¿No tienes cuenta?

Regístrate

¿Ya eres usuario?

Entra en tu cuenta

O conéctate con

De Casa de la Beneficencia a residencia de Mayores: 240 años de asistencia en Cuenca

José Vicente Ávila rescata para la SER, recuerdos personales de cómo era la vida en la Casa de la Beneficencia de Cuenca en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX

Antigua fachada del edificio de la Casa de la Beneficencia. /

En este año 2017 se está celebrando el cincuentenario de la Residencia Provincial “Sagrado Corazón de Jesús”, actual centro de mayores dependiente de los Servicios Sociales de la Diputación, que se puso en marcha en el verano de 1967, construida en terrenos de la antigua Casa de Beneficencia o Casa de Misericordia, de la cual sólo quedó en pie su fachada, desmontada y retranqueada en el número 2 de la calle de Colón. Esos cincuenta años de historia de la residencia tienen su antecedentes casi doscientos años atrás cómo nos ha contado José Vicente Ávila en ‘Hoy por Hoy Cuenca’ en el espacio ‘Páginas de mi Desván’.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Nos remontamos por tanto al año de 1777, según la fecha que aparece en el frontal de la antigua Casa de Beneficencia, edificio que alberga la dirección provincial de la Consejería de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural, toda una referencia en el inicio de la calle de Colón, junto al puente de San Antón.

Los antecedentes de la vida asistencial en Cuenca

En un artículo que publicó A. Redondo Calvo en la prensa local en 1955, con el título “La Casa de Beneficencia conquense y sus más destacados benefactores”, aludiendo a que su padre había quedado huérfano a los seis años en 1855, por una epidemia, siendo ingresado en la Casa de Recogidas junto a otros muchos niños y niñas, dio a conocer lo que para él eran datos desconocidos hasta entonces, señalando que “los comienzos de esta institución benéfica en nuestra ciudad se encuentran en un pasado remoto: allá por el año 1441 el canónigo y chantre de la Catedral, don Nuño Álvarez Osorio, el que mandó construir el puente del Chantre, se anticipó a San Vicente de Paúl, destinando sus rentas en recoger, alimentar y educar a los niños abandonados o que perdieron a sus padres”. Indicaba Redondo Calvo que la casa del chantre, frente a la iglesia de San Pedro, sirvió para albergue de los niños, costeando el canónigo Osorio varias nodrizas para atender a los pequeños. Anota que durante 36 años pasaron de 400 los niños que él socorrió en alimentos y educación. Pasado el tiempo a estos niños se les conocía como “hijos de San Julián”, llamados como los sanjulianeros, aunque la voz popular los conocía como los leros. También hubo otra casa asistencial en el cruce de la calle de Colón con la calle peatonal que va a Carretería, que se llamó Callejón de la Misericordia y luego “vox populi” callejón de los guardias por el cuartel que había. Ya con la Casa de Recogidas de Flores Pavón, que concluyó el obispo Palafox, los niños eran atendidos por doncellas y nodrizas, hasta la llegada de las Hijas de la Caridad y la tutela de la Casa por parte de la Diputación.

Portada de la antigua Casa de la Beneficencia. / Texeda

El edificio de la Casa de la Beneficencia

Un antiguo edificio con solera que debió quedar en pie, al menos en su fachada, pues como bien escribía el canónigo archivero Clementino Sanz, en el documentado artículo sobre la Casa de Recogidas de Cuenca y el obispo Flores Pavón, “el viajero que enfila el puente de San Antón sobre el río Júcar, queda gratamente impresionado al descubrir en el extremo del mismo una fachada de corte neoclásico, que le hace recordar vagamente la Casa de las Conchas salmantina por los adornos, en forma de cabeza de clavo, que tachonan su muro y frontal”, en la que se puede leer en la truncada y latina inscripción, con letras capitales, flanqueadas por las macizas columnas de piedra, que dan marco a las puertas de bronce, una frase que viene a decir en castellano, según traducía Sanz y Díaz: “El obispo Sebastián alzó esta piadosa Casa para atraer al buen camino a las jovencitas descarriadas”. Aunque en su reconstrucción faltaron bastantes piedras y todas las cabezas de clavo, al menos se salvaron los dos escudos idénticos que le dan carácter de nobleza al frontis de la fachada con las flores de lis y el pavo.

