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Antonio Coronil

‘T Q EME’

La oscuridad del cuarto contrastaba con la cara iluminada de ella. Brillantes por el resplandor, los ojos, soñolientos pero a la vez muy abiertos, leían con avidez la pantalla del móvil.

Firma Antonio Coronil, "T Q EME"

La oscuridad del cuarto contrastaba con la cara iluminada de ella. Brillantes por el resplandor, los ojos, soñolientos pero a la vez muy abiertos, leían con avidez la pantalla del móvil.

Y entre todas las fotos, entradas y comentarios, de contactos y de grupos, que en la pantalla corrían hacia arriba como saltaban las líneas en los antiguos teletipos… llegó el de él. El zumbido del aparato sonó de forma distinta, ella le asignó un tono particular. El nombre, en clave, sería algo del mar, del mar que a ella le gustaba tanto, pero con un “mi” delante, para que quede claro que de todas las criaturas, esa empezaba a formar parte de su vida.

De la corrección de los mensajes, se pasó a frases abiertas y con significados esquivos. Y palabras sueltas y frases incompletas terminadas en puntos suspensivos. Y emojis que no comprometían a nada. ¿Y tú qué crees? Nada hacía sospechar que aquellos sentimientos principiantes, traspasarían la pantalla del móvil hasta convertirse en el móvil de sus vidas.

Las esquinas olvidadas de la ciudad fueron testigos de besos furtivos. De abrazos y miradas que sin palabras, lo decían todo. El primer gesto del día, mirar el móvil para recibir un “buenos días”, y cuando en la noche, tocaba irse a la cama. Un “buenas noches” que se alargaba varias horas y caritas tirando besos y corazones palpitantes. En la pantalla y en el pecho de los dos.

Y la presencia en el móvil era constante. Y si uno de los dos iba en carretera, la compañía telefónica del otro hacía más llevadero el camino. Y cada momento era contado y cada pensamiento, obra y también omisión, era inmediatamente subido y narrado. Cada uno sabía así del otro. A las flamencas y a los aplausos, se sumaron los gifs.

Y también, cuando la lejanía y la necesidad se imponían, los mensajes se subían de tono. Y algunas fotos, que comentarse no se debe, fueron y vinieron en señal de confianza, con el afán de calmar lo que la distancia imponía. Las caritas, en estas ocasiones, se tornaron en verduras y animalitos nada inocentes.

Ya lo dejaron. Y la inercia de contárselo todo seguía empeñada en no poner fin a lo suyo. Las fotos y símbolos desaparecieron. Y los textos fueron tan correctos, que ningún moderador de chat los hubiese rechazado.

Hace días que decidieron no seguir con lo del teléfono. Porque ese saber el uno del otro no ayudaba más que a seguir sufriendo, a seguir manteniendo lo que ya no tiene remedio.

Es curioso cómo varios años de relación pasan en un par de días a la tercera pantalla del móvil. Y otros mensajes y otros memes, desplazan de la vista del teléfono, el esperado nick, que siempre estuvo en lo más alto.

Ahora, el azul siempre que se prometieron, se ha convertido en el siempre negro del silencio total. Del no saber nada el uno del otro. Ya no hay sueños que contarse, ni cómo te ha ido el día. Ahora todo terminó. Los símbolos y las palabras duermen en su biblioteca. De los mil ochocientos emojis que tiene el móvil, ninguno recoge esta emoción, esta desesperación.

Muy pronto, los curas, dirán: “hasta que el whatsapp os separe”.

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