, me perforaron con la mirada. Por un momento pensé que mi comentario les había parecido demasiado frívolo para tratarse de una criminal violenta que, además, había muerto de cáncer. O pensaban que al hacer un chiste mostraba escaso respeto a sus víctimas. O quizá la referencia a las lesbianas les había sonado desagradablemente homofóbica.

Pero resultó que no les había indignado nada de eso.

"¿Qué estás diciendo? ¿Qué una chica gorda no puede ser atractiva?", me preguntó una de ellas, mientras la otra meneaba la cabeza, desencantada ante mi falta de sensibilidad. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo sensible que se había vuelto la gente sobre este tema. No comprendía como hablando de descuartizadores, me había convertido en el malo de la mesa. En un solo segundo, la insinuación de que el sobrepeso afeaba a una mujer había bastado para elevarla de la categoría de toxicómana homicida a la de víctima del heteropatriarcado, como si el hecho de que se la considerara culpable de transgredir los canones estéticos establecidos por los anuncios de Versache y Victoria Secret bastara para olvidar que la tal Amoedo había también fracasado a la hora de cumplir las normas bastante menos exigentes del Derecho Penal de no apuñalar a unos conocidos hasta la muerte con un cuchillo de matar cerdos para poder robarles y así satisfacer su adicción a las drogas.

Señalé que era nuestra otra amiga la que había insinuado que la descuartizadora había perdido atractivo al ganar peso, pero ellas despreciaron mi argumento como un evidente intento de echar balones fuera. Mientras, otro comensal, se reía y aproveché para señalar su falta de empatía a las chicas, pero no había nada que hacer: en una sociedad en la que una de cuatro personas padece obesidad y que aun así considera que una mujer con sobrepeso que se atreve a posar enseñando sus lorzas es una pionera de un modelo de belleza saludable, yo era obviamente parte del problema. Tenía que cargar con el peso de la culpa.

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