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Me confieso

Lo confieso, ante este último alto del 'procés', he tenido toda mi vida un pequeño, pero cierto, complejo de inferioridad frente a los catalanes. Era decir que algo lo habían comprado en Barcelona y considerar que automáticamente era mejor que lo que yo había comprado en la calle Cruz Conde.

Era mirar lo que hacía la Generalitat en cualquier tema y era pensar lo atrasados que estabamos en Andalucía. Era pisar Cataluña y ver sus fábricas, sus calles, sus edificios, su multiculturalidad, sus artistas, sus locales y era pensar en la modernidad. Era ver sus empresas, La Caixa, Sabadell, Agbar, Freixenet, Ferrer y las multinacionales allí instaladas y era sentir una envidia insana.

Pero de todo esto me ha curado -milagrosamente- el 'procés' porque el 'procés', el esperpénto de su parlamento, el sainete de su DUI, el vodevil de la huida de Puigdemont me han hecho ver que en Barcelona se compra lo mismo que en Córdoba, que su famosas instituciones de autogobierno están más atrasadas que las nuestras, pues no saben respetar a las minorias.

Que sus políticos llevan dos siglos de retraso sin la gallardía de los antiguos, que la mayoría de los catalanes no tienen cultura democrática, pues aún no comprenden el concepto básico de estado de derecho.

El sainete simbólico del 'procés' me ha hecho ver que Cataluña no era mejor que el resto de España, si acaso es la parte más rica y a la vez, más bananera.

El 'proces' me ha curado de mi complejo andalúz de inferioridad, igual que un gol del niño Torres, me curó en el año 08' del que tenía con Alemania, eso sí, fue una terapia mucho más barata.

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