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El Stradivarius de Campillo de Altobuey y la repatriación de una niña desde Brasil

Rescatamos de la intrahistoria de este pueblo conquense dos noticias que tuvieron gran repercusión en su día: las gestiones para repatriar a una niña huérfana a finales del siglo XIX y el hallazgo de un violín en 1966

Una diligencia en Campillo de Altobuey. /

El espacio Páginas de mi desván de José Vicente Ávila en Hoy por Hoy Cuenca, nos lleva esta semana hasta la localidad conquense de Campillo de Altobuey para conocer dos historias ligadas a este municipio conquense: la niña huérfana repatriada de Brasil y el hallazgo de un Stradivarius en casa del herrero.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

La niña de Brasil

Conviene señalar que en 1893 Campillo de Altobuey contaba con 3.600 habitantes y comenzaban ya en España los movimientos migratorios hacia Buenos Aires y Brasil y otros países. La historia se inicia en el mes de mayo de ese año de 1893 cuando el matrimonio formado por Balbino Sahuquillo y Fernanda Ruiz emigra a Brasil desde Campillo, llevándose también a su hija, Francisca, de dos años de edad, nacida en la localidad campillana en octubre de 189. El penoso viaje desde Campillo hasta Valencia lo hicieron en aquellas carretas y diligencias que tardaban casi dos días en hacer el trayecto y poder embarcar en el puerto valenciano, rumbo a Barcelona, comienzo de la travesía en barco hasta Brasil que tardaba casi un mes, en unas condiciones bastante precarias.

Barco 'Orissa'. / Los barcos de la emigración

Según se publicaba en el periódico conquense El Correo Católico en su edición del 5 de febrero de 1898, Balbino falleció repentinamente el 11 de abril de 1896 y su mujer Fernanda en un hospital de Río de Janeiro el 10 de agosto del mismo año. La tragedia no podía ser mayor para la niña, que quedaba huérfana. Como se dice en la reseña del semanario, “muertos estos infelices emigrantes, la niña Francisca fue recogida por un zapatero español llamado José Calvo Ochoa, que vivía en la Rua do Carmo, número 30 de Río de Janeiro, muy cerca de donde residían Balbino y Fernanda.

Ante la situación que se le presentaba, el zapatero, que había tenido una relación con la familia más cercana, tras la muerte de Balbino, había anotado la dirección de los abuelos de Francisca en Campillo de Altobuey. Calvo Ochoa escribió una carta a los abuelos, explicándoles el problema que tenía con la niña, y en su misiva les pedía 30 o 40 duros para embarcarla con destino a España, pues él no podía hacerse cargo de la pequeña, pues sus padres apenas si habían ahorrado dinero por los pocos años que llevaban en Río de Janeiro.

Las abuelas de la niña, al recibir la carta, se alegraron de tener noticias de la nieta, pero enseguida mostraron su gran preocupación, dado que como recoge la reseña periodística, “eran unas pobres mujeres sin apenas recursos”. Ante la gravedad de la situación de no poder pagar el embarque de la nieta se fueron a la parroquia de San Andrés, de la localidad campillana, regida entonces por el sacerdote Gerardo González García, a quien le llevaron la carta en las que el zapatero Ochoa les pedía el dinero. El cura escuchó con atención la súplica de las dos abuelas, y tras pensar en cómo se podía resolver el asunto dirigió un escrito al ministro de Estado, Segismundo Moret, pidiendo con todos los argumentos de la orfandad de la niña y su situación, que se solicitase la repatriación de Francisca Sahuquillo por el propio Gobierno.

Con fecha 6 de febrero de 1897, el ministro Moret contestó a la carta del cura párroco de Campillo, manifestando que una vez practicadas las oportunas gestiones por el cónsul de España en Río de Janeiro, resulta que el zapatero José Calvo Ochoa ya no pedía los 40 duros, de su inicial misiva, sino que para entregar a la niña exigía que se le indemnizasen los gastos que había tenido como manutención y otros gastos, a razón de 40.000 reis mensuales, que era la moneda que entonces circulaba en Brasil. Además, señalaba el Ministerio de Ultramar, que era preciso que en el viaje acompañase a la niña de cinco años una persona mayor. En resumen, que el ministro Moret terminaba su misiva diciendo que el Estado no podía abonar ni la indemnización al zapatero Calvo ni los gastos de pasaje de la persona que acompañase a la niña.

