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Cuatro leyendas de Cuenca en el entorno del santuario de las Angustias

“La cruz del convertido”, “La cruz de los Descalzos, “La cruz del soldado enamorado” y “La fuente de los suspiros” son los títulos de las cuatro leyendas que distintos autores conquenses sitúan en ese espacio mágico entre las Angustias y el convento de los Descalzos

Detalle de la fotografía 'Penitentes en Cuenca, 1939-1940'. /

Esta semana, en Hoy por Hoy Cuenca, en la sección Páginas de mi Desván con José Vicente Ávila contamos leyendas. Recuperamos hasta cuatro historias con un nexo común, todas se desarrollan en el entorno del santuario de la Virgen de las Angustias de Cuenca. Estos son los títulos de los relatos: “La cruz del convertido”, “La cruz de los Descalzos, “La cruz del soldado enamorado” y “La fuente de los suspiros”.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Son más de un centenar las leyendas de Cuenca, muchas de ellas recogidas en tres tomos por la escritora María Luisa Vallejo, nacida en Villar de Cañas en 1901 y fallecida en Cuenca en 1992. Ella popularizó la leyenda de la “Cruz de los Descalzos”, una de las más conocidas y representadas. También se hicieron eco de estas leyendas o aportaron otras historias escritores como José Luis Lucas Aledón, Heliodoro Cordente “Dorito”, Antonio Porral y Miguel Tirado Zarco.

La cruz del convertido

María Luisa Vallejo sitúa esta leyenda en 1581, año en el que llegan a Cuenca los escultores Giralte de Flugo y Diego de Tiedra y se acercan a realizar unos trabajos en el convento de los Descalzos. Giralte había prometido no trabajar más como imaginero de templos cristianos por haber muerto su hijo, de veinte años, cayendo de un andamio cuando trabajaba a gran altura en una iglesia. Tras el largo y sinuoso camino se sentaron a descansar a la sombra de un gran álamo que estaba en el atrio del convento de los Descalzos.

De pronto se desencadenó una gran tormenta. Parecía como si los empinados riscos de la Hoz fueran a desgajarse sobre él. Diego de Tiedra fue a resguardarse de la tormenta junto al convento, pero Giralte, entre horribles blasfemias, se negó a seguir a su compañero. ¡Antes moriría cien veces que buscar asilo en sitio sagrado!, se decía para sí Giralte, que se había hecho luterano a consecuencia de la muerte de su hijo.

Pórtico de las Angustias en una fotografía de 1858. / Charles Soulier

La tormenta arreciaba y una chispa eléctrica cayó sobre el álamo, derribándolo sobre el suelo y arrastrando el cuerpo de Giralte. Los frailes del convento salieron y recogieron el cuerpo exánime del imaginero blasfemo, que se fue recuperando durante unos días, invitándole los religiosos a entrar en la iglesia, tras convencerlo durante bastante tiempo, y al entrar y ver a la Virgen de las Angustias con su Hijo en brazos, dijo gritando emocionado: -¡Es ella! ¡Es mi hijo! ¡Mi esposa con el cuerpo de mi hijo en brazos!

Relata María Luisa Vallejo que el imaginero, tras su reconversión, se despidió de Diego de Tiedra y entró en el convento y “como recuerdo de gratitud al milagro doble de su salvación, labró la cruz de piedra”.

La cruz de los Descalzos

El resumen de esta historia, que tiene su parte central en la noche de Todos los Santos, es que en la Cuenca del siglo XVIII apareció por la ciudad una guapa y joven despampanante llamada Diana, que llamó mucho la atención durante los días del verano, y desapareció, hasta que volvió a pasearse por la ciudad en los días del otoño. Por allí andaba Diego, que era un calavera, que se dejó guiar por la guapísima y exuberante Diana, y juntos emprendieron su paseo solitario y amoroso por la Bajada de las Angustias, lejos del mundanal ruido. Y allí junto a la cruz de piedra se desarrolló esa escena final amorosa en la que Diego se apercibió con quien estaba. La joven, por dejar la elegante falda un poco subida sobre el zapatito de raso, en vez de ver un pie de mujer vio una peluda pata de cabra. En un alarido Diego se abrazó a la cruz, quedando grabada su mano, mientras la diabólica joven desapareció entre un torbellino de humo y llamas, oliendo a azufre.

Ilustración con tres leyendas de Cuenca. / Emilio Morales

La cruz del soldado enamorado

Existe otra curiosa, pero menos conocida leyenda en el entorno de las Angustias, según publicaba Heliodoro Cordente en Gaceta Conquense en el trabajo titulado “Las leyendas de la Cruz de los Descalzos”, inspirada en un suceso real. “Dorito” sitúa la leyenda en el mes de agosto del año 1706, cuando las tropas inglesas del general Hugo Widdham sitiaron Cuenca. Cinco mil ingleses luchando contra los ciudadanos, parapetados en la encastillada ciudad, en su fortaleza y rincones. La lucha más encarnizada se libraba en los alrededores de la ermita de San Bartolomé, situada frente al puente de los Descalzos, también conocido como puente de Carballido.

