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Gloria Sánchez-Grande

‘El primer hombre’

Aquel "primer hombre" de Camus no era otro que su padre, Lucien, agricultor que trabajaba en una finca vinícola en Argelia

Firma Gloria Sánchez-Grande, "El primer hombre"

Alzó los ojos. Por el cielo pálido pasaban lentamente pequeñas nubes blancas y grises y caía una luz leve que por momentos se apagaba. A su alrededor, en el vasto campo de los muertos, reinaba el silencio. Sólo llegaba un rumor sordo de la ciudad por encima de los altos muros. A veces una silueta negra pasaba por entre las tumbas lejanas […] Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, "1885-1914", e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. Él tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.

Es un fragmento de las memorias de Albert Camus, un párrafo extraído del libro “El primer hombre”. Aquel "primer hombre" de Camus no era otro que su padre, Lucien, agricultor que trabajaba en una finca vinícola en Argelia. Fue movilizado durante la Primera Guerra Mundial y mortalmente herido en la Batalla del Marne. Falleció solo, lejos de su familia, como tantos otros hombres de aquellos años, en el hospital de Saint-Brieuc. La familia Camus recibió la fatal noticia a través de un telegrama. De su padre, Albert sólo conservaba una fotografía. La historia no suele interesarse por los hombres humildes.

Albert Camus, tras ganar el Premio Nobel de Literatura, sintió que París le asfixiaba, pero tampoco podía regresar a Argelia. En busca de una solución intermedia, en 1958, compró una casa de dos plantas con contraventanas azules y un gran balcón en Lourmarin, una hermosa villa de la Provenza. Aquella decisión revelaba el deseo del escritor de regresar a los orígenes, a su única patria, la de su infancia, también la de su padre, pobre y solar.

Al final, fue un hombre que buscaba la felicidad ("no hay amor a la vida sin desesperación de vivir"), un panteísta mediterráneo que adoraba la luz y el mar. Él lo explicó así: "En las profundidades del invierno, finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible". Cuando uno es capaz de encontrar ese "verano invencible" (es decir, cuando uno es capaz de amar la vida a pesar de que ésta, a menudo, es dura e injusta), los días tristes pasan de largo.

El pasado 7 de noviembre se cumplieron 104 años del nacimiento de uno de los escritores más brillantes del siglo XX. Nunca viene mal recordarle.

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