Campillo de Altobuey hacia 1900. / Foro Campillo

La carta del ministro dejó un tanto atribulado a don Gerardo González, el cura de Campillo, que no se conformó con esa respuesta, y siempre pensando que la niña huérfana pudiese regresar a su casa con sus abuelas, hizo otro escrito, en este caso dirigido personalmente a la Reina consorte, María Cristina, conocida popularmente como “doña Virtudes”, en la que le relataba las penurias de aquella niña huérfana en Río de Janeiro, tan alejada de su patria y exponiendo las virtudes que adornaban a la reina a la hora de solucionar problemas. La carta a la reina María Cristina hizo efecto y el Ministerio de Estado volvió a recabar datos sobre el paradero y la situación de la niña Francisca Sahuquillo, que ya iba a cumplir seis años.

Dado que había pasado cierto tiempo, el zapatero Calvo Ochoa manifestó que entregaría a la niña previa la indemnización de 300.000 reis o reales portugueses. A ello había que sumar que el pasaje de la persona que acompañaba a Francisca costaba 132.000 reis. Es decir, que entre unas cosas y otras hacían falta 500.000 reis en papel, que al cambo eran unas 500 pesetas de plata de aquella época, para que la niña saliese de Río de Janeiro. La carta del Ministerio volvía a dejar apesadumbradas al cura y a las abuelas, dado que se puntualizaba que, si la familia no pagaba los gastos, el Estado no podía hacer nada.

No se rindió ni mucho menos el párroco Gerardo González, ante la nueva respuesta negativa del Ministerio dedicado a los problemas de ultramar, y de nuevo removió Roma con Santiago, y nunca mejor dicho, exponiendo el problema igualmente al obispo Pelayo González Conde para que estuviera al tanto, así como del gobernador civil. El cura de Campillo mandó otra carta al ministro de Estado, adjuntando junto a su nuevo escrito un certificado de pobreza de las abuelas y de la propia niña, huérfana y desamparada, implorando su mediación. Esta vez el Ministerio sí tuvo en cuenta las razonadas peticiones para la repatriación de la niña, y después del farragoso papeleo ante el Consulado español en Río de Janeiro, “la pobre huérfana de Campillo pudo embarcar el 20 de octubre en el vapor italiano Perseo, que llegó a Barcelona el 4 de noviembre de 1897, quince meses después de la muerte de su madre. Suponemos que el zapatero Calvo Ochoa debió cobrar los gastos de la manutención, aunque en la crónica no se aclara quién acompañó a la niña.

Imagen de Campillo de Altobuey en los años 60 del siglo XX. / todocoleccion.net

Tras la llegada a la Ciudad Condal, Francisca Sahuquillo fue acompañada por responsables del Estado, que entregaron a la niña en Cuenca al gobernador civil, Gerónimo Arenas, quedando ésta residiendo de manera temporal en el departamento de niñas de la Casa de Beneficencia. El 30 de noviembre la huérfana campillana fue recogida por el cura párroco de Campillo de Altobuey, en representación de las abuelas, siendo entregada a sus más directos familiares el 11 de diciembre, entre la desbordada alegría de las abuelas, familiares y vecinos, pese a la tristeza que les embargaba por la muerte de Balbino y Fernanda, que habían viajado a Brasil buscando nuevos horizontes, y allí se quedaron para siempre.

Es justo resaltar la actuación que tuvo el cura Gerardo González García para lograr la repatriación de Francisca Sahuquillo, abandonada en tierras tan lejanas, insistiendo en sus peticiones pese a las primeras negativas ministeriales para el pago de los gastos, contando con la ayuda del padre provincial de los Trinitarios de Madrid, fray Fernando de San Juan Bautista.