Vista del cruce de la calle Colón con el puente de San Antón, con la Casa de la Beneficencia a la derecha. / Pascual

Sobre la fachada, que seguía en pie en 1971, se dijo inicialmente que iba a quedar en pie, pero finalmente Ayuntamiento y Diputación acordaron derribarla y levantarla de nuevo, pero retranqueándola para ensanchar la calle de Colón. Incluso delante de la fachada había una pequeña gasolinera.

El edificio de 1777 pasó a la historia para acomodarse al tráfico, sin tener en cuenta su valor arquitectónico, pues no son tantos los que quedan en Cuenca de esa época. Los técnicos incluso parece que para llevar adelante semejante actuación no le dieron demasiada importancia a tan noble fachada, y así se publicó que “es un edificio de una construcción de finales del siglo XVIII, de factura neoclásica, realizado por el obispo Flores Pavón para destinarlo a Casa de Recogidas. No es un edificio de desmesurado valor arquitectónico, pero es indudable que su creador consiguió una fachada bien proporcionada, y de gran seriedad, tanto por sus dimensiones como por la ubicación de huecos y elementos decorativos, todos inspirados en el Dórico Romano, con las inevitables variaciones de interpretaciones sobre un estilo que se manejaba por tercera vez”.

Cómo era aquella Casa de Beneficencia

Era la vieja casona, como una pequeña ciudadela dentro de la ciudad en la que había escuelas, talleres, enfermería, capilla, huerta, vaquería, patios de recreo y de deporte, aunque en realidad el campo donde se jugaba al fútbol estaba rodeado de montones de leñas para calentar las calderas de la calefacción, pues para dar calor a aquellas dependencias de altos techos se necesitaba todo el pinar de la Serranía de Cuenca.

Te podías perder entre pasillos y escaleras de varios pisos. En la entrada, a la derecha, había un pasillo que comunicaba con los comedores de chicas y de chicos; los patios y la zona masculina, dividida entre medianos, mayores y ancianos, pues los niños estaban en la Casa Cuna.

A la izquierda de la entrada había un patio floreado con la imagen del Corazón de Jesús, de José Bieto, que está ahora en la Residencia. Se encontraba la amplia capilla de dos naves; en la central se colocaba el género masculino, con los celadores, y en la izquierda al fondo, sin poder ver a las chicas con sus velos blancos o negros, el género femenino con algunas monjas. El resto de Hijas de la Caridad asistía desde el coro.

Niños de la Primera Comunión. / Pascual

En la parte alta, las dependencias de las religiosas y los dormitorios y escuelas de las niñas. En otra parte del edificio, las enfermerías y aposentos de los ancianos y ancianas, naturalmente separados. Todo ellos comunicado por escaleras y ascensor con la Maternidad y la Casa Cuna.

En el viejo caserón como yo le llamo había más de 600 personas, y en los pabellones de la Residencia que se construyó a partir de 1965 y se terminó en 1967 había medio millar de residentes como bien apuntaba el entonces director de la Residencia, don Simón Calvo Pina, quien en una entrevista a Diario de Cuenca en noviembre de 1969 decía que había 500 entre ancianos, inválidos, jóvenes y pequeños de ambos sexos. La Residencia actual de mayores cuenta con 160 plazas, con lo que se ha ganado en espacio y confort.

Representación teatral de los niños de la Casa de la Beneficencia. / Pascual

Volviendo a la antigua Casas de Beneficencia había talleres de herrería con su fragua y de carpintería, con potentes sierras, inaugurados en 1944; talleres se sastrería, zapatería, alpargatería y de pintores, todos ellos dirigidos por maestros que eran empleados de la Diputación. Había escuelas con maestros como Jesús Alirangues o Inocente Mena, que era maestro de sordomudos; enfermería atendida por el doctor José Martino y los practicantes Gerardo Bollo y Ruiz Zafrilla. La huerta que abastecía a la propia casa, con su perro “Caracol” que mordía; vaquería y gorrinera, además del horno para abastecer el pan diario.

El día a día

Desde primera hora, hacia las siete de la mañana, las campanillas tocaban a misa y desayuno; luego, cada mochuelo a su olivo, como solía decirse: los niños de más de diez a la escuela, calentada por una estufa, con el maestro Alirangues; las niñas con la maestra sor Saturnia, y los niños con otra maestra, sor Rosario, que aún vive con sus 87 años. Era época de palmetas y de formación de filas a la hora de entrar a la escuela o de ir al comedor. Los talleres comenzaban su trabajo a las nueve de la mañana con los propios ruidos de las serrerías o los golpes del yunque de la fragua, y en la sastrería o zapatería se solía escuchar la radio.