Diez soldados conquenses luchaban en el interior de la ermita intentando cortar el paso. Ante tan feroz y numeroso ataque, el fuego prendió en el artesonado de la ermita y las llamas se extendieron con rapidez hasta dejarla inservible, saliendo de ella los defensores, que murieron en la refriega y alguno quedó malherido. Tras la retirada de las tropas, acudieron a la destruida ermita los frailes franciscanos del cercano convento de los Descalzos de las Angustias.

Dibujo de la bajada a las Angustias. / Estrella Plaza

Allí encontraron los inertes cuerpos de los bravos defensores y entre ellos el de un joven soldado que se encontraba agonizante. El padre Francisco Buenaventura, guardián del convento, ordenó que se llevasen al herido hasta la sede monacal para prestarle los primeros auxilios, siendo lavadas sus heridas con vinagre.

Cuando el soldado recuperó el conocimiento, y viendo el estado en el que se encontraba, se confesó ante el fraile Buenaventura y le pidió que avisasen a una joven que vivía en la calle de San Pedro. Al llegar la dama al convento se abrazó al soldado herido y moribundo, ante la emoción contenida de los frailes descalzos.

El joven herido entregó a la joven dama un puñado de monedas de oro que tenía en el bolsillo como regalo de bodas, puesto que aquella misteriosa mujer era su prometida, con la que tenía pensado contraer matrimonio. Le propuso que con aquel dinero mandase construir una cruz en aquel lugar donde por última vez había abrazado y acariciado a su amada.

El soldado expiró en brazos de su prometida frente a la puerta del convento de los Descalzos y el fraile Francisco de Buenaventura fue el encargado de cumplir con el último deseo del joven defensor conquense y encomendó a los artífices de Arcos de la Cantera que labraran una cruz para que, una vez terminada, fuese colocada frente a la puerta del convento, en la bajada a las Angustias.

Relataba Heliodoro Cordente que la cruz tenía inscrita en la parte baja la fecha de 1708, que viene a coincidir con el relato de la invasión inglesa del general Hugo Widdham, pues esa batalla se libró en 1708.

La fuente de los suspiros

Esta leyenda fue publicada por María Luisa Vallejo en el tercer tomo de sus Leyendas, en 1982.

“A principios del siglo XVII, el vecindario conquense se vio sorprendido por un acontecimiento extraordinario. Se refería a una pequeña y silenciosa fuente que aún existe en el atrio del Santuario de las Angustias, conocida antaño como “la fuente de los suspiros”. Narra la autora que “eran los últimos días del mes de octubre, y ya habían empezado las novenas que en las distintas iglesias y conventos se aplicaban por los difuntos

Fue el caso, que Andrés, un enamorado mozalbete, haciendo tiempo para visitar a su enamorada doncella, que habitaba en la parte alta de la ciudad, en la calle que entonces se llamaba de Pellejeros –después calle de Pilares o actualmente Severo Catalina, compartidos ambos nombres— con el fin de pasar desapercibido marchó calle adelante de la “Bajada de las Angustias” para admirar tan bello paraje.

Ilustración del santuario de las Angustias. / Luis Roibal

Era una hermosa noche de luna, cuyo astro iluminaba con tal refulgencia y nitidez que se veía casi como de día. -Buena sesión tendré, viendo a placer el precioso rostro de Rosarillo.

El joven se sentía dichoso con sus amorosos pensamientos.

--Verdaderamente que estos grandiosos paisajes, parecen hechos por titanes embrujados.

El silencio era absoluto. Tan solo si cruzaba algún ave nocturna, que aumentaba el embrujo de este poético lugar.

Unos minutos antes de llegar a la plazoleta, recreándose al mirar aquellos peñascos que, aunque los había visto muchas veces, esta noche le parecieron distintos…

(…) Se detuvo unos instantes y entonces creyó percibir un ténue rumor como de lloros y suspiros…

Sorprendido e intrigado, bajó unos pasos más y resguardándose en la sombra de los grandiosos riscos, se dispuso a averiguar qué eran los rumores que había oído. (…)

Se hizo el silencio, sólo se oía el rumor de la fuente… Esperó un poco más y como nada volvió a oír, pensó para sí:

--Me marcho. Creí que alguien, algunos, andaban por ahí abajo…

-Ya se acerca la hora de ver a mi Rosarillo. ¡Vamos hacia arriba!

No había terminado de reflexionar esto, cuando nuevamente creyó oír los ruidos de antes. Volvió a ocultarse bajo la sombra de los peñascos, escuchando atentamente.

Unos sonidos, como lloros reprimidos, como suspiros entrecortados, cada vez más cercanos a la entrada de la plazuela, oyó distintamente.

-Si salgo de esta sombra, --pensó—me van a ver esos “geremías”, que pasean sus penas por este precioso paraje.