El Stradivarius del herrero

En los primeros días del verano de 1966 la aparición de un Stradivarius formó todo el revuelo que se pueda imaginar en Campillo de Altobuey, que por entonces tenía 2.500 habitantes, y enseguida la prensa local y nacional se hizo eco del extraordinario suceso. Martín Álvarez Chirveches, que era corresponsal de Abc, daba la noticia en este periódico nacional comentando, tras la introducción de la noticia titulada “Un Stradivarius en Campillo de Altobuey”: “Resulta muy extraño que en pueblos tradicionalmente labriegos aparezca un Stradivarius. No recordamos, pese a nuestro contacto con las noticias y crónicas de tiempos pasados, un hecho similar como el ocurrido en el pueblo de Campillo de Altobuey, el del mucho y rico azafrán, pueblo de fértil labranza y de gentes bien avenidas.

Violín Stradivarius. / wikipedia.org

Y añadía: “Aquí, en un conjunto de edificios y de tierras que cabalgan prácticamente sobre el punto donde se funden la Sierra y la Mancha, un violín resuena hoy con ecos de gran noticia, pese a que después de tantos años colgado sobre las paredes en donde antaño se guardaba el trigo, le falten las cuerdas”.

Es su dueño el herrero don Santiago Sahuquillo Huerta, aunque lo sea por su matrimonio con doña Lorenza Linuesa Luján, que fue quien heredó este posible Stradivarius de su padre, que a su vez lo había heredado de su abuelo. El matrimonio tiene tres hijas –María Victoria, Emilia y Angelita--, que cuidan de una peluquería en donde por cierto se obtuvo la primera versión sobre el valor de ese violín que conservaban en la casa como un recuerdo de familia”.

“Fue en la peluquería”, escribía Álvarez Chirveches, “donde una de las chicas leyó una noticia aparecida en la página de un periódico atrasado y que llegó allí en la envoltura de un bocadillo. Con cierto asombro comprobó que en no sé qué lugar del mundo se había pagado una fuerte suma por un Stradivarius. De inmediato recordó que aquel violín que nunca habían querido vender llevaba un nombre similar en el fondo de la caja”.

Y efectivamente, en la caja pudieron comprobar que aparecía la siguiente inscripción: “Antonius Stradivarius Cremonensis, aciebat anno 17”, y un círculo con las iniciales y la cruz característica de estos instrumentos firmados por Stradivarius.

La noticia apareció en toda la prensa nacional e incluso en el bisemanario de Igualada se publicaba este suelto: “Apareció la «herradura de la suerte» en forma de Stradivarius”. “Ha aparecido un violín que se dice es un «Stradivarius» en casa de un herrero llamado Santiago Sahuquillo Huerta, del pueblo de Campillo de Altobuey (Cuenca). El violín lo tenían abandonado y había sido heredado de padres a hijos, sin que nadie le diera importancia”. En la edición de “La Vanguardia” del 2 de julio de 1966 y con el título “Los hallazgos insólitos” comentaba ERO: “Creo que escribí una crónica a propósito de dos “Stradivarius” aparecidos en La Mancha no hace acaso dos años. Y debo recordar, aunque no sea más que por costumbre, a ese instrumento abandonado en el transcurso de varias generaciones y que fue apresado entre la niebla de la indiferencia en el pueblo conquense de Campillo de Altobuey”.

“Al revés del Patrimonio Nacional, que guarda como oro en paño su colección de “Stradivarius” en los salones del Palacio de Oriente, y los airea de tarde en tarde el concertino Luis Antón y sus compañeros de cuarteto interpretando alada música de cámara, la familia Sahuquillo no sólo tenía el suyo mudo y triste, sino que lo había dejado por inservible en el cuarto de los trastos inútiles”.

Tras mostrar su sorpresa por lo que entendía como “testimonio de aldeanismo”, ERO concluía su razonamiento señalando que “las casas labriegas de nuestras comarcas apenas han sido holladas por personas provistas de interés por el arte” y “es lo que seguramente aconteció en la localidad de Campillo de Altobuey con el “Stradivarius” incorporado al tesoro artístico nacional”.

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