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Mario Ocaña

‘Fracaso absoluto’

Me cuesta mucho comprender, excluyendo por supuesto la enajenación mental, a partir de qué principios el abortado estado independiente de Cataluña pretendía sustentar y justificar el origen de su poder contra un estado democrático de pleno derecho como es España

Firma Mario Ocaña, "Fracaso absoluto"

Escribo esta página después de haber asistido a una semana frenética para la vida política española. Hoy, transcurrido un tiempo desde la declaración de independencia y la creación de la república de Cataluña, y sin que ningún estado del planeta haya reconocido tal acto, el independentismo catalán debería, si es que todavía es capaz de mirar al mañana con un mínimo de objetividad y esperanza, realizar una profunda reflexión que los llevase a salir huyendo de la burbuja surrealista en la que se han embarcado.

Ayer domingo, miles de catalanes que no tienen ningún problema en sentirse al mismo tiempo españoles y europeos, salieron a la calle para que se les vea, para recuperar un espacio público ocupado por la insensatez y la intolerancia excluyente por demasiado tiempo y en el que, en los últimos años, la minoría independentista ha actuado como si fuesen el pensamiento político único del territorio.

Me cuesta mucho comprender, excluyendo por supuesto la enajenación mental, a partir de qué principios el abortado estado independiente de Cataluña pretendía sustentar y justificar el origen de su poder contra un estado democrático de pleno derecho como es España y la Unión Europea.

Es difícil colocarse al margen de las leyes supremas, de la Constitución española y del ordenamiento europeo, y cuando se llevan a cabo estas acciones las consecuencias que derivan de las mismas suelen ser perjudiciales en especial para los miembros del pueblo llano que ven en peligro la estabilidad familiar, social y económica más próxima y cotidiana.

Ahora, ante tanta desmesura, el control de la Generalitat catalana está en manos del gobierno central. Leo que algunos ex altos cargos del mismo no se dan por aludidos y perseveran en su actitud de ceguera política, desobediencia a las decisiones adoptadas por el gobierno central y desprecio de las instituciones democráticas españolas y catalanas. Pienso que en esa actitud hay más de protagonismo personal que de defensa de los intereses colectivos de los habitantes de Cataluña, con independencia de lo que cada uno de ellos piense políticamente.

Si el expresidente Puigdemont no es capaz de ver que está solo ante la comunidad internacional, que ha provocado un daño enorme a la boyante economía de Cataluña, que los apoyos políticos que tiene por la izquierda no dudarían en ningún momento en sacrificarlo en aras de una Cataluña antisistema e intolerante, lo mejor que podría hacer es aceptar que Utopía no es más que un ensayo escrito por Tomás Moro a principios del XVI, ser autocrítico y retirarse sin hacer mucho ruido, si es que lo dejan.

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