Se quedó un tiempo parado y pensando… Sacó un poco la cabeza y vio no una, sino varias siluetas confusas, todas mezcladas, que iban hacia la fuente, se detenían en ella y entre suspiros angustiosos, bebían agua, continuando su recorrido por la plazuela sin dejar de suspirar y emitir murmullos, que Andrés no pudo comprender.

Sorprendido y paralizado quedó el muchacho.

Un escalofrío de miedo recorrió su cuerpo, comprendió que aquella fantástica reunión, en aquel sitio y aquella hora, no era cosa natural: algo terrible significaba aquello.

Ya no tuvo ánimo de esperar más. Corriendo subió la empinada cuesta hasta la calle de Pilares, y más muerto que vivo, pudo, jadeante, decirle a su novia:

-Rosarillo. Una cosa misteriosa muy grande pasa en la plazuela del Santuario de la Virgen de las Angustias.

-¿Qué es? –preguntó Rosarillo, fijándose en la cara de su novio… -Algo terrible debe ser, cuando traes esa cara, que parece de muerto… ¿Qué has visto?

-Una procesión, que más que personas parecen fantasmas, que entre lágrimas, sollozos ahogados y suspiros caminaban hacia la fuente, se detuvieron como a beber agua en ella y siguieron de igual forma su paseo.

¿Es que te estás inventando una novela?

-¿Novela? Si los hubieses visto como yo, no dirías eso.

Bajé a las Angustias paseándome, para hacer tiempo a que tu pudieras salir a tu ventana, sin testigos de vecinas curiosas y ¡eso es lo que ví, lo que te estoy contando…

Pasaron unos días. El fiel Andrés no faltó ninguna noche a la cita con su Rosarillo, pero ya no se atrevió a bajar a la plazoleta de los Franciscanos Descalzos. Los dos enamorados hablaron sobre lo que estaba sucediendo y decidieron contarlo a sus amigos, que pensaron que estaba loco.

-Os pido, dijo Andrés, un favor. Que de esto no digáis nada a nadie. A las doce de esta noche, después de la novena de ánimas y de cenar, nos reunimos en la Plaza Mayor y juntos bajamos a la explanada de las Angustias a ver lo que ocurre…

Con el mayor sigilo, los cuatro jóvenes bajaron sin hacer ruido hasta dar vista al atrio de las Angustias, tras cruzar el arco de piedra. Escondidos entre las sombras y tras las rocas, esperaron durante un rato, en una noche de luna clara, apacible y serena.

Serían como las doce y media, cuando Mangana les sobresaltó al dar una sonora campanada…

En ese momento, todavía el rumor de las campanadas estaba en el aire, cuando empezó aquel aquelarre: una fantástica procesión, viniendo como desde el punto opuesto al que ellos estaban, lentamente, empezaba a asomar por la subida del Júcar y con paso lento, musitando como una oración, empezaba el desfile hacia el centro del atrio.

Acerquémonos más, dijo Andrés en voz baja, a ver si escuchamos mejor:

--¡Perdón!, ¡piedad!, ¡penitencia!, creyeron entender los asustados mozos.

Igual que la noche que viera Andrés por primera vez este desfile, entre lamentos y suspiros, volvía a oírse, con entrecortados sollozos:

¡Perdón!, ¡piedad!, ¡misericordia!

Los cuatro jóvenes, como petrificados, siguieron observando, aunque pasmados de miedo.

-El grupo fantasmal, de ayes y lamentos, no era homogéneo. Unos parecían hombres, --los más--; otros mujeres. Unos caminaban derechos, lentamente; otros, como cojeando, incluso como si a algunos tuvieran que ayudarles a andar sus compañeros… Parecían espectros salidos de ultratumba…

Al cabo de un rato el grupo fantasmagórico, como alma en pena, fue desapareciendo. El reloj de Mangana daba dos sonoras campanadas que sirvieron de aviso a los cuatro vigilantes, ateridos de frío y con el miedo en el cuerpo, subieron en zancadas hasta la plaza.

Al día siguiente, toda la ciudad de Cuenca supo, conmovida, la procesión fantasmal que cuatro muchachos conquenses habían podido presenciar… Unos los creyeron, y otros pensaron que era una pesada broma…

Rosarillo comentó que como era el mes de noviembre, el mes de las ánimas, que los desdichados condenados que habían sido despeñados por aquellos parajes, por delitos cometidos, volvían esas noches de dolor y caridad cristiana, a purgar sus penas bebiendo en la fuente de los suspiros, ya que nadie rezaba por ellos.

Rosarillo le contó lo sucedido a su tío, que era sacerdote, y le pidió una misa de difuntos por el alma de los ajusticiados, puesto que parece ser lo que significan esas apariciones…

El tío de Rosarillo aplicó no sólo una misa, sino todo un novenario por los aparecidos, que pagaron los cuatro amigos. Termina su leyenda María Luisa Vallejo con estas palabras:

Y fuera cierto o no lo dicho por los cuatro mozos, ya no volvieron a verse los espectros, visitantes de la que yo bautizo con el poético nombre de “La Fuente de los suspiros”.

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