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El Estilita

Mejor que pésimo

Fue más o menos así: yo llegaba tarde a la manifestación a favor de la unidad de España que estaba teniendo lugar en el Obelisco porque las obras de Linares Rivas había convertido el acceso más directo en una ratonera para los sufridos conductores. Al final, había conseguido aparcar en Federico Tapia y recorrí Los Cantones a la carrera, pero para cuando llegué al monumento, todos el mundo ya estaba allí: los amantes de la patria, casi todos jubilados de esos que pasean entrañablemente a sus nietos, ocupaban el extremo más cercano al parterre con el dibujo de la Torre de Hércules, mientras que los luchadores por la libertad de los pueblos sometidos ocupaban el extremo de la Rúa Nova, sosteniendo una enorme pancarta que exigía la expulsión de los fascistas, cuya protesta pretendían reventar. En medio, una línea de policías acorazados plantaba cara a los contramanifestantes. Entre ambos grupos de banderas y peinetas (pero encontrándose bastante más cerca de los forofos de la selección nacional) se hallaba un puñado de periodistas y fotógrafos.

La razón de que mis compañeros gravitaran hacia la esfera unionista era muy sencilla: los independentistas intercalaban entre sus soflamas en las que prometían que A Coruña sería la tumba del fascismo, críticas a la labor de los medios de comunicación. "¡Prensa española, manipuladora!", que hacían pensar a mis colegas que sus preguntas no serían bien recibidas. A unos cuantos metros de ellos, estimulado por la carrera que acababa de pegarme, y puede que por la presencia de los policías, levanté las manos como un saludo e incliné la cabeza en agradecimiento hacia mis detractores por esa mención tan sentida. "Me largo, no quiero que me vean contigo", me dijo una compañera que se había acercado a mí.

Ojalá esa hubiera sido la primera vez que una chica me dice eso. Y ojalá hubiera sido la primera vez que me acusaban de manipulación. En realidad, la dignidad de la profesión está tan por los suelos que he llegado a sentir cierto alivio por la existencia de los políticos, porque su existencia es lo único que evita que seamos el oficio más denostado del mundo. Igual que se ha convertido en un valor para el público que un candidato no sea un 'político profesional', una persona criada en las juventudes de un partido, sino un empresario, un tecnócrata o un activista. Y en el caso de los medios de comunicación, hay muchos que prefieren informarse a través de las redes sociales, convencidos de que en el boca a boca digital que se encuentra detrás de cada comando de 'compartir' se halla la verdad que les ocultan los medios vendidos a los anunciantes.

Mientras se desarrollaba la jornada 1-O, Twitter zumbaba y Facebook echaba humo: la imagen de una señora mayor, con la cara cruzada por supuesta sangre, se compartió un millón de veces; la declaración de Marta Torrecilla asegurando que los antidisturbios le habrían roto los dedos "uno a uno"; imágenes de una carga policial y de gente sangrando, que en realidad habían realizado los Mossos d´Esquadra en 2014... Los independentistas denunciaron las imágenes televisivas de un antidisturbios saltando sobre la gente apelotonada en el suelo, defendiendo las urnas. Los antidisturbios denunciaron que no habían salido al aire las provocaciones que habían sufrido antes de actuar así. Los nacionalistas denunciaron la violación de la democracia y los unionistas denunciaron la violación de la ley. Los manifestantes gritaban ante la Jefatura de Policía Nacional: "¡Prensa española, manipuladora!"

Para mí, lo importante de la jornada no fue el resultado de los comicios, sino que las redes sociales se habían revelado como incapaces de transmitir verdadera información y la ciudadanía que transmitía al mundo lo que ocurría con sus móviles, unos aficionados tan dispuestos a manipular como los profesionales. No es que se lo reproche: la imparcialidad es un estado tan difícil de alcanzar como la felicidad. Solo se consigue a ratos y el secreto para conseguirlo es el mismo: que no te importe mucho nada. Tras la protesta del Obelisco, había vuelto corriendo a la redacción y me había sentado a escribir la crónica. Para el titular escogí la mayor barbaridad que había oído, la más impactante, la que más molaba, la que la gente se molestaría en leer pero, sobre todo, una que se había pronunciado: "Cruce de banderas y peinetas: '¡Aún queda sitio en Paracuellos, abuelo!'". La colgué en Facebook y un conocido, pro independentista y gran persona, lo calificó de "pésima muestra de periodismo". Otro colega le apretó las cuerdas hasta que le obligó a matizar: "De acuerdo, no es pésimo, es malo": Para mí, eso ya fue una victoria.

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