Bromas y bromistas de Cuenca: el Ropilla y otros populares personajes conquenses

Fueron tan populares en Cuenca que hasta los periódicos escribían sobre ellos. El nombre de alguno aún se recuerda entre los conquenses y sus chascarrillos quedaron de coletilla en el lenguaje popular de la ciudad

Plaza de Cánovas de Cuenca a mediados del siglo XX con la perrera (a la izquierda) de la que se escapó 'El Ratón', el bromista del que hablamos al final de en este reportaje. /

Los episodios locales, la intrahistoria, la anécdota e incluso la broma, forman parte de la vida de una ciudad o de un pueblo, que se han ido transmitiendo, bien al calor de la lumbre en tiempos de “Mari Castaña” como se solía decir, o a través de escritos y publicaciones que, como en el caso de Cuenca, realizaron en la década de los cincuenta y los sesenta en la prensa local dos escritores como el Padre Martínez y Mateo López, que dieron vida a personajes con nombres y apellidos, apodos y motes, en sus secciones “De ayer y de hoy” y de “Tipos costumbristas conquenses”. Uno de los personajes más populares de Cuenca fue el “Ropilla” y otros ciertamente bromistas fueron Peñalver, Barrenas, “El Anís”, “Garrillas” y “el Tío Ratón”, aunque la lista de estas intrahistorias se haría interminable. De su historia y sus anécdotas hemos hablado esta semana en el espacio Páginas de mi desván en Hoy por Hoy Cuenca con José Vicente Ávila.

'Páginas de mi desván' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

El Ropilla y su amenaza

El “buen Ropilla”, el moro de la “morrá” como lo definió Mateo López en una de sus crónicas “De ayer y de hoy” en el periódico Ofensiva en 1958, es uno de esos personajes que han pasado a la historia local por una frase que dijo en el Teatro Principal, situado en la calle Alonso de Ojeda, que no estaba en el guión, pero que se ha convertido en advertencia cuando se trata de cortar por lo sano una discusión.

Actual sede del Centro de Discapacitados Intelectuales 'Infantas de España' en la calle Alonso de Ojeda de Cuenca, sede hasta los años 40 del siglo XX del Teatro Principal, antes de la Paz y antes El Liceo. / Archivo de El Día de Cuenca

Como bien relataba Mateo López, hacia 1922, y citamos literal, “se celebraba una función en dicho teatro, titulada Los héroes del Rif, muy de moda entonces por estar España en guerra con los moros. Hubo que buscar comparsas de entre los de Cuenca para formar los dos ejércitos”. El caso es que cuando se levantó el telón para la función lírica, que llevaba en España un centenar de representaciones, apareció en una cuba grande un moro con su chilaba y un fusil en la mano. Comenzaron los murmullos y los chicos del gallinero ya “le tomaron ojeriza al personaje por ser moro”, y los murmullos subieron de tono con alguna carcajada, pues uno de ellos conoció al personaje y dijo, pero si es Ropillla. Entonces, señalaba Mateo López, desde varios sitios del gallinero empezaron a vocear diciéndole: “¡Ropilla, Ropilla, Ropilla!”

Y claro, ante aquel tumulto, se levantó el figurante actor que estaba en la cuba de madera y encarándose con los que estaban arriba les gritó a viva voz: “¡A alguno le voy a dar una morrá!”. Vamos, que le iba a partir los morros. El caso es que la función se suspendió por unos minutos hasta que se hiciese el silencio. La representación al final resultó un éxito.

En otra ocasión el Ropilla salió vestido de fantasma y pensó para sus adentros que no le iban a conocer, pero en cuanto el público lo vio con la sábana blanca las risas y los comentarios no tardaron en escucharse con frases en voz baja: “¡Debajo de la sabanilla se encuentra el Ropilla!”.

La cabeza de Peñalver

Esta historia la contaba “El padre Martínez”, como así firmaba su sección “Cualquier tiempo pasado fue… así (Tipos y costumbres conquenses)”, que mantuvo durante un par de años en el periódico Ofensiva de Cuenca, entre 1957 y mitad de 1958. Al hablar de “las bromas de Peñalver”, Martínez ponía en antecedentes que “hace muchos años que Carretería era una plaza de mercado, ocupada por canastas de verduras, zapaterías al aire libre, puestos de baratijas, etc. A ambos lados de las aceras existía una fila de olmos, árboles que si bien daban sombra, también eran cobijo de moscas y otros insectos…” Además la calle no estaba asfaltada y en invierno había barro y polvo en verano, con carros y borricos circulando. Entre los comerciantes estaban los Arrazola, Garay, Baños, Marín, Cuesta, Picazo, Arquero, Alegría, las tres BBB, Emilio Santamaría, el tío Aparicio, Del Mazo, Casa Peña, Antonio Yunta, el tío Berlanga, y sobre todo, Peñalver, el gran bromista, que tenía su tienda de juguetería en el local de la confitería Ruiz, y no había día que no gastase bromas a sus compañeros, que solían decir, “¡ea!, cosas de Peñalver…”

Sección 'Tipos y costumbres conquenses'. / Diario 'Ofensiva' de Cuenca.

Una de las bromas que más irritó a sus vecinos comerciantes fue la de cambiar en una noche los letreros de madera que entonces colgaban en las puertas anunciando el producto. En la carnicería colocó el de barbería; en la zapatería, librería; en la librería, licorería; en la taberna, piensos y pieles; en la barbería, funeraria…y así sucesivamente… Eran bromas de Peñalver, pero ésta no les hizo mucha gracia a sus vecinos.

