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Liebres

Este verano de 2017 hemos conseguido, el planeta Tierra y yo, lo que parecía imposible: vivir un verano tan laaargo como aquellos de la adolescencia. Tan largo que llevamos, la Tierra y yo, en un idilio que dura ya 4 meses enteros y una semana larga. La cosa empezó como si tal cosa, es decir, como todos los veranos, pero esta vez sin un respiro. Si hubo una tormenta, no la consigné, porque al infinito calor le dio lo mismo. Sí consigné una lagartija, tres saltamontes y ninguna luciérnaga. Y sobre todo consigné los dos mil mohínos, por otro nombre rabilargos, con los que repartí los higos de 2 higueras y las uvas de cuatro parras. Sin embargo, lo más llamativo fueron las 2 liebres que cruzaron, tan campantes ellas, por delante de mí. Y como si tal cosa, como si fueran ciegas, porque no huyeron al verme. Es más, vinieron muchas más veces, por las mañanas, no se sabe si a comer hierba o a beber agua. Eran unas liebres insólitas: no tenían prisa, andaban por allí como por su casa y sólo se sabía que eran liebres porque tenían cuerpo de liebre y orejas de liebre. ¿Serán liebres domésticas, escapadas de una granja? Pero como el cuadro siguió repitiéndose cada dos o tres días, opté por pensar lo de siempre: que el cambio climático, además de dejar a los pájaros sin nada que llevarse al pico como no fueran las uvas o el pienso de la gata, había transfigurado la natural naturaleza de las liebres.

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