Niños de la Casa de Beneficencia con flores a María. / Pascual

Por la tarde-noche funcionaba la academia de música, con estufa incluida. Las chicas sólo tenían las opciones de la escuela, los talleres de costurero para corte y confección y cómo no, los lavaderos, la cocina y la propia limpieza de la casa, teniendo como mandos a las hijas de la caridad, que serían unas 25, con una superiora. El tiempo de ocio se repartía en los patios jugando al frontón o al fútbol, pues existía el Club Deportivo Beneficencia, y en grandes salones en los que había billares o juegos de ping-pon, eso sí, siempre vigilados por celadores de estricto cumplimiento de los horarios.

Días de fiesta

Eso sólo ocurría los domingos. Los mayores de 14 o 15 años podían salir en pequeños grupos, previo permiso de la superiora, y los que tenían más de 18, sin mayores problemas que los que ponía “Juanillo” el portero, con sus gafas de culo de vaso, que era quien ponía las pegas, aunque se pasaba el tiempo leyendo novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Los más pequeños salían en fila por la calle, bien con los celadores o las monjas, teniendo como lugar de parada y encuentro, bien el Parque de San Julián o el Vivero de Santa Ana. Y allí, por el Vivero era donde los mozalbetes buscábamos a las chicas para al menos saludarlas con miradas más o menos cariñosas. Al cine no se podía ir y sólo todos juntos a algunas de las películas que se proyectaban en salón de actos de Palafox, actual Conservatorio de Música, desde “Balarrasa” a “Jeromín”, y algunas del Gordo y el Flaco, o sea Stan Laurel y Oliver Hardy. En ocasiones especiales pudimos ir en grupos a ver en el Xúcar “Los Diez Mandamientos” o “El Cid Campeador”, y en una ocasión a ver una película de Pili y Mili, dos actrices gemelas que fueron hasta la Casa a compartir la comida, que ese día fue especial.

Representación de 'Las Espigadoras'. / Pascual

Jamón solo un día al año

Quizá a quien ahora lo escuche le pueda sorprender, pero el día del Corpus Christi se comía huevo frito, que era todo un lujo, porque a ver cómo freían 500 huevos. Era más fácil darlos cocidos, pues para pelarlos ya había gente, como para pelar patatas, como hacíamos en la mili. Habitualmente se comían lentejas, judías pintas y blancas y algún día sopa de cocido, o sea, fideos…. El día de fiesta grande era el 27 de septiembre, festividad de San Vicente de Paúl. Era el único día del año en que se comía jamón. El menú era sopa de fideos; un trozo de chorizo duro con pimentón, parecido al de cantimpalo, que hacía una monja murciana unos meses antes, cuando había matazón, una pieza de jamón de cierto grosor y de postre melón.

El día de San Vicente los chicos hacían cadeneta de verbena, con papeles de colores de la Imprenta Provincial, que pegaban con engrudo. En la carpintería se hacía una vaquilla con rueda y pitones que se recogían en el matadero que estaba donde ahora el Polideportivo El Sargal.

La Virgen de Fátima, en procesión, pasa por la puerta de la Beneficencia en 1958. / Pascual

Un toro suelto

Un día se escapó un toro del matadero y entró en el edificio de Casa Cuna y Maternidad. Bajaba la portera por la escalera con su cena y vio a un hombre subido en el techo del ascensor y le dice, ¡pero qué hace usted ahí! Y él le contesta: ¡Señora, súbase enseguida que hay un toro en su portería!… Menudo lío hasta que sacaron al toro y todos los niños asomados en la azotea que daba a la calle de Colón….

El día del patrón

El astgronauta Armstrong como 'judas' en la Bene en 1969, el año de la llegada a la Luna. / Archivo José Vicente Ávila

Aparte de la obligada misa en la capilla en la que estaban las imágenes de San Vicente y la Milagrosa, que era la otra fiesta grande, se celebraba un concierto por la Banda de Música Provincial, que era la de la Casa, dirigida por el maestro Daniel Muñoz, conocido por “El burrillo”, en el que se solía tocar “El sitio de Zaragoza”, los pasodobles “Banderas moradas”, “Amparito Roca” y “Camino de rosas”, entre otros. La vaquilla recorría el patio grande e incluso se hacía un “judas”, un muñeco, similar a los que entonces tiraban a la vaca en San Mateo. En 1969 se hizo un “judas” astronauta, que se colgó con una cuerda entre los pabellones de la residencia, emulando a Armstrong. Se jugaba un partido de fútbol con los colores del Real Madrid y del Athletic de Bilbao, que era el club al que emulaba el C.D. Beneficencia y por la noche se quemaba “el judas”, que otro año fue “Urtain”, mientras se bebía una azucarada zurra que prepara sor Benita, la cocinera. Con la llegada de la televisión se organizaron concursos de “cesta y puntos” y de canciones… La otra fiesta en la Casa era el 27 de noviembre, festividad de la Milagrosa, pero con el frío todo quedaba relegado a la misa solemne y alguna actuación teatral, que se celebraba en el amplio comedor en un escenario.