Los comerciantes se cansaron de las bromas de Peñalver, que por cierto era muy aprensivo, y un día se pusieron de acuerdo para recetarle de su propia medicina. Antes de abrir las tiendas se juntaban en tertulia en uno de los colmados de Carretería para tomar el café mañanero. Y allí estaba sentado Peñalver, que había estrenado un sombrero, que dejó colgado en un perchero del ropero. Conforme iban llegando sus compañeros, puestos de acuerdo, le iban preguntando. ¿Qué te pasa Peñalver? Parece que tienes la cabeza hinchada. Todos le decían lo mismo, hasta que le entró la aprensión y se puso colorado y casi morado. Uno de los comerciantes cogió el sombrero de Peñalver y se fue a las tres BBB a cambiarlo por otro igual, pero de dos números menos, y lo dejó de nuevo en el perchero. Peñalver, que ya estaba mosqueado, se levantó y cogió el sombrero, viendo que no le entraba en la cabeza… y se asustó.

Se tragó la broma y creía que era verdad lo de la hinchazón. Tanto se lo creyó que se fue a la botica de Zomeño, y éste, que ya estaba avisado, le dijo: “Efectivamente, tienes la cabeza algo hinchada, pero no es cosa de cuidado; tómate estas píldoras y no te levantes hasta mañana, doblando la almohada en tu cabeza para que ayude a bajar la hinchazón; verás como te pones bien”. El primero que fue a verle fue Garay, que vendía gorras, y le llevó el sombrero que le habían cambiado, y enseguida apareció Zomeño, diciéndole: “Quítate la almohada que ha bajado la hinchazón y parece que tienes la cabeza normal; y ponte el sombrero a ver como te queda”. Peñalver asintió que le había entrado mucho mejor y que ya no le dolía la cabeza. En ese momento irrumpieron los amigos y vecinos comerciantes en la alcoba y rieron la gracia, dándose entonces cuenta Peñalver de que todo era una broma y casi le da un verdadero dolor de cabeza. Terminaba su historieta el padre Martínez señalando que “desde entonces Peñalver se guardó muy bien de gastar bromas a nadie”.

El Barrenas

Un curioso personaje entre “los tipos y costumbres” del padre Martínez fue Inocente Barrenas, el dueño de la venta de la Caserna, que estaba situada a unos 30 kilómetros de Cuenca, camino de Valencia. La venta tenía mucha actividad, pues era parada de carros y fonda, y a Inocente, “que era gordo y campechano”, al decir del cronista, le gustaba gastar bromas a los viajeros y visitantes. A quienes hacían parada y fonda les ofrecía un porrón de anisado que era agua de Carabaña y pasado el susto les ofrecía el anisado entre la carcajada.

Además criaba y vendía caballos que los tenía en un corralón. Cuando le preguntaba algún viajero si tenía caballos él decía: “Tengo uno que es lo mejor de la provincia. Si lo quieres ver, ahí está en el corral”. El visitante que quería ver ese caballo especial recomendado entraba en el corral y allí había, al fondo, un toro de cuatro años, y el confiado comprador tenía que salir corriendo hacia un cercano carro preparado a propósito, hasta que llegaba Barrenas y encerraba al toro, domesticado por él.

Otro día invitó a los ingenieros de Montes a cazar el perdigón en el monte de la Caserna. Allí estaban los cazadores sigilosos y cuando empezó a amanecer, el perdigón, a pesar de lo bueno que era, según les había explicado a los ingenieros, no cantaba. Pasado el tiempo de espera y desespera de los cazadores, se acercaron al tanganillo y vieron que dentro de la jaula había una alpargata.

De su propia medicina recibió Barrena una broma insospechada, ya que “al ir a beber en una bota le salió un brocaño de vino a los ojos, que al final lo dejaría ciego”, remachaba su historia el padre Martínez.

El lirón de Royofrío

En esta historieta, tan real como la vida misma, Mateo contaba que los tres protagonistas eran El Anís, Garrillas y el tío Ratón. El trío comenzó a divulgar por bares y tabernas que en Royofrío “había un lirón con unos dientes descomunales, que se ponía al sol en unas riscas y que atacaba a los ganados y pastores, pero se podía ver sin peligro alguno desde las riscas de enfrente”. Pronto se corrió la voz por la ciudad y no había otra conversación por Cuenca. Los primeros voluntarios, encabezados por El Anís, Garrillas y el Ratón, armados hasta los dientes, dijeron que lo habían visto, contando más cosas y más grandes sobre la fiera, hasta que el camino se convirtió en una romería.

Viendo cómo se ponía el percal, y ante la ausencia del lirón, los tres embusteros empezaron a decir que ahora salía en la Alameda y atacaba a los hortelanos y sus huertas con unos dientes descomunales y daba grandes alaridos de noche. Pronto se llenó la Alameda, destrozando a los hortelanos sus frutos y llevándoselos. Al final tuvo que bajar la Guardia Civil para poner orden y averiguar que lo del lirón de Royofrío y la Alameda era mentira y producto de la broma de estos tres personajillos.

Plaza de Cánovas con "la perrera" (en el centro) de la que se escapó "El Ratón". / Archivo de José Vicente Ávila

Detuvieron al Ratón, que fue el principal inductor de la broma, y le encerraron en la perrera, que era una especie de inspección de tablas que había en la entonces llamada Plaza de Cánovas. La primera noche, el buen y bromista Ratón arrancó una tabla y se escapó dejando un letrero que decía:

“Conquenses y conquensones,

alcaldes y regidores,

tapar bien los agujeros

que se escapan los ratones”.

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