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Adolfo de Castro, a puño y letra

La biblioteca Celestino Mutis guarda los manuscritos con los que el exalcalde de Cádiz justificó su puesto de bibliotecario

Uno de los textos manuscritos por Adolfo de Castro para la biblioteca municipal de Cádiz /

Ser alcalde no te garantiza la gloria. Lo supo bien Adolfo de Castro, quien ostentó ese puesto en Cádiz entre 1855 y 1856. Poliédrico, intenso, tramposo, desdichado. Aunque llegó a conseguir por momentos el respeto social y literario que ansiaba, terminó sumido en el descrédito. Muy arruinado, casi al final de su vida, pidió trabajo en el Ayuntamiento. "¿Qué sabe usted hacer?", le dijeron. "Sé de libros", contestó. Así se convirtió en el primer bibliotecario municipal de Cádiz gracias a una plaza que crearon para él a cambio de que cediera cada año 200 títulos de su biblioteca personal. Cuando se le acabaron, se puso a copiar libros a puño y letra. Esos manuscritos cedidos por Adolfo de Castro se guardan en la Biblioteca Municipal Celestino Mutis. Libros que hablan de esta singular figura gaditana.

"Adolfo de Castro es uno de los grandes olvidados de la historia de Cádiz", explica su biógrafa Yolanda Vallejo (Adolfo de Castro: su tiempo, su vida y su obra), trabajadora, además, en la biblioteca Celestino Mutis. Pese a todo, Vallejo cree que aunque no alcanzó la popularidad de Fermín Salvochea ni la memoria añorada de Cayetano del toro, "su paso por la alcaldía fue quizá uno de los más rompedores de la historia". Lo argumenta en que cambio por completo el nomenclátor de la ciudad y fue uno de los primeros en pensar que el futuro de Cádiz debía venir definido por el turismo. Para ello, inició los trámites de la llegada del ferrocarril y diseñó la estación junto al puerto.

La otra faceta conocida de Adolfo de Castro fue la de escritor. Aunque su obra más popular fue una impostura. "Él escribió 'El buscapié', pero dijo haberla encontrado en un baratillo e hizo creer que era de Cervantes. De hecho, la Real Academia Española lo publicaba como apéndice de El Quijote", explica Vallejo. Después de su muerte, su viuda llegó a pedir los derechos de 'El buscapié', y la RAE le recordó que su marido siempre había defendido la autoría cervantina. Adolfo de Castro nunca llegó a reconocer en vida que la obra era suya, aunque la polémica le saltara en la cara y empezara a granjearse fama de mentiroso en los círculos literarios.

Fue alcalde, gobernador civil, académico gracias a su creciente biblioteca. Pero los vaivenes políticos y su progresivo descrédito le fueron convirtiendo en un hombre pobre, con una familia a su cargo. Así que tuvo que casi mendigar un puesto en el Ayuntamiento. Lo consiguió con ese curioso acuerdo. Tendría plaza de bibliotecario, pero, a cambio, debía donar 200 libros al año de su valiosa biblioteca. Esos libros pasarían a integrar los fondos de la recién creada biblioteca municipal. Fue un caso curioso. Primero se creó la plaza de bibliotecario, y de él nació la primera biblioteca.

Se calcula que llegó a donar 1.400 títulos entre 1891 a 1898, fecha de su muerte. Donó monografías, prensa, y muchos manuscritos. Cuando agotó todos los libros que tenía en casa, se puso a copiar textos de todo tipo para justificar el acuerdo de su plaza. Así se pueden encontrar en la Biblioteca Celestino Mutis, en el casco antiguo de la ciudad. Eran copias de otros libros, que le aceptaban en el Ayuntamiento entre comentarios jocosos. Los copiaba, los unía y los sellaba. Había prosa, verso e incluso obras de teatro como 'El tutor y la pupila', 'El avaro', 'Los currutacos mosqueados', o 'El tío conejo'. "Hay mucho texto de teatro inédito, ideal para los investigadores", cuenta Vallejo.

La primera biblioteca municipal de Cádiz se ubicó en un piso superior del Ayuntamiento, donde se instaló Adolfo de Castro. Tras su muerte, la biblioteca municipal permaneció allí hasta mediados del siglo XX. Después cambió al Palillero, después a Isabel la Católica y ahora está en su actual sede, una casa de comerciantes en el número 17 de la calle San Miguel. Ahora esa biblioteca se llama Celestino Mutis (el gran botánico gaditano) y no Adolfo de Castro. Otra muestra de su desdicha.

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