Festival de música y teatro

Al año había varias representaciones teatrales y musicales, que llamábamos comedias, bien en cumpleaños de la superiora de turno, en estas festividades o Navidad. Se montaba un gran escenario en cuyo telón figuraba el paraje de la Bajada a las Angustias, y el responsable del montaje y de caracterizar a los actuantes era Eliseo Molina, maestro sastre, pero que era un experto para dirigir teatro y pintar las caras o elegir la ropa adecuada. Actuaban chicos de la casa o que ya estaban en la calle y se les llamaba, como por ejemplo José Bustos, que era un buen actor, o el más popular de todos, José Navalón, conocido como “Trompetilla”, que sólo verlo aparecer ya provocaba las risas. El llamado Cuadro Artístico interpretaban obras como “Los dos sargentos”, “Derecho de asilo”, “Hambre atrasada”, “El tío Gaviota”, “¡Qué viene el ministro!”, “El gitano Tijeras”, “que era un sainete que me tocó hacer a mí”, dice José Vicente, “El maestro Canillas”, “La Casa Grande” y otros juguetes cómicos, canciones y recitales en prosa y verso. En una ocasión asistió a una de las veladas el obispo, que viendo las grandes dotes artísticas de los jóvenes actores, le preguntó al presidente de la Diputación, que estaba a su lado, que si en efecto eran jóvenes de la Casa de Beneficencia los que actuaban.

Equipo de fútbol

Si tenemos en cuenta que el fútbol en Cuenca comenzó entre 1922 y 1924, el C.D. Beneficencia era uno de los más antiguos, pues se fundó el 7 de diciembre de 1930 y ganó varios campeonatos. Fue uno de los equipos que inauguraron el entonces conocido “stadium” de La Fuensanta. Lucía los colores del Athletic Club de Bilbao, pues su filosofía era de que jugasen solo chicos de la casa o que habían estado en ella o tenían alguna relación por trabajo o de amistades. Jugadores de la “Bene” como los Taravilla o José González jugaron en la Balompédica Conquense, sin dejar de citar a otros futbolistas como Peytaví, Severiano, Vicentín y el tan famoso Félix Falcón Ramírez, delantero “a la vieja usanza” del que se contaron muchas anécdotas, tanto en la capital como en la provincia.

Club Deportivo Beneficencia con Falcón en el centro. / Pascual

Félix Falcón Ramírez

A las nuevas generaciones de conquenses el nombre de Félix Falcón Ramírez quizá no les diga mucho, pero este conquense nacido en Villalba del Rey, cosa que llevaba muy a gala, que se educó como bien solía decir en la Casa de Beneficencia, dejó huella por su buen hacer, tanto en la parcela deportiva como en la parcela de la enseñanza en tiempos difíciles, allá por la década de los cincuenta y los sesenta.

Falcón, conocido cariñosamente como “El Manquillo”, brilló en el fútbol local conquense y su minusvalía en una mano no le impidió pelear con los defensores rivales y meter goles de fuertes cañonazos “a lo Puskas”. Además de ser un recordado delantero del futbol local, con sus enfrentamientos con equipos como el Trampolín, Obras Públicas, el Palillo, Las Pedroñeras, El Provencio, San José Obrero o San Antón, fue un embajador de Cuenca y de la Casa donde estuviera, primero en Madrid y luego en Zaragoza, donde trabajaba como logopeda en el Hospital Miguel Servet. Ayudó a mucha gente a colocarse y siempre su casa estuvo abierta para sus “compañeros del colegio” como él decía. Cuando iba el Conquense a jugar a Zaragoza allí estaba el primero. Una gran persona que falleció hace dos años.

En 1967 la Casa de Beneficencia pasa a llamarse Residencia Sagrado Corazón de Jesús y con el paso de los años, pasa a ser, como hemos dicho al comienzo, en Residencia para Mayores